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Sobre la marcha anual de junio. Doce años después de la abdicación: la República se construye desde abajo


Néstor Ares, militante comunista galego

El 2 de junio de 2014 la abdicación de Juan Carlos I fue presentada como una renovación democrática. En realidad, fue una operación destinada a garantizar la continuidad de un régimen que veía cuestionada una de sus principales instituciones. Se cambió al rey para salvar la Monarquía, pero nada esencial cambió. Los pilares políticos, económicos e institucionales del régimen permanecieron intactos.




Doce años después, la principal enseñanza sigue vigente: cuando los intereses de la oligarquía están en juego, sus distintas expresiones políticas, económicas y mediáticas actúan como un bloque unido y la izquierda reformista, cuando debía encabezar la dirección política del movimiento popular, renunció a ella y sostuvo el régimen. Frente a ello, el movimiento republicano sigue sin transformar las aspiraciones democráticas de amplios sectores del proletariado y de las capas populares en una fuerza unida rupturista y organizada.

Porque la Monarquía no es únicamente una forma de Estado. Es una pieza fundamental del entramado institucional que ha permitido blindar los intereses de las élites surgidas de la farsa de la Transición y herederas, en buena medida, del poder económico consolidado durante el franquismo.

La lucha de las y los comunistas, así como de otros sectores antifascistas y republicanos, no puede separarse de la defensa de la vivienda, de los servicios públicos, de los derechos laborales, de la soberanía económica, de las libertades democráticas y del derecho de los pueblos a decidir su futuro. La cuestión republicana solo podrá convertirse en una causa mayoritaria cuando se identifique con la defensa del bien común frente a los privilegios de una minoría. Y, de la misma forma, estas reivindicaciones no podrán alcanzarse plenamente sin superar los obstáculos políticos que las niegan.

La tarea de nuestro tiempo es impulsar un gran bloque contra hegemónico por la ruptura democrática, capaz de sumar a las masas asalariadas, sindicatos de clase, asociaciones de activistas, organizaciones republicanas y a todas aquellas fuerzas políticas comprometidas con una transformación profunda de la sociedad. No una suma ocasional de siglas, sino un espacio permanente de organización, lucha y acumulación de fuerzas.

Porque no se trata simplemente de sustituir una jefatura del Estado hereditaria por otra electiva mientras permanecen intactos los mecanismos económicos, políticos y mediáticos de quienes nos oprimen. Nuestra propuesta debe consistir en conquistar una Tercera República Popular y Federativa.

Popular, porque debe garantizar el derecho efectivo al trabajo, a la vivienda, a la educación, a la sanidad y a unas condiciones de vida dignas para la mayoría social; porque se deben recuperar para el interés general los sectores estratégicos de la economía y poner fin al dominio de los grandes monopolios sobre las decisiones fundamentales del país; porque se deben depurar los aparatos heredados del franquismo que todavía condicionan la vida política y social, ampliar las libertades democráticas y sindicales y situar el poder popular por encima de los privilegios de las oligarquías económicas.

Federativa, porque debe reconocerse el carácter plurinacional del Estado y establecer una relación libre, solidaria y democrática entre los distintos pueblos que lo integran, basada en la igualdad de derechos, el respeto mutuo y el libre ejercicio de su soberanía.

Doce años después de la abdicación, no han faltado marchas, actos y convocatorias republicanas. Sin embargo, la experiencia demuestra que la unidad no puede reducirse a acuerdos entre direcciones políticas, ni solo a movilizaciones periódicas impulsadas desde arriba, que la mayoría de las fuerzas políticas apoyan, sin hacer esfuerzo alguno por ligarlas a la lucha concreta.

Las últimas luchas (en solidaridad con Palestina, de los docentes en el P. Valenciano y Cataluña, en defensa de las pensiones y de la sanidad públicas, por el derecho a la vivienda, las huelgas del metal en Galicia, etc) demuestran que poco a poco se avanza hacia unificar las luchas más allá del sector concreto; pero se sigue sin ligar estas luchas a una alternativa política que enfrente el problema esencial: la ruptura con el régimen monárquico.

Doce años después de la abdicación, la conclusión sigue siendo clara. La República no vendrá de las reuniones de los partidos políticos integrados en la gobernabilidad del régimen monárquico, ni de convocatorias aisladas incapaces de alterar la correlación de fuerzas existente. Solo podrá abrirse camino mediante la articulación de asambleas republicanas y populares en barrios, centros de trabajo y estudio, capaces de disputar la hegemonía a las clases dominantes, acumular fuerzas para un proceso de ruptura y realizar la revolución democrática en las mejores condiciones posibles.

Y para esa tarea se necesita contar con las formas de autoorganización que las masas se van dando en sus luchas; pero no basta con que avance la coordinación entre ellas: es imprescindible que las fuerzas y las gentes políticamente conscientes que compartan la necesidad de dar un sentido político común a las luchas, se comprometan a la tarea y pasen a la ofensiva arriesgando, para acercarnos hacia la unidad, contra las fuerzas que insisten en sus peroratas posibilistas.

Solo así será posible romper definitivamente con el legado político de la Transición y abrir el camino hacia una Tercera República Popular y Federativa al servicio de los pueblos y de la clase trabajadora.


Partido Comunista de España (marxista-leninista)



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