Otra información es posible

Externalidades: la crítica diferencia entre un estadista y un hombre de negocios

OPINIÓN de Jorge Majfud.- En 2012 se disputaron la presidencia de Estados Unidos Barack Obama y Mitt Romney. Por entonces, en varios medios de prensa, enfaticé la simple idea de que ser un exitoso hombre de negocios es un mérito pero no hace a nadie un buen gobernante, ya que un país no es una empresa. Hace un par de años debimos soportar en nuestra universidad un pobrísimo discurso de Mitt Romney sobre el éxito, lleno de lugares comunes e ideas vacías, lo que demuestra cuán mediocre y arrogante puede ser un exitoso hombre de negocios, aunque no tan exitoso ni tan mediocre como el actual presidente Donald Trump.

A toda Roma le llega su Nerón

OPINIÓN de Jorge Majfud.- El FMI y Wall Street Journal auguran un florecimiento de la economía estadounidense como efecto de las políticas que el nuevo presidente Donald Trump comenzará a impulsar a partir del próximo 20 de enero. Sólo por estos datos uno podría sospechar que las cosas se van a poner realmente mal. Como en la próspera y ejemplar Argentina de Carlos Saúl Menem o como en la “sólida economía” de los Estados Unidos de George W. Bush.

Estados Unidos, del “efecto espectador” al “efecto teleprompter”

OPINIÓN de Jorge Majfud.- El 10 de diciembre de 2016 CNN publicó un artículo titulado “Where’s the outrage over Russia’s hack of the US election?” (“¿Dónde está la indignación por el ataque informático a las elecciones de Estados Unidos por parte de Rusia?”) donde básicamente resumía el escaso efecto social de un hecho inadmisible desde muchos puntos de vista.

Los años Trump por venir

OPINIÓN de Jorge Majfud.- La idea de que el futuro está hacia adelante es una construcción imaginaria, como casi todo, y procede de la acción de caminar. Pueblos más contemplativos consideraban que el tiempo fluía desde nuestras espaldas, razón por la cual sólo el pasado se puede ver, no el futuro. Por el pasado juzgamos lo que puede estar por pasar, pero con frecuencia vemos aparecer dragones, unicornios y todo tipo de seres y hechos inesperados.

Jorge Majfud: “Los estadounidenses ahora pueden verse en el espejo de Trump”


Laura Carpineta, TELAM.- A una semana de la sorpresiva elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, las protestas continúan en varias ciudades de ese país. En esta entrevista con Telam el escritor Jorge Majfud se refiere al sistema electoral, a la situación actual de la sociedad estadounidense y las posibles consecuencias de una presidencia del magnate. Según Majfud, “el lado positivo del triunfo de Trump es que una buena parte de la sociedad estadounidense se va a mirar en el espejo, en un espejo sin humos, sin maquillajes”.

​T​rump: la reacción violenta de un siglo moribundo

OPINIÓN de Jorge Majfud.- Más de diez años atrás mis estudiantes de la Universidad de Georgia solían escandalizarse en masa cuando escuchaban la sola mención sobre el matrimonio igualitario o la legalización de la marihuana. Yo solía recordarles que, de igual forma, sus abuelos se escandalizaban con la sola idea de la píldora anticonceptiva o el matrimonio interracial. De ahí pasaban a la discusión política entre demócratas y republicanos.

La pornografía política

OPINIÓN de Jorge Majfud.- En su reciente libro Progress: Ten Reasons to Look Forward to the Future, Johan Norberg, más allá de sus cuestionables omisiones, menciona una encuesta donde se formularon tres preguntas básicas a británicos y estadounidenses. Sólo el cinco por ciento respondió correctamente. Es decir, que si se formulase las mismas preguntas a un grupo de chimpancés, probablemente éstos elegirían sus respuestas al azar y el treinta y tres por ciento respondería correctamente.

Cuando la verdad de la guerra se filtra en nuestro mundo de ilusiones

OPINIÓN de Jorge Majfud.- Umberto Eco, en alguna página de La definizione dell’arte (1968), decía que un objeto cualquiera que encontramos en la calle se resignifica al ser puesto en un museo. Su valor, artístico y semiótico, radica en la descontextualización. Algo similar habían entendido los formalistas rusos cuando a principios del siglo pasado analizaron la importancia de la (¿cómo decirlo?) agramaticalidad de un verso para arrastrar la atención del lector en la palabra imprevista, inusual. De esa forma, un engranaje, un sustantivo, cobraban un nuevo significado, más potente, más autónomo (los modernistas hispanoamericanos ya habían experimentado con esto en el siglo XIX).

Nuevos documentos desclasificados sobre la barbarie en Argentina

OPINIÓN de Jorge Majfud.- Los primeros documentos desclasificados anunciados en marzo de este año por el presidente Obama en su última visita a Argentina, comienzan a ver la luz. Las primeras mil páginas se refieren al período que va de 1977 a 1980, es decir, aquellos documentos producidos mayormente durante la presidentica de Jimmy Carter, el presidente estadunidense menos agresivo y menos hipócrita del período de las dictaduras latinoamericanas.

Marco Rubio y el terrorismo ajeno. La realidad no importa

OPINIÓN de Jorge Majfud.- Luego de la derrota en las primarias por el partido republicano, el senador de Florida e hijo de inmigrantes cubanos, Marco Rubio, se encuentra en campaña para su reelección al Congreso. En su más reciente anuncio de televisión, Rubio se define como “un líder nacional que ha luchado contra el acuerdo de Estados Unidos con Irán y por el bloqueo de los refugiados provenientes de países terroristas con el fin de mantener la seguridad nacional”.

Cuando los de abajo se odian

La lógica del racismo

OPINIÓN de Jorge Majfud.- El dinero de un blanco vale lo mismo que el dinero de un negro, el de un traficante de drogas vale lo mismo que el de una viuda que se prostituye para criar a sus hijos. Sólo esa lógica podría probar que el capital es amoral y no se le podría atribuir la promoción de, por ejemplo, el racismo. ¿Por qué, entonces, las sociedades capitalistas más avanzadas han sido, a lo largo de los siglos, brutalmente racistas?

Carta abierta a Donald Trump

OPINIÓN de Jorge Majfud.- Señor Trump:

Cuando usted lanzó su candidatura presidencial por el partido republicano a mediados del año pasado, con la intuición propia un empresario exitoso, ya sabía qué producto vender. Usted ha tenido el enorme mérito de convertir la política (que después de la generación fundadora nunca abundó en intelectuales) en una perfecta campaña de marketing comercial donde su eslogan principal tampoco ha sido muy sofisticado: Los mexicanos que llegan son violadores, criminales, invasores.

El peligro de la diversidad

elmercuriodigital.es

Jorge Majfud.- El dos veces candidato presidencial por el partido Republicano, Pat Buchanan, ha expresado su apoyo al actual candidato Donald Trump. Aunque con estilos y suertes diferentes, ambos comparten ideas e ideales en materia de inmigración y política exterior. Ambos, razonablemente, se han manifestado en contra de la guerra en Iraq y los tratados de libre mercado. Las alternancias en el poder tienen esa ventaja; un mismo partido, y a veces un pueblo entero, puede borrar con el codo lo que escribió con la mano. Irak no los diferencia demasiado del socialista Bernie Sanders. Ambos conservadores, como los presidentes de este país en el siglo XIX, son proteccionistas en materia económica, lo cual es una novedad ente los neoconservadores, campeones del libre mercado, que de cualquier forma nunca fue libre como bien lo saben las corporaciones que se reparten el mundo en nombre de la libertad y la libre competencia.

La enfermedad del patriotismo

OPINIÓN de Jorge Majfud, Uruguay.- Natural es todo aquello que inventaron los hombres y las mujeres antes que naciésemos nosotros; toda mentira que no cuestionamos es necesariamente una verdad. Una mentira útil nunca sirve al engañado sino al que engaña. Una mentira útil, un instrumento de la perversión inhumana es el patriotismo.

Las narrativas políticas y la invención de la realidad

OPINIÓN de Jorge Majfud.- A mediados de la década pasada en Estados Unidos, cada vez que me encontraba en alguna de mis clases discutiendo abiertamente temas como el feminismo o el matrimonio igualitario sólo recogía una gran resistencia, sobre todo de las estudiantes mujeres. Los pocos que se atrevían a hablar consideraban a uno, el feminismo, una degeneración propia del marxismo y al otro una degeneración propia de la humanidad. Cuando a su vez ellos preguntaban por mi opinión, invariablemente les contestaba: “Es posible retrasar la historia, pero nunca nadie podrá detenerla. Ahora la sola idea de reconocer el matrimonio igualitario como un derecho les parece inaceptable y hasta una ofensa contra Dios, pero en diez o quince años, más de uno de ustedes se manifestará a favor en nombre del mismo Dios”.

Hoy, en cualquier clase y fuera de la estratégicamente llamada “burbuja de la universidad” (como si el resto de la sociedad no estuviese compuesta por otras burbujas, con frecuencia menos creativas) donde se plantee el mismo tema, una mayoría heterosexual y definida como conservadora defiende los derechos de los homosexuales, incluido el derecho al matrimonio. Lo mismo ocurrió con la píldora anticonceptiva en los sesenta y con el matrimonio interracial en los cincuenta, el que era ilegal en muchos estados cuando nació el actual presidente Barack Hussein Obama.

Antes que los posmodernistas negaran cualquier dirección y sentido de los procesos humanos, los revolucionarios de la Era moderna creían que era posible acelerar la historia provocando la caída del fruto maduro, que la historia no progresaba armónicamente sino por saltos abruptos (las revoluciones). En algo tenían razón: casi ningún progreso social se ha dado sin algún tipo de lucha, de resistencia, de acción y reacción. Cada vez que se intenta detener o desviar el camino de la historia, estalla la violencia.

El presente tiraniza nuestra visión del pasado y de lo que vendrá. La gente asume, por ejemplo, que porque en la historia reciente los niños se identifican con el celeste y las niñas con el rosado, siempre fue así y siempre lo será, sin considerar que apenas un siglo atrás todos los niños vestían de blanco hasta que las tiendas norteamericanas inventaron “los colores tradicionales”. La recurrente y tiránica idea de “las cosas son así desde que el mundo es mundo” se derrumbaría sólo con echar una mirada a un retrato de Luis XIV, XV o XVI con pelucas, calzas, faldas y tacones altos, mostrando una pierna estilo Marilyn Monroe, todos símbolos de masculinidad de la época.

No son pocas las enciclopedias que definen la Revolución americana con el oxímoron de “revolución conservadora”, cuando por siglos y considerando el mundo de la época no se vio un experimento más radicalmente reformista y revolucionario. La sola omisión de Dios en la constitución y la obligación de no meter a ninguna religión en los asuntos del Estado, desde la primera enmienda y toda la Carta de derechos, es permanentemente tergiversada por una población educada por la demagogia política y predicadora que insiste en que este país fue fundado en base al cristianismo y no a las filosofías seculares de la época. La leyenda “In God We Trust” fue introducida generaciones después. De hecho, el juramento de lealtad de Estados Unidos fue inventado e impulsado por un cristiano socialista que, a finales del siglo XIX y coherente con la constitución, evitó la palabra Dios, hasta que la paranoia macartista de los años cincuenta introdujo la mención de Dios como forma de prevenir el comunismo o, mejor dicho, como forma de imponer un status quo que se veía gravemente amenazado por los movimiento sociales que resistieron heroicamente al racismo y al sexismo de ideas populares como “integración racial es comunismo”.

En política, como en literatura, el tiempo es el mejor crítico. Sobre todo cuando la verdad ya no importa.

Claro que Dios nunca fue el problema, al menos desde mi punto de vista; el problema de siempre ha sido aquellos que se erigen en sus voceros para extender sus intereses y su control social en su nombre pasando por encima de cualquier evidencia histórica y creado un pasado a su gusto.

Ahora, imaginar un presidente socialista en Estados Unidos parece una utopía lejana sino imposible. Lo es, aunque en política lo impensable termina por ser adoptado por las nuevas generaciones. No voy a decir que el socialismo es mejor que el capitalismo en una sociedad como la estadounidense. No creo en la importación de recetas políticas y sociales en ningún país. Pero tampoco creo que eso que vagamente se llama socialismo sea algo nuevo en este país (bastaría echar una mirada a su historia y a sus actuales programas sociales, mucho más socialistas que en China). No por casualidad el mismo Karl Marx tenía una opinión más favorable de la democracia estadounidense que de los gobiernos europeos de la época. Por otro lado, lo que también vagamente se llama capitalismo no es ni por asomo algo parecido a lo que los conservadores identifican reiteradamente con las ideas de los padres fundadores.Jefferson, el artífice de la democracia americana, no tenía ninguna estima ni opinión favorable hacia el poder desbordado de los bancos. Por no entrar a considerar que Jesús, la bandera de los capitalistas conservadores, no tenía nada de capitalista y no lo crucificaron por conservador, sino por todo lo contrario.

Aquí la paradoja actual: el capitalismo fue un claro progreso hacia la libertad individual de los nadies cuando en Europa la aristocracia hereditaria comenzó a perder privilegios y poder debido al nuevo poder sin nombre ni títulos del dinero. Sin embargo, el capitalismo ha derivado a un neofeudalismo donde los príncipes (los clanes megamillonarios) tienen más poder que los gobiernos nacionales. Bastaría recordar que las 62 personas más ricas tienen tanto dinero como la mitad más pobre del mundo y que solo el uno por ciento acumula lo mismo que todo el resto. Luego no se necesita ser un genio para darse cuenta cómo y para quiénes está organizado este mundo.

Pero, como vimos, lo que es inimaginable e inaceptable hoy, será lo políticamente correcto mañana.

Para ver hacia dónde van los grandes cambios históricos hay que echar una larga mirada a la historia, como la conquista de derechos y libertades individuales ya iniciada a fines de la Edad Media, etc. En cuanto a los cambios políticos a corto plazo, es necesario observar al nivel de entusiasmo de los jóvenes. Por ejemplo: es posible que Hillary Clinton gane las internas del Partido Demócrata, pero lo que es claro es el entusiasmo de los seguidores de Bernie Sanders. Aun perdiendo, cosa que está por verse a pesar del 30 por ciento que lleva de desventaja, ya ha logrado un cambio inimaginable en la narrativa de una gran parte de la sociedad. Incluso un triunfo general de un showman como Donald Trump, quien basa su campaña en su propio ego, sería un triunfo de la reacción conservadora al nuevo fenómeno: los megamillonarios clanes, como los Koch (la voz invisible, la ideología y la moral de los medios, de los creyentes y de los políticos norteamericanos) aunque inviertan otros mil millones de dólares, tal como planean para este año, podrían perder algo más que una elección.

En política no existe la verdad sino los intereses. La ficción política no es propiedad ni de la izquierda ni de la derecha, pero los mejores narradores son los más verosímiles: aquellos que pueden vender una historia y una moral (es decir, comprar consumidores) como las grandes casas editoriales pueden hacer de cualquier novela de mediano valor un best seller mundial. En política, como en literatura, el tiempo es el mejor crítico. Sobre todo cuando la verdad ya no importa.

Si las bombas fuesen la solución, el mundo sería un mar de paz

OPINIÓN de Jorge Majfud.- Es razonable que después de ataques como el 11 de setiembre en Estados Unidos o en el más reciente de Paris, los gobiernos lancen algún tipo de represalia. Más allá de la mala puntería que caracteriza a la alta tecnología, estas reacciones son justificables. Sin embargo, apenas consideramos un contexto más amplio del problema aparecen las razones, no las justificaciones.




Ante la frustración, los habitantes del centro del mundo confunden respeto a las víctimas con ignorancia histórica. Luego la reacción epidérmica: piensan que ellos podrían resolver el problema barriendo el área sospechosa con unas cuantas bombas. Es más o menos lo que proponen los terroristas del EI, Donald Trump y los Le Pen, y es exactamente lo que han venido haciendo las grandes potencias mundiales durante muchas décadas. Bombas. Muchas bombas.

Según los cálculos del coronel Jenns Robertson, entre 1965 y 1975 se arrojaron 456.365 bombas sobre Camboya, Laos y Vietnam, con el resultado final que todos conocen. Millones de personas fueron masacradas, Vietnam ganó la guerra, continuó siendo comunista y recientemente firmó un acuerdo comercial con Estados Unidos. En el último año, Estados Unidos ha arrojado más de ocho millones de dólares por día sólo en bombas sobre Siria y este año 180 millones diarios en Irak, y lo mismo se puede decir de Francia, de Rusia y de otras potencias que nunca se bombardean entre ellas por más odio que se profesen. Ahora, ¿estamos mejor que antes de la intervención en Irak, en Siria y en otros países?

Incluso el higiénico programa de bombardeos con drones, que asegura que ha eliminado a varios terroristas, no dice los miles de víctimas inocentes que han sido sacrificadas como efectos colaterales. Por cada terrorista que se ha eliminado, diez han surgido alrededor, porque sería mucho pedir que los millones de familiares que han perdido a alguien bajo los bombardeos, sin excepciones, decidan responder con flores.

Si se hubiese invertido esos trillones de dólares que en los últimos diez años se han gastado en guerras (el PIB de cualquier país grande, como Brasil o Francia) en alimentos, industrias y escuelas, hoy el mundo, que nunca fue ni será perfecto, sería otra cosa.

¿Las otrora potencias esclavistas y coloniales creyeron que invadiendo países en África y Asia, exterminando poblaciones enteras, imponiendo dictadores a los largo del siglo XX y más acá, iban a recoger amigos y aliados?

Para alguna gente culta y razonable, como el gran músico uruguayo Jorge Drexler, el problema del terrorismo no se explica ni se soluciona apelando al factor económico. Claro, como en política, es el pueblo el que vive la pasión y otros los que se reparten los beneficios (bastaría con ver cómo subieron las acciones de los fabricantes de armas). Si ponemos el foco en lo que ocurre en Paris y en Siria, difícilmente se pueda pensar que quienes se inmolan en nombre de Alá están buscando un beneficio económico.

Sin embargo, seríamos miopes si nos quedásemos en esa perspectiva tan reducida. Los conflictos entre las potencias Occidentales y los países periféricos han sido y son básicamente conflictos de poder, y la economía es una parte fundamental de todo poder. Nadie puede explicar la tortura y desaparición de miles de disidentes en América Latina sólo apelando al sadismo de algunos generales. Nadie puede explicar las frustraciones y el odio de algunos musulmanes sin considerar una larga historia de humillaciones y manipulaciones por parte de las potencias occidentales.

Por otro lado hay patrones históricos: ninguna tribu o país americano invadió nunca Europa, pero europeos y colonos invadieron, robaron y exterminaron durante siglos a los salvajes que no entendían qué era la civilización. De hecho las primeras armas bacteriológicas en este continente fueron usadas por los civilizados, en forma de ropas y sábanas infestadas de viruela que enviaban como regalos. Salvo lejanos y esporádicos ejemplos como los de Aníbal y de los musulmanes que gobernaron España por ocho siglos, los países africanos no tenían costumbre de invadir, saquear y esclavizar Europa. Cada tanto se intenta demostrar que la ocupación islámica en España no fue tan tolerante como dicen algunos académicos, pero lo claro es que antes que moros y judíos fuesen expulsados por los Reyes católicos (como no hicieron los moros con los cristianos) la población judía, que por razones obvias apoyó la invasión musulmana, se multiplicó varias veces en este tiempo y luego de 1492 fue reducida a lo que es hoy, unas pocas decenas de miles.

Un argumento recurrente a la demonización del otro se refiere a un defecto de nacimiento del islam, ya que es una religión que acepta y promueve la yihad, como si el islam hubiese inventado la violencia religiosa en el siglo VII, como si siglos posteriores de cruzadas e invasiones europeas y americanas a lo largo y ancho del mundo nunca hubiesen sido justificadas recurriendo a un dios cristiano. Ni que hablar del terrorismo religioso que se extendió por largos siglos, con cristianos quemando cristianos en Europa o infieles salvajes en América y en África, por no entrar a hablar de recientes ejemplos, como el Ku Klux Klan, como Timothy McVeigh, Eric Rudolph o Anders Breivik.

Ahora, ¿sólo el Corán incluye preceptos violentos? Antes que el pacifista hijo de Dios recomendara amar al prójimo y a los mismos enemigos, el padre había ordenado exterminar los pueblos que se pusieran en el camino de su pueblo elegido. Alguna explicación teológica debe haber para tan radicales cambios de humor del Creador. Según el Antiguo testamento, Dios ordenó a su pueblo destruir sin piedad a todos los pueblos que él les entregue (Deuteronomio 7:16), esclavizar todas las ciudades si se entregan y si no exterminarlas hasta que no quede nada que respire (20: 10) matar a los habitantes de Sodoma y Gomorra (niños incluidos, por lo cual no es raro que Truman haya decidido arrojar dos bombas atómicas sobre doscientos mil inocentes o proponer, como lo hacen varios pastores protestantes, matar a todos los gays), matar a los que trabajen los sábados (Números 15:32), matar y beber la sangre de los enemigos (23:24), conquistar tierras y matar a todos sus habitantes (7:2); matar a todos los que tengan religiones diferentes (17:2), matar a pedradas frente a la casa de su padre a la mujer que no llegue virgen al matrimonio, (Deuteronomio 22: 21).

Bueno, la lista es interminable. Ahora, ¿vamos a deducir que todo judío o cristiano es un potencial terrorista porque sus religiones se basan en libros que contienen estas y muchas otras atrocidades?

No, porque se juzga al cristianismo desde una perspectiva historicista, mientras que se asume que el islam es inmutable y se lo juzga por su “esencia”. Ni siquiera se considera que los terroristas no suman ni el uno por ciento de más de mil millones de musulmanes. Tampoco se considera que si comparamos el número de víctimas de las guerras provocadas por motivaciones o justificaciones religiosas, la violencia cristiana (la religión del amor) solo en el último siglo ha dejado varias veces más muertos que los musulmanes (100 millones vs. 2 millones, según el profesor deMichigan John Ricardo Cole).

Claro, podemos discutir muchos aspectos de este problema. Lo que no parece estar en cuestión es el astronómico nivel de odio que han ido creando estos conflictos. Odios que se pueden percibir hasta en las opiniones de gente decente, no sólo recurriendo al insulto sino a los deseos de muerte y aniquilación. Si éstos pertenecen a países dominantes, les basta con seguir apoyando las mismas políticas internacionales de odio con los ejércitos más poderosos y más caros de la historia. Si este odio procede de aquellos que no disponen de estas bendiciones de la civilización, ya sabemos a qué echarán mano.

Nada más alejado para un humanista como yo de los fanáticos islamistas. No espero ninguna comprensión de esa gente. Espero que aquellos que comparten nuestra tradición basada en el humanismo y la ilustración no se dejen seducir por lo peor de Occidente, que no se distingue en nada de lo peor de Oriente.

La sutil obscenidad de Mauricio Macri

OPINIÓN de Jorge Majfud.- Esta fotografía revela una sombra muy profunda en Mauricio Macri. Fue tomada luego del debate con Daniel Scioli (noviembre 2015). Sin entrar a juzgar cuál de los dos es mejor político o gobernante, [esta foto y muchas otras llevan un mensaje subliminal que (entiendo, puedo equivocarme) revelan un aspecto muy oscuro del ganador: “Miren, yo tengo dos brazos, mi adversario es manco”.

Macri

Esta misma sombra comenzará a revelarse en algún momento, pasada esa luna de miel que gozan todos los nuevos presidentes.


Inspiraciones nazis

OPINIÓN de Jorge Majfud.- El 20 de octubre, ante el XVII Congreso Sionista, el ministro de Israel afirmó que cuando Hitler se reunió con el muftí de Jerusalén Haj Amín al Huseini en 1941, todavía no tenía la idea de exterminar a los judíos de Alemania. Según Benjamin Netanyahu, había sido el palestino quien le había inspirado la idea del holocausto judío.



“Cree en ti misma”

Esta interpretación de la historia tenía por destino una audiencia limitada, pero el Primer Ministro tuvo la mala suerte de que trascendiera los muros de la sala y llegara a oídos de gente normal, por lo cual no tuvo más opción que retractarse.

Claro que la memoria popular no va mucho más allá de los seis meses y todos los políticos lo saben y actúan en consecuencia. El mayor propagandista de la historia moderna, Edward Bernays, lo dijo de otra forma y logró convencer a varios gobiernos de Estados Unidos (y lo probó con hechos) que las grandes democracias modernas están regidas por gobiernos invisibles cuyo brazo ejecutor es la propaganda.

El austríaco Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, emigró a Estados Unidos en 1892 y aquí logró vender la Primera Guerra a los americanos. Entre sus muchos éxitos estuvo el golpe militar que la CIA acertó en Guatemala, en 1954, luego de una masiva campaña propagandística que logró convencer a los estadounidenses y a los guatemaltecos que la destrucción del gobierno democrático de Jacobo Árbenz fue para salvar a aquel país del comunismo y no para salvaguardar los intereses monopólicos de la United Fruit Company. Bernays no sólo fue el autor de recomendables libros como Crystalizing Public Opnion (1923), Propaganda (1928) y The Engineering of Consent (1956) sino que además fue un efectivo manipulador de la opinión y los deseos de millones de estadounidenses: gracias a él generaciones de mujeres comenzaron fumar luego de comprar la idea (perdón por el anglicismo, pero no hay forma más profunda de decirlo en castellano) de que una mujer fumadora no lucía masculina sino liberada. Su eslogan de 1929 equiparaba los cigarrillos a “torches of freedom” (antorchas de libertad).

Gracias a este genio de la manipulación de masas hoy casi todos los estadounidenses desayunan huevos con tocino, luego de convencer a los mismos doctores de la época de que ese tipo de comida era más saludable que la comida frugal de las generaciones anteriores. Por supuesto que Bernays no sabía nada de medicina, sólo trabajaba para sus clientes como un abogado defiende a un criminal que ha confesado su propio crimen. La eficiencia de la propaganda, decía, no está en decir que un producto (un jabón, un presidente) es bueno sino en hacer que lo digan los sacerdotes de turno.

Bernays siempre iba a las raíces (más oscuras) y por eso inventó eso de las “Relaciones Publicas” para no usar, según sus propias palabras, el verdadero nombre de la nueva disciplina: “propaganda”.

Los trabajos de Edward Bernays, paradójicamente (si se considera su origen judío) fueron fuente de inspiración de otra maquinaria propagandística: la nazi. Joseph Goebbels, estudioso de Bernays, lo reconoció así. Bernays se escandalizó de las consecuencias alemanas de sus trabajos como Einstein cuando se enteró de las bombas atómicas lanzadas sobre cientos de miles de inocentes para persuadir al gobierno japonés de la época.

Años más tarde, como forma de devolución académica, los médicos y el gobierno de Estados Unidos actuaron al mejor estilo nazi cuando entre 1946 y 1948 infestaron con sífilis a más un millar de guatemaltecos para probar nuevas medicinas. Por entonces, los indios eran los judíos de estos lados, como todavía lo son en muchos aspectos.

Pero Bernays no fue el único manipulador americano que inspiró a los nazis de la época. El antisemitismo en Estados Unidos era mucho más fuerte de lo que hoy su pueblo se atreve a imaginar. Uno de los antisemitas más conocidos y menos condenados fue Henry Ford. Ford no se quedó sólo en el sentimiento. Publicó cuatro volúmenes de propaganda antisemita bajo el titulo The International Jew, donde analizaba “el problema judío”. Ford no sólo fue directa inspiración de Adolf Hitler, quien lo reconoce desde su famoso libro, o como se llame, Mein Kampf y en otras oportunidades, sino que además asistió económicamente al fuhrer, quien lo condecoró con la Gran Cruz del Águila. El vicepresidente de General Motors, James Mooney, recibió una igualita por su apoyo al Reich.

Uno de los más importantes presidentes que tuvo Estados Unidos, reelegido tres veces y artífice de una especie de segunda refundación del país (si consideramos que la de Abraham Lincoln fue la primera) compartió estos sentimientos antisemitas. Franklin Roosevelt, artífice de importantes programas “socialistas” y del New Deal, estaba orgulloso de no tener sangre judía en sus venas. En 1923, siendo miembro del directorio de Harvard University propuso limitar el número de judíos en las aulas y luego la misma solución en diferentes profesiones. Durante la Segunda Guerra, los requisitos para otorgar visas a los judíos alemanes fueron por lo menos absurdos, lo que llevó a que un número ínfimo de refugiados lograse cruzar el Atlántico (menos de 10.000 por año, según mis cálculos).

No tan difícil la tuvieron muchos nazis alemanes, como los miles de técnicos que colaboraron con Hitler, muchos de los cuales, como Wernher Von Braun, eran miembros registrados del partido nazi y gracias a los cuales la NASA logró los milagros que ya conocemos.

Seguramente el genio de Bernays estaba en lo cierto: quien conozca los instintos de las masas y tenga los instrumentos para manipularlos, se convertirá en el gobierno invisible, que es el único gobierno que gobierna. Cuando el profesor y activista Stuart Ewin le preguntó por la razón de que alguien tan influyente como él no fuera conocido entre el pueblo, Eddie, como lo llamaba su mucama, dijo lo que debería ser obvio: de eso se trata; el valor de la invisibilidad es consustancial de todo poder.

Claro que el mismo Bernays, con cien años en 1990, mientras le confesaba al mismo Ewen (“con un dejo de nostalgia”) que nunca había aprendido a manejar porque siempre tuvo al menos trece sirvientes, reconoció: “a veces los tontos logran alguna conciencia”.

Nuevos documentos sobre el caso Orlando Letelier

Por Jorge Majfud.-El ex ministro de relaciones exteriores del gobierno de Salvador Allende, Orlando Letelier, fue asesinado en la ciudad de Washington DC el 21 de setiembre de 1976 junto con su secretaria Ronni Karpen Moffitt, en un atentado terrorista largamente olvidado. Como es sabido por las teorías conspiratorias desde los años setenta, el encargo del atentado terrorista partió del dictador Augusto Pinochet y fue realizado por los agentes secretos de la policía chilena.

Desde los años setenta, esta versión de los hechos fue atribuida a las teorías conspiratorias. Para alimentar estas teorías, el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry acaba de entregar a la presidenta chilena Michelle Bachelet una serie de más de mil páginas de documentos desclasificados por parte del gobierno norteamericano. Entre estos documentos se pueden leer un cable escrito por la oficina de inteligencia del Departamento de Estado fechado en 1987 en los cuales resume una serie de informaciones recibidas en los años previos desde los años setenta y la afirmación del jefe de la agencia de inteligencia de Chila, Manuel Contreras, de que él mismo autorizó el asesinato de Letelier por órdenes del general Augusto Pinochet.

Los documentos desclasificados por el gobierno de Estados Unidos incluyen declaraciones de varios testigos que declararon durante la investigación realizada por agentes del FBI y detectives chilenos realizada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos durante la presidentica de Bill Clinton en 1999.

El analista Peter Kornbluh, autor de The Pinochet File: A Declassified Dossier of Atrocity and Accountability (New York: New Press, 2003) ha dicho que los documentos hecho públicos hoy significan “un triunfo para la diplomacia de la desclasificación” El ensayo de Kornbluh publicado hoy en el sitio del National Security Archive de la George Washington University, explica el trasfondo de los documentos del caso Letelier y los detalles del esfuerzo realizado para lograr la desclasificación de estos documentos.

Estos archivos también contienen el informe realizado sobre el rol de Pinochet y la DINA, los cuales citan al propio Contreras afirmando que todas as operaciones internacionales habían sido aprobadas por Pinochet y sobre las cuales Contreras había dejado documentación sellada, en el caso de que se produjera su propia muerte”.

¿Quién teme a la cultura?

OPINIÓN de Jorge Majfud.- El problema con las palabras es que con demasiada frecuencia piensan por nosotros y de esa forma somos medios de un pensamiento y de unos valores transmitidos por las palabras: repetimos apriorismos enquistados en el lenguaje, en la cultura popular. Este problema es mayor aun cuando carecemos de una conciencia metalingüística.

Una de esas trampas consiste en usar palabras que encierran una diversidad insospechada donde generalmente uno de sus posibles significados domina y excluye a los otros. Algunas de esas palabras son, por mencionar solo unas pocas, patriota, libertad, igualdad, radical,cultura, y todos aquellos nombres de países, de religiones y de otras buenas intenciones.

En cualquier debate, en cualquier política sobre cultura es necesario aclarar a qué cultura nos estamos refiriendo. En una clasificación básica, existe lo que alguna vez se llamó durante el siglo pasado “alta cultura”; muy próxima, dentro y fuera de ésta, está la “cultura radical”. La cultura radical es aquella que eleva la conciencia de los individuos y de los pueblos, la que no se conforma con reproducir estándares y estereotipos y que, por consecuencia y consistencia, está siempre empujando los límites del pensamiento y de la sensibilidad. Es aquella que nos hace más humanos.

Por otro lado tenemos la “cultura popular” y dentro de ésta dos formas radicalmente opuestas: primero, la cultura que es generada por un pueblo (es decir, aquella que surge desde abajo hacia arriba) y, por otro lado, la cultura que es producida por la industria cultural (la que se dicta desde arriba hacia abajo). El primer tipo de cultura popular ha sido, por siglos, la dominante. Hoy en día se la puede encontrar en regiones como en la África alejada de los circuitos turísticos (que todo lo vulgariza y lo vacía de contenido), con su arte plástico, sus canciones y sus leyendas.

El siglo XX, en cambio, vio cómo los pueblos básicamente consumían cultura popular producida en las industrias especializadas como la industria del cine, cuyo paradigma fue y todavía es Hollywood, y los grandes medios de comunicación. Así, los pueblos adoptaron formas y valores de los cuales eran ajenos ejercitando un único rol: consumir.

Ante los críticos, el mercado se defendía (aún lo hace) con el inocente pero siempre efectivo argumento de que el éxito de las ventas se debe a el acierto de ofrecer lo que el público demanda. Si aceptásemos semejante teoría, deberíamos conceder que los lectores de novelas son responsables de las campañas millonarias de las grandes casas editoras y que cada año los niños del mundo se ponen de acuerdo para exigir que las compañías internacionales produzcan todos esos dibujitos y muñequitos surrealistas (como los más recientes Minecraft o Minions). Así, los niños unidos del mundo cada año ejercen su poder sobre las pobres compañías productoras que no tienen más opción que satisfacer una demanda tan arbitraria, propia de personas inmaduras, basada en dos o tres personajes básicos.

La libertad es una utopía y es un mito en el peor caso, ya que sólo existen formas de liberaciones pero nunca libertad a pesar de ser esta la palabra más recurrente de las narrativas nacionalistas. Sin cultura radical no hay democracia, no hay individuo pleno. Sin embargo, la cultura radical no se ha beneficiado en la misma proporción que el mercado y que la cultura popular de alguno de los nuevos hábitos de nuestro tiempo, como lo son, por ejemplo, las redes sociales. Basta con observar que las diferencias culturales e intelectuales entre los individuos que comparten un mismo espacio no está dada por las redes sociales sino por alguna otra forma de educación que han recibido, ya sea la educación formal y tradicional como de la educación del entorno familiar. Las redes sociales no han aportado nada a la cultura radical sino, quizás, lo contrario: aquellos consumidores de cultura popular prefabricada simplemente se limitan a eso: a consumir y a reproducir valores que no son solo previsibles y monótonos sino que también son funcionales a grupos en el poder económico a los cuales no pertenecen los pobres consumidores.

Entonces se da una paradoja de la resistencia, que es a la que le debemos todo el progreso ético y social de la historia moderna: la cultura vende, pero los gestores y creadores de la cultura radical no viven de la cultura como sí lo hacen los productores y reproductores de la cultura popular estandarizada. Es gracias a ese minoritario ejército de artistas, atores, científicos, editores de pequeña participación en el mercado, por lo cual la cultura radical sobrevive y, de esa forma, la democracia se salva de la dictadura planetaria y los individuos se salvan de la deshumanización del mero consumo y la estandarización.

Así como escribir más allá del micro fragmento es un acto radical del pensamiento y de la sensibilidad, leer un libro es también una expresión de rebeldía propio de la cultura radical, porque un libro, sea digital o en papel, es un ser subversivo solo por su formato, por su resistencia a la fragmentación del individuo. También lo son los eventos culturales que los gobiernos apoyan tímidamente como si se tratase de un despilfarro superfluo; son ejercicios de la cultura radical, ejercicios de liberación, de levitación de la conciencia humana que en su estado natural (es decir, no embrutecido por la propaganda y la ideología) siempre aspira a la liberación de sus condicionantes, de su propia deshumanización en curso; la liberación de su apropias potencias.

Un pueblo sin cultura (sin cultura radical) es un pueblo dócil, un esclavo que se cree feliz como un drogadicto que se cree libre por el solo hecho de tener acceso a la droga.

Ahora, aunque no estemos a favor de la injerencia de los gobiernos en la cultura y en la mayor parte de la vida de los individuos, sería ingenuo esperar del otro gran actor, el mercado, algo mejor. Dejar a la cultura en las manos de las leyes del mercado sería como dejar a la agricultura en las manos de las leyes de la meteorología y de la microbiología. Nadie puede decir que el exceso de lluvias, que las sequías, que las invasiones de langostas y gusanos, de pestes y parásitos son fenómenos menos naturales que la siempre sospechosa mano inasible del mercado. Si dejásemos a la agricultura librada a su suerte pereceríamos de hambre. De la misma forma es necesario entender que si dejamos a la cultura en manos de las leyes del mercado, pereceríamos de barbarie.

*Jorge Majfud. Resumen de la conferencia inaugural del Salón Internacional del Libro Africano en Santa Cruz de Tenerife, setiembre 2015.