Otra información es posible

Humanismo descentrado

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- Un amigo, el profesor chileno Jorge Vergara, incurre en un desliz significativo. Escribiendo acerca de un gran pensador germano-latinoamericano, Franz Hinkelammert, asevera: “En sus análisis, resulta claro que el neoliberalismo es un anti-humanismo o un anti-antropocentrismo radical”.[1]

Infantilización cultural

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- El infantilismo creciente que hoy caracteriza a la cultura dominante proviene de EEUU, de su cultura de masas hoy universalizada. Conviene recordar –con Morris Berman- el análisis que propuso hace tiempo Ariel Dorfman (en The Empire’s Old Clothes). ¿De dónde viene el “poder blando” de EEUU? ¿Por qué todo el mundo se siente atraído por Disneyworld, Coca-Cola, las teleseries, Hollywood, los pantalones vaqueros, los programas televisivos de “telerrealidad” o ciberespacios como Reddit? Dorfman sugería que quizá la cultura de masas estadounidense toca mecanismos enraizados en nuestro ser más profundo. Resumiendo:

¿”Vivimos en democracia”?

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- Si conservamos un mínimo de objetividad, hablaremos de oligarquías plutocráticas. Que haya elecciones periódicas para seleccionar gobernantes no cambia el fondo del asunto.

Lo que nos ha pasado

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- El director de cine Fernando Colomo deplora en una entrevista que “lo único importante ahora sea tener dinero sin importar de dónde venga. ¿Qué ha pasado en este país para que ese sea el único valor? ¿Por qué la persona que es honrada es considerada un pobre hombre? Nada que ver todo esto con los ideales que nos enseñaron de pequeños…”[1]

"Tienes que afrontar la realidad"

Por Jorge Rriechmann.- Cuando yo era adolescente, iba a menudo al cine “de arte y ensayo” (es un decir) con un amigo de mi edad, compañero de colegio: Javier Martín Arrillaga, precoz pintor, músico y explorador cultural.

En las sesiones de Filmoteca o Cinestudio Griffith (tantas tardes en la Plaza de San Pol de Mar, donde estuvo el Griffith de 1977 a 1982), jugábamos a un juego. Viendo aquellas películas norteamericanas de los cincuenta (por ejemplo, ciclos de melodramas de Douglas Sirk), estábamos atentos a cuándo iba a surgir una frase casi infaltable en el guión: “Tienes que afrontar la realidad”. Nos regocijaba cuando aparecía: como quien dice, hacíamos otra muesca en la pared.

Ahí estamos nosotros/as: diciendo a nuestros conciudadanos/as que tienen que afrontar la realidad, sin el menor éxito. ¡Recuerda que hay límites biofísicos! ¡Recuerda que la entropía existe! ¡Recuerda que el planeta es finito! Pero este es el memento mori que nadie desea escuchar…

Lástima que para el radiante futuro de alta tecnología que nos prometen sobre la mitad de la humanidad, y falten los recursos de cuatro o cinco planetas Tierra adicionales.

Para que la Tierra siga siendo habitable, hemos de cuestionar el capitalismo. Y sin embargo la incuestionabilidad del capitalismo sigue siendo el axioma central de la cultura política dominante.

¿Qué desea la gente –el 99%, en todas partes? Crecimiento, prosperidad, desarrollo social y smartphones:[1] una sociedad de la mercancía bien ordenada. Deseo de socialdemocracia, en una palabra –que se verá fatalmente frustrado… Como sociedad, no somos sino una pandilla de adolescentes malcriados que no quieren crecer. El desenlace será catastrófico.

Las clases medias urbanas (venidas a menos) que se creen la propaganda del “no te conformes con menos”, the sky is the limit y “lo mejor está por venir”, en un mundo de recursos escasos que se precipita al colapso ecológico-social, ¿podrán evitar convertirse en nazis? Es la tragedia política del Siglo de la Gran Prueba.

“Queremos ser Dinamarca”… “Queremos vivir como antes, pero pudiéndolo pagar”… Así se eleva la fantasía colectiva en España. Cuando deberíamos estar construyendo Arcas de Noé para el colapso ecológico-social hacia el que avanzamos.

La única meta política suprema que se reconoce desde la cultura dominante es “cómo hacer que los españoles les vaya bien en la globalización”.[2] No se ve nada más.

Tendríamos que estar debatiendo cómo producir alimentos para la supervivencia –pero la cultura dominante sólo nos habla de videojuegos y negocios multimillonarios…



[1]“Le tocó a la izquierda esta derrota [como la de Evo Morales en el referéndum de febrero de 2016] porque había muchos gobiernos de izquierda y porque prometía desmantelar la desigualdad, erradicar la pobreza. En Bolivia los avances son enormes en movilidad social e inclusión pero no están a la velocidad que quieren los pueblos. A Bachelet y a Roussef les pasa lo mismo, la gente dice hacen mucho pero no lo que quiero (…). En el Latinobarómetro vemos que el 20% de jóvenes menores de 25 años que solo tiene una comida al día, que son pobres, prefieren gastar su dinero en un smartphone antes que una segunda comida. Porque saben que en esa pantallita pequeña esta su futuro, ven el mundo y dicen quiero estar ahí.” Marta Lagos (directora del Latinobarómetro) entrevistada por C.E. Cué, “No es derecha o izquierda, la gente va contra las élites”, El País, 28 de febrero de 2016.

[2]José Luis Álvarez, “Nostalgia atávica de liderazgos”, El País, 28 de febrero de 2016.
*tratarde.org

Bienes negativos

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- De Schopenhauer hay que recordar también su importante teorización sobre los bienes negativos: “Experimentamos el dolor pero no la ausencia de dolor. Sentimos el cuidado pero no la ausencia de cuidado. El temor pero no la seguridad. Experimentamos el deseo y el ansia como sentimos la sed y el hambre. Pero apenas satisfechos, todo ha concluido, como el bocado que una vez tragado deja de existir para nuestra sensación. Salud, juventud y libertad, los tres bienes mayores de la vida mientras los poseemos, (…) no los apreciamos sino después de perderlos, porque también son bienes negativos.”[1]

Insistir en esta cuestión –incluso en un plano más general– resulta importante, pues los seres humanos nos habituamos demasiado rápidamente a las mejoras y pasamos a darlas por sentadas. Los avances culturales, sociales o técnicos se convierten simplemente en parte del paisaje: dejamos de verlos (excepto si de repente nos faltan, claro está). Algunos investigadores, por ejemplo, han estimado el período de tiempo que nos dura la alegría de haber ganado la lotería: parece que aproximadamente un año. Después, el premiado se acostumbra a su nuevo nivel de riqueza, e incluso podrá sentirse desdichado si pasa a compararse con los más ricos que él, cuyo nivel de vida y bienes de prestigio ahora conoce… Por eso, no perder la capacidad de sorpresa, disfrutar de lo cotidiano que ya tenemos y luchar contra los mecanismos de habituación (mediante tácticas de extrañamiento que, sin ir más lejos, los poetas conocen bien en el terreno lingüístico y existencial donde se mueven) es un buen consejo para quienes tratan de vivir bien.

Pues una de las claves de la vida buena es sin duda ésta: tomar conciencia de los “bienes negativos” y ser capaces de disfrutar de ellos en positivo. En efecto: ¿por qué la alegría de caminar sólo habría de hacerse patente al ya confinado en silla de ruedas, en forma de nostalgia y arrepentimiento? En el quinto paseo de susEnsoñaciones del paseante solitario meditaba Jean-Jacques Rousseau: “El sentimiento de la existencia despojado de cualquier otro afecto es por sí mismo un sentimiento precioso de contento y de paz, que bastaría, él solo, para volver esta existencia cara y dulce a quien supiera alejar de sí todas las impresiones sensuales y terrenas que sin cesar vienen a distraernos y turbar aquí abajo la dulzura.” Y con ánimo muy similar, don Gregorio Marañón: “En Toledo, en el retiro de los Cigarrales, en su soledad llena de profundas compañías, he sentido esa plenitud maravillosa escondida en lo más íntimo de nuestro ser, que no es nada positivo, sino más bien ausencia de otras cosas; pero una sola de cuyas gotas basta para colmar el resto de la vida. Se llama esa plenitud inefable: felicidad” (cita grabada en la pared de la estación de metro “Gregorio Marañón”, en Madrid).

Yo añadiría, a los tres importantes “bienes negativos” de Schopenhauer (salud, juventud y libertad: son bienes sumamente positivos, pero tienden a pasar desapercibidos), otros dos más. La seguridad (por ejemplo, poder pasear tranquilamente de noche sin temor a ser asaltado o asaltada…). Y el sueño cómodo y protegido (un lecho cálido –compartido a ser posible con alguien a quien amamos).

Disfrutar de estar vivo. Disfrutar del frío en invierno y del calor en verano; del sol en los días soleados, de la lluvia en los lluviosos, de la rara aparición de la nieve; disfrutar de poder caminar, leer, beber agua, amar un cuerpo que nos ame. Disfrutar de la ausencia de dolores, de la honda sensación de mera existencia…


[1] Arthur Schopenhauer: Los dolores del mundo, antología editada por el diario Público, Madrid 2009, p. 30.
*tratarde.org

Dos estrategias

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- ¿Cómo hace un militante de izquierdas, una activista de movimientos sociales, para no flaquear en tiempos muy duros? Creo que básicamente hay dos estrategias, una en el terreno del mito y otra en el del logos (pueden por supuesto combinarse las dos). La primera recurre a identificaciones míticas: por ejemplo, en Venezuela, con el Supremo Comandante Eterno de la Revolución Bolivariana, Hugo Rafael Chávez Frías. O puede uno creer en leyes de la historia que llevan inexorablemente al socialismo…

En el terreno del logos, también tenemos fe e identificación, pero con seres humanos reales: los justos, esas pocas personas que no se dan por vencidos ni se corrompen ni abdican de su lucidez en tiempos duros. Yo tuve la suerte de poder vivir cerca de algunos de estos justos, como Manuel Sacristán y Paco Fernández Buey.

Por el ejemplo de esa clase de personas, podemos seguir creyendo en las posibilidades de lo humano.
*tratarde.org

Disparos con parábola

Por Jorge Riechmann.- H.G. Wells (en su Esquema de la historia universal, 1920): la historia humana es “una carrera entre la educación y la catástrofe”.

Es muy correcto, sobre todo si entendemos educación en sentido amplio, como paideía, como autoconstrucción a lo largo de la vida entera.

Implacable realismo cínico en geopolítica, y cándidas fantasías delirantes sobre expectativas tecnológicas… Así disocia la cultura dominante.

Cómo seguir creciendo económicamente, pero sin impactos ambientales,,, El sistema recompensa a los expertos en pensamiento mágico.

El más destructivo de los sueños humanos anuda omnipotencia e inmortalidad. Devastamos la biosfera en la persecución de esa fantasía.

“Aprecio mucho de mi país”, dice Jon Lee Anderson, “pero reconozco que muchos de mis conciudadanos viven en un mundo imaginario”. Ah, si eso sólo ocurriera en EEUU…

Intramuros, las prácticas terribles de la dominación social; extramuros, los terribles procesos de devastación de la naturaleza.

Cuántas rupturas hemos vivido a lo largo de la Edad Moderna –y sin embargo son poca cosa frente a lo que viene en el Siglo de la Gran Prueba.

Solidaridad o suicidio colectivo, reza el título de un libro de Franz Hinkelammert… El sistema responde unánime: ¡os suicidamos -y sin complejos!

Las sociedades industriales se hundirán… pero antes devastarán la biosfera. ¿Cómo, sabiendo esto, seguir adelante sin más?

La dificultad subjetiva para encontrar un equilibrio hoy: no sólo lidiamos con la “muerte de Dios” y la mentira social, sino también con las perspectivas de colapso ecológico-social.

“Estar sentado entre dos sillas”, reza la traducción literal de una locución alemana que nos habla de incomodidad…Ay, no es propio de la condición humana poder echarse a descansar en parte alguna.

Esta civilización naufraga, y la orquesta del Titanic debería ponerse a construir balsas y almadías.

“Nuestra sociedad es mercadocéntrica y capital-céntrica, no es antropocéntrica” (Franz Hinkelammert).[1]

Si fuéramos de verdad antropocéntricos, sugiere Yayo Herrero, como seres naturales y corporales que somos no podríamos dejar de ser biocéntricos: porque no alimentaríamos fantasías de independencia de la naturaleza, y no negaríamos nuestra interdependencia y ecodependencia.

Los debates sobre la izquierda pura y la izquierda impura… tan desencaminados como las controversias sobre poesía pura y poesía impura.

¿Ni de izquierdas ni de derechas?[2] Robert Heilbroner, el gran economista, se definía a sí mismo como un conservador radical.

Lo recuerda Santiago Álvarez Cantalapiedra, que añade: lo que hemos de cuestionar no es el eje derecha/izquierda, sino el eje conservadurismo/ progresismo. Una vez nos deshacemos del Mito del Progreso, ser un conservador de izquierdas tiene algo atractivo.

No es extremista una política para el bien común; lo es la de “todo el poder para la Mercancía”.

Fundamentalista es el mercado, fundamentalista es el statu quo, fundamentalista es la ideología dominante… El ecologismo no es fundamentalista.

La respuesta mejor a la bulimia del Imperio de la Mercancía no es la anorexia, sino la reconstrucción de nuestra capacidad de discernir.

¿De dónde sale tanto ruido? Pero también –¿tanta música?

Por qué nunca se inventó un dios de la lentitud -pregunta Peter Handke.

Recoger los pedazos del yo -para construir no otro ego, sino un mosaico diferente.

“Por fin me he librado del peso de ser yo”, suspiró Wordsworth. ¿Nos animamos?

La pregunta “¿qué cabe hacer para salir de la trampa?” no es independiente de esta otra: cómo hemos llegado hasta aquí.

Lo primero sería volver a sopesar una palabra como cuando uno contempla una concha fosilizada de hace doscientos millones de años.

La poesía no sirve. La poesía no sirve a nada. ¿La poesía no sirve para nada?

Donde “no se puede hacer nada”, se puede hacer nada: las vías del silencio, la poesía, la contemplación.

“Hasta que leí las Cartas a un joven poeta de Rilke pensé que me estaba volviendo loca” (Marilyn Monroe).

Si enseñas a bailar a las palabras, ellas te enseñarán a bailar.

Necesitamos respuestas: pero no nos serán dadas si no sabemos vivir con las preguntas.

Balbucea el poema porque está aprendiendo a hablar.

Arroja lejos tus palabras, y luego intenta seguirlas. Las palabras que “saben de nosotros aquello que nosotros ignoramos de ellas” (René Char).

No es tu tarea conquistar, sino descubrir.

Robert Bringhurst evoca “esa cultura subyacente de la que las culturas humanas son sólo una extensión, y que llamamos naturaleza”.

“El poema es un animal respirante o no es” (José Ángel Valente).

“Se ponía la máscara, se transformaba en jaguar, y así conseguía percibir las cosas de otro modo, del modo como las ve el jaguar” (mitología kogui).

Si la reconstrucción es imposible, buscaremos lo bello en los pedazos.

Si elimino lo manco, lo deficiente, lo incompleto, aniquilo lo humano.

Hablar de la humanidad como “cáncer de la biosfera” es evasión de responsabilidades –pues las células cancerosas no tienen conciencia, pero nosotros sí.

Y también refugiarse en la perversidad de la naturaleza humana es evadir responsabilidades: porque nuestra naturaleza está moldeada por la cultura.

En Brasil los colibríes se llaman “beija-flores”. Nosotros tendríamos que ser también besaflores, besa-árboles, besarríos, besacolinas…

“Yo soy solamente si tú eres” (Desmond Tutu)… Ese “tú” incluye la naturaleza. Interdependientes y ecodependientes.

No estar allá. Estar aquí… no tanto. Estar ahí.

Empezar por cualquier parte para llegar precisamente ahí.



[1]Entrevista de Henry Mora a Franz Hinkelammert como epílogo a Joaquín Herrera Flores, Franz Hinkelammert y otros: El vuelo de Anteo –Derechos humanos y crítica de la razón liberal, Desclée de Brouwer, Bilbao 2000, p. 276. Atención al gran Hinkelammert…
[2][2]“Un programa político de sentido común que comparten gente que se identifica tanto con la derecha como con la izquierda”, defiende Luis Alegre Zahonero (véase Andrés Gil, “Podemos, un año después de Vistalegre”, eldiario.es, 16 de octubre de 2015)… Ah, vale, por eso lo llamaron Partido Popular.
*Para el panel de discusión “Naturaleza y poesía: urgencias, activismos y cosmovisiones” (Biblioteca GAM, 28 de octubre de 2015), III Congreso Internacional de Poesía “El poema más allá del poema:Enseñar, estudiar y hacer poesía en el siglo XXI” (Proyecto Chile mira a sus poetas), Santiago de Chile y otras ciudades, 27 a 30 de octubre de 2015.


Para seguir siendo humanos en un mundo irrespirable -y quizá llegar a despertar

Por Jorge Riechmann.-

Para seguir siendo humanos en un mundo irrespirable
-y quizá llegar a despertar

1

“Tras el vivir y el soñar”, escribió Antonio Machado en uno de sus PROVERBIOS Y CANTARES, “está lo que más importa: despertar”.

Despertar. Una conciencia atenta, vigilante; un esfuerzo consciente por despegarse de la hipnosis que han programado para nosotros.

Despertar, en dos dimensiones. Hablaba Juan Ramón Jiménez –en el prologuillo a Tiempo[1]— de dos profundidades: una “vertical al cenit y al nadir” que correspondería a la escritura que él intentó en el poema en prosa Espacio, y otra “horizontal, a los cuatro sinfines” que asociaba con el “memorial largo de prosa” que es Tiempo. Esta caracterización de las dos dimensiones, horizontal y vertical, de la poesía, podemos aproximarla a los empeños de Roberto Juarroz.

Poesía vertical, decía Juarroz: podemos entenderla como esa dimensión que traza la línea directa entre el corazón y la estrella, la palabra que indaga en el revés del mundo; pero también resulta imprescindible la otra dimensión, esa poesía horizontal que se sabe compañera de todo lo existente, esa palabra que da testimonio de lo que pasa en el mundo.[2]

Es posible despertar, es menester despertar en cada una de esas dos dimensiones poéticas. En el caso de la poesía horizontal, ese despertar quiere decir conciencia crítica, memoria histórica, desconsuelo ante las derrotas sin complacencia en ellas, herramientas para la des-alienación, interrogación al lenguaje muerto. En el caso de la poesía vertical, despertar es extrañamiento, procedimientos de des-automatización, indagación en la cara oculta, silencio, compromiso con la verdad. En cada una de esas dos dimensiones, lo que más importa, como decía Antonio Machado, es despertar. Una poética de la conciencia crítica anudada a una poética de la extrañeza: poesía para despertar.

2

La “poética de los seres normales” que han propuesto algunos colegas españoles durante estos lustros últimos sólo podría tener sentido en un mundo pos-revolucionario (¿y entonces?). En nuestro mundo de hoy, en este mundo donde campea por sus respetos el principio de muerte –travestido a menudo en su contrario–, hablar de “normalidad” equivale casi siempre a dar el sí y amén a una realidad monstruosa. Hay que recordar las palabras de Arnold Hauser que el colectivo español Alicia Bajo Cero situaba al comienzo de su ensayo Poesía y poder: “El criterio de la fecundidad de un arte comprometido no estriba en la solución de crisis y conflictos, sino en combatir la ilusión de que, en medio de los peligros y bajo el signo de la catástrofe, todavía se sigue viviendo en un mundo sin peligro alguno”.

(Me corrijo enseguida: después de una revolución, el mundo no sería “pos-revolucionario” en el sentido enfático de arriba: la verdad y la justicia aún tendrían que ser perseguidas, las controversias sobre lo bueno y lo bello continuarían, etc. Se puede aspirar a quitar al principio de muerte del puesto de mando, pero no a ninguna perfección en los asuntos humanos.)

Frente a la poética de la normalidad, una poética de la extrañeza, bajo el alto patrocinio de Heráclito: el sol es nuevo cada día. O la vecindad de Rilke, que proponía atenerse a la mirada del niño hacia lo extraño…[3]

En este mundo, con este nivel de aberrantes injusticias, desigualdades y atrocidades, insistir en el carácter de normalidad de las cosas es algo rayano en el fascismo. Manuel Sacristán lo dijo con la rotundidad necesaria: “Una cosa es la realidad y otra la mierda, que es sólo una parte de la realidad, compuesta, precisamente, por los que aceptan la realidad moralmente, no sólo intelectualmente”. [4]

Poesía: “todo es cuestión de abrir o cerrar”, sabía Juan Ramón Jiménez.[5]

3

En Occidente vivimos una situación que podríamos calificar de “inmoralidad estructural”, que corrompe sin tregua nuestra vida ética, artística, intelectual. Tres dimensiones de esa situación:
El abismo de desigualdad Norte/ Sur (incluyendo los minoritarios Nortes dentro de las sociedades del Sur): seres humanos de primera y de tercera categoría. Unapartheid planetario, en beneficio de los menos.
Vivimos como si fuésemos la última generación que habita un planeta de usar y tirar: après nous le déluge, después de nosotros el diluvio, podríamos decir parafraseando al monarca francés.
Un discurso de derechos humanos y valores universales y desarrollo sostenible, sistemáticamente contradicho por nuestra práctica.

¿Qué conciencia aguanta este vaivén continuo entre el chorro de agua casi hirviendo y la ducha fría? La analogía sería una sociedad esclavista que hubiera perdido por completo la fe en sus propios valores esclavistas, y defendiese –verbalmente— valores abolicionistas, al mismo tiempo que siguiese haciendo girar toda su vida económico-social sobre el esclavismo.

Así, el cinismo se convierte en la endémica enfermedad profesional de nuestros intelectuales y artistas…

En semejante situación, conjugar valores éticos (de liberación humana, de justicia ecológica) y valores estéticos (de belleza, de indagación existencial) se convierte casi en un acto de heroísmo; y esto es desastroso. Desastroso el país que necesita de héroes, nos avisaba Bertolt Brecht hace ya tantos años…

4

¿Cómo plantear, de manera sencilla, la peliaguda cuestión de la responsabilidad cívica del escritor? Acaso de la forma siguiente: aunque a veces decir puede ser una forma de hacer (y sumamente poderosa), también hay muchas ocasiones en que decir es sólo una forma de hurtarse, de esquivar, de confundir, de huir. Y existen otras formas de hacer a las que ningún decir puede reemplazar: praxis.

La distancia que media entre la palabra desencarnada y la palabra con un cuerpo detrás. De lo que digo respondo con mi persona.

Por otra parte: los seres humanos pueden mentir, las palabras no pueden. (Cualquier texto puede leerse como si uno lo viviese intensa e íntimamente, asumiéndolo con toda la convicción y fuerza que nos habita, cuando el lector o lectora es un declamador experimentado. La pasión por las ideas puede fingirse, igual que el orgasmo. Desconfiemos de la declamación.)

“La responsabilidad de los intelectuales” –escribió una vez Noam Chomsky—“consiste en decir la verdad y en denunciar la mentira”.

Las palabras no bastan. A partir de aquí, hay quien decide endurecer sus palabras bañándolas en odio; y hay quien decide actuar –sin olvidar la tibieza y la dulzura.

Tarea del intelectual: no mirar hacia otro lado. O sea, mirar ahí. [6]

Ser intelectual es saber leer.

Ser poeta es saber escuchar.

Preguntar si un poeta tiene que ocuparse de cuestiones ético-políticas (dicho de manera más simple: si tiene que tratar, en sus obras, acerca del mal y de la justicia) es como preguntar si un elefante tiene que usar la trompa. Habría que devolver la pregunta a quienes la formulan: ¿por qué pensáis que los elefantes no deben usar sus trompas?

5

Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda trataban de escapar de definiciones demasiado sofocantes. “Cuando el debate de la poesía se estrecha, cuando las opciones parecen contraponerse, y chocar a ciegas, me acuerdo muchas veces de lo que decía Luis Cernuda de que la poesía no es ni esto ni aquello”.[7] Ni esto ni aquello: es verdad que, en cuanto intentamos ensayar una definición, la poesía nos sorprende rebasándola siempre.

Singularidad de la poesía dentro de la república de las artes: la dimensión de la belleza se cruza con la dimensión del significado. De ahí su específica potencia de “totalidad”.

Se puede plantear la disyuntiva entre vida y literatura; pero no una disyuntiva entre vida y poesía.

No escribimos para la historia de la literatura: escribimos para los ojos helados y las trémulas manos de la mujer, del hombre.

6

Gloria Fuertes en Garra de la guerra: “Con el dinero que consiguieron/ los americanos del maíz híbrido,/ pudieron sufragar la bomba atómica.// Diréis que esto no es poesía./ (Estoy de acuerdo.)”

La autora está de acuerdo. Quizá ha interiorizado los exigentes criterios de Juan Ramón Jiménez –en la conferencia “Poesía y literatura”, por ejemplo– para distinguir la poesía de la literatura, y reconoce que estos versos quedan más del lado de la segunda, que de la primera. (Básicamente, recordemos, se trata de que la literatura dice lo decible y la poesía dice lo indecible o inefable.)[8] Bien hasta ahí.

Pero yo añadiría además que (A) es literatura necesaria, veraz, auxiliadora: tiene sentido escribirla y tiene sentido leerla y –si se me apura—hasta tiene sentido pintarla sobre las paredes. Y (B) está bien situarla cerca de la “alta” poesía, o de la poesía en estricto sentido juanramoniano, para que de esa forma las virtudes y carencias de cada una de las formas de escritura se muestren por contraste.

Hay en efecto poemas que son preguntas sin fin hacia lo abierto; pero también poemas (o textos literarios cercanos a poemas, si nos ponemos juanramonianos ortodoxos) que son testimonio de lo que nos pasa. Creo que ambas laderas son necesarias. (Ya empleé antes la distinción poesía vertical/ poesía horizontal para referirme a esto mismo.)

Se podría hablar, también, de poesía de indagación y poesía de testimonio. Pero en los momentos mejores de estas dos vertientes, debemos hablar sencillamente de poesía: la que está ahí, en plena intersección de lo vertical y lo horizontal.

7

Toda la literatura es comprometida, decía Pablo Neruda. Toda la poesía es social.

Entre los equívocos que rodean la poesía social: unos piensan en el “sujeto” de esta poesía como un ser manipulado y pasivo, receptor de propaganda; otros como una ciudadana o ciudadano crítico, activo conformador de su destino.

Todo se podría aclarar bastante, en casos como éste, con un recurso muy útil: el desplazamiento. Por ejemplo gracias a una traducción incorrecta: “compromiso” se dice en italiano impegno, que podemos “retraducir” al castellano como empeño. Empeño quiere decir para mí, hoy y aquí: no mentir y no aumentar el sufrimiento del otro.

Escribió Ingeborg Bachmann que “la tarea del poeta consiste en no negar el dolor”, y Theodor W. Adorno que “dejar hablar al sufrimiento es el principio de toda verdad”. Nos quedaremos con la síntesis de esas dos sentencias como lo más cerca que pueden situarse poesía y filosofía.

Di lo que no te dejan decir es un primer momento de poesía política, relativamente superficial. Di lo que no te dejas decir va más lejos. Di lo que no sabes decir es un tercer momento, quizá el más profundo.

8

En la histérica exigencia de inteligibilidad por parte de los poetas llamados en España “de la experiencia” hay un error de base: el mundo no es ni podrá ser completamente transparente. En el lenguaje, en la vida social, en el corazón humano hay zonas de opacidad, lagunas de sombra. La ambigüedad, el inconsciente, la contingencia, el azar, la imprevisibilidad son componentes de la vida humana que ni siquiera deberíamos desear eliminar. En el fondo, ese requerimiento de inteligibilidad total es miedo a la libertad. (Y el miedo a la libertad es también, más pronto que tarde, miedo a la responsabilidad.)

Lezama Lima –ese altísimo poeta que hizo su lema de la frase Ah oscuridad, mi luz— sobre poesía clara y poesía oscura: “Lo claro y lo oscuro poco importan en verdad. Lo que cuenta es el reverso enigmático de lo lejano y lo cercano a lo que Pascal hizo referencia. (…) Si la poesía es de superficie, ¿qué le queda al lector? Si en un poema todo lo dice el poeta que escribe ese poema, ¿qué quedará entonces al lector que es el otro autor del poema?” [9]

Esta concepción de la coautoría o coproducción, a riesgo de ocasionales oscuridades, es en realidad mucho más profundamente democrática que la “antielitista” exigencia de inteligibilidad a toda costa.

9

En Santiago de Chile, el 11 de septiembre de 1973, se inauguraba una fase histórica aciaga dentro de la cual aún nos encontramos: la fase neoliberal del capitalismo. Qué les podría contar a ustedes sobre Augusto Pinochet, sus generales, sus torturadores, sus desaparecedores y aquellos economistas gringos llamados los Chicago boys.

Durante cuatro terribles decenios no hemos dejado de avanzar hacia la dictadura global del gran capital -estructurado en empresas transnacionales (los últimos episodios se llaman sometimiento del gobierno griego de Syriza, gran canal transoceánico a través de Nicaragua, TTP o TTIP). “Aumentar la competitividad y agregar valor”, reza el mantra de los descreadores del mundo. La reducción de lo humano a relaciones mercantiles es un fenómeno criminal al que habría que llamar antropocidio. Alguien dijo con razón que el neoliberalismo ha supuesto sin duda un gran fracaso económico y ecológico… pero todo un éxito político y cultural.

Vivir como si fuésemos la última generación sobre la Tierra: eso el capitalismo lo considera prosperidad y progreso. La cadena de catástrofes que se avecina es inenarrable, nos advertía Nicanor Parra en 1990. Eso era hace un cuarto de siglo, cuando aún se hubiera podido cambiar de rumbo… “Matar al otro, destruir la naturaleza, son formas de suicidio. Asesinato es suicidio” (Franz Hinkelammert).

“La historia es una pesadilla de la que quiero despertar” (Jorge Luis Borges recordó a James Joyce, discurseando sobre budismo). Buda –y todas las demás sabidurías de la “Era Axial”- nos intima a despertar… Lo mismo Kant –y todas las demás Ilustraciones-: madurar, llegar a la edad adulta. ¿Seremos como sociedad capaces de ello? Hemos caminado a través de la historia como sonámbulos (sleepwalkers – Langdon Winner). ¿Llegaremos a alguna clase de despertar colectivo?

Les recuerdo de nuevo la copla de Antonio Machado que evoqué al comienzo de este discurso: “Tras el vivir y el soñar/ está lo que más importa:/ despertar”. Podríamos, podemos despertar. Pero ya no nos queda mucho tiempo… La destructividad del Juggernaut ha crecido tanto que superarlo se ha convertido, ya a corto plazo, en cuestión de vida o muerte.

Hace poco me preguntaban, por enésima vez, si la poesía puede algo frente al capitalismo. La poesía y el arte no pueden casi nada: pero ese casi nada es esencial no dejar de intentarlo. Lo humanamente decisivo no se juega entre el cero y el infinito, sino entre poco y nada. “La poesía es necesaria para que el ser humano siga siendo humano en un mundo irrespirable”, nos dejó dicho Gonzalo Rojas.

Cantar, nombrar, cantar, celebrar, cantar, llorar, cantar, soñar, cantar.


[1] JRJ, Tiempo, edición de Mercedes Julià, Seix y Barral, Barcelona 2001, p. 71.
[2] Véase Jorge Riechmann, “En el revés del mundo crece el cosmos”, en Resistencia de materiales, Debate, Madrid 2003.
[3] Carta a Franz Xaver Kappus desde Roma, 23 de diciembre de 1903; en Rainer Maria Rilke, Teoría poética, ed. de Federico Bermúdez Cañete, Júcar, Madrid 1987, p. 47.
[4] Manuel Sacristán: M.A.R.X. (Máximas, aforismos y reflexiones con algunas variables libres), edición de Salvador López Arnal, Los Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, sección I, aforismo 16.
[5] Prólogo a ESPACIO, en Lírica de una Atlántida, Galaxia Gutenberg, Barcelona 1999, p. 95.
[6]El papel de los intelectuales en nuestras sociedades pragmáticas, según Ryszard Kapuscinski: “Los intelectuales son los constructores de la cultura. Y entre todas las decepciones que ha traído el siglo XX, no son sino las culturas de todos y cada uno de los pueblos lo que ha sobrevivido cual cimiento inamovible en medio de las ruinas y los escombros de los Estados y las ideologías.

El papel de los intelectuales también consistirá en no quitar ojo a los medios de comunicación, en mostrar una especial sensibilidad hacia sus posibles manipulaciones, en vigilar cómo los medios seleccionan y presentan la información. Su importante papel consistirá en hablar de aquello de lo que no se habla, en subrayar lo que se margina, en llamar la atención sobre aquellos aspectos de la realidad que no tienen ninguna posibilidad de convertirse en temas estrella de producciones cinematográficas destinadas al consumo de masas, sobre aquellos problemas que ni con calzador se pueden meter en el estrecho marco de la pantalla del televisor.” Ryszard Kapuscinski, Lapidarium IV, Anagrama, Barcelona 2003, p. 25.

[7] Luis Muñoz en Luis Antonio de Villena, La lógica de Orfeo (antología), Visor, Madrid 2003, p. 94. Por otro lado, Cernuda tomó quizá la idea de Juan Ramón: “La poesía no es así ni asá; es de todas maneras, se encuentra en todas partes y cada uno puede espresarla de un modo infinitamente distinto de los demás. No hay que definirla más que aspectos” (Juan Ramón Jiménez, Y para recordar por qué he venido, edición de Francisco Javier Blasco, Pre-Textos, Valencia 1990, p. 120).
[8]“Poesía escrita me parece, me sigue pareciendo siempre, que es espresión (como la musical, etc.) de lo inefable, de lo que no se puede decir –perdón por la redundancia–, de un imposible. Literatura, la espresión de lo fable, de lo que se puede espresar, algo posible.”Juan Ramón Jiménez, “Poesía y literatura”, en Política poética, ed. de Germán Bleiberg, Alianza, Madrid 1982, p. 82.
[9] “Asedio a Lezama Lima” (entrevista a Lezama por Ciro Bianchi Ross); publicada primero en Quimera 30 (abril de 1983), ahora en El Signo del Gorrión 22, otoño 2001, p. 58.
*Intervención en la sesión inaugural del III Congreso Internacional de Poesía “El poema más allá del poema: Enseñar, estudiar y hacer poesía en el siglo XXI” (Proyecto Chile mira a sus poetas), Santiago de Chile y otras ciudades, 27 a 30 de octubre de 2015. tratarde.org

¿Por qué avanzamos hacia el abismo sin cambiar de rumbo?

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- ¿Por qué avanzamos ciegamente hacia el abismo sin cambiar de rumbo? La pregunta nos obsesiona, tratamos de contestarla una y otra vez… Yo diría que esencialmente hay que distinguir tres factores causales operando en diferentes planos, y retroalimentándose: el primero son los automatismos de la Megamáquina –especialmente el proceso ciego de la valorización del valor.

El segundo es la impresionante hegemonía cultural que el neoliberalismo ha construido en los últimos decenios. Como se ha dicho, el neoliberalismo ha supuesto sin duda un gran fracaso económico y ecológico… pero todo un éxito político y cultural.

El tercer factor, en el plano de las subjetividades, es la desconexión creciente entre los seres humanos y la naturaleza.[1] Apunta hacia ello el biólogo marino Sergio Rossi: “Are we going to the collapse? Esta frase la oí en un congreso internacional de ecología en 1998. No lo dudes lo más mínimo. El otro día lo hablaba con mi hermano. (…) Me decía que se acaba de leer un libro, La sexta extinción (hay varios de este tipo); me dice que es muy bueno, muy didáctico, ‘es como el tuyo, muy ilustrativo. ¿Pero qué es lo que pasa? ¿Por qué no reaccionamos?’. Y es que es cierto: los que estamos en primera línea de combate, en lo que es la frontera de los cambios del planeta, y entendemos lo que está sucediendo en muchos aspectos, nos estamos dando cuenta de que somos idiotas. Lo pongo muy suave en los libros, pero aquí te lo digo tal cual: he llegado a la conclusión de que somos profundamente estúpidos. A pesar de que se sabe que nos vamos al garete, no ponemos remedio porque hay una desconexión cada vez más grande entre nosotros y la fuente: la propia naturaleza”.[2]

[1] Sobre los fenómenos de desconexión respecto de la base biofísica que sustenta nuestras vidas reflexionaba yo hace unos años, al comienzo de mi libroInterdependientes y ecodependientes: “Logramos vivir en auténticas “burbujas culturales’, relativamente independizadas de las molestas intromisiones de la realidad exterior. A esta clase de burbujas pertenece la ilusión de que nos hemos independizado de la naturaleza (en el sentido de los ecosistemas y la biosfera, en este caso); así como el énfasis en el individualismo competitivo que hallamos en nuestra sociedad. Uno diría que tres entornos donde cada vez más gente vive tramos cada vez más amplios de sus vidas son especialmente importantes en la inducción de ignorancia acerca de nuestra ecodependencia (e interdependencia):
La ciudad, el entorno urbano dependiente de un vasto territorio circundante para el abastecimiento de recursos y la absorción de residuos, pero cuyos sus habitantes tienden a desconocer esos nexos…
El dinero, la economía crematística que se imagina poder reducir todos los valores, cualidades, bienes y males a la cuantificación dineraria… (Decía Lewis Mumford –y nos lo recuerda Emilio Santiago Muiño— que la simplicidad de las abstracciones económicas no es una forma de alcanzar la realidad objetiva, sino de apartarse de ella.)

3. El ciberespacio y la realidad virtual, donde nos imaginamos desligados de toda existencia física.”

[2] Sergio Rossi entrevistado en JotDown, febrero de 2015 (http://www.jotdown.es/2015/02/sergio-rossi-nos-vamos-al-garete-pero-no-ponemos-remedio-porque-hay-una-desconexion-cada-vez-mas-grande-entre-nosotros-y-la-naturaleza/ ). El científico afirma también: “…estamos más lejos de la realidad que nos sustenta. No somos conscientes porque no hemos entendido que nosotros somos parte del sistema. Todo lo que nos rodea no es artificial. Todo sale de una fuente natural creada por un ser que está en la Tierra y que de alguna manera necesita de la Tierra para poder sobrevivir. Todo lo que creamos son estructuras, biomasas, etc., que nos sirven para vivir. No estamos siendo conscientes de que nosotros necesitamos acoplarnos a la naturaleza. Solo digo una cosa: la economía tampoco va, es absurda; tiene un concepto básico que es el crecimiento continuo. Nada en la naturaleza tiene un crecimiento continuo. No existe esto; llega a un clímax y cae. El planeta es finito, los recursos son finitos y la capacidad de carga es finita. No hay mucho más que entender…”

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Transhumanismo

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- En el mundo real –cuya ontología básica consta de sistemas complejos adaptativos múltiplemente interdependientes–, las curvas de crecimiento exponencial no duran mucho; se aplanan formando una curva sigmoidea, o se vuelven oscilantes, o se derrumban… Sin embargo, la fantasía dominante hoy en la cultura mayoritaria espera que la desbocada curva exponencial de nuestro “progreso” dé un salto a otra dimensión –lo llaman “Singularidad”— que nos convierta en ángeles o dioses. Nuestro destino teológico, según esta tecnolatría, es el transhumanismo.

Ah, las elites culturales y sus engaños sacerdotales… ¿Son hoy tan diferentes los profetas del transhumanismo –respecto a los clérigos cristianos que prometían la vida eterna?

Las cosas claras

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- No hablemos tanto de Estado del Bienestar: hablemos de esclavos energéticos, y las cosas quedarán más claras.[1]

A escala mundial, las emisiones personales endosomáticas de carbono (en forma de dióxido de carbono) rondan los 90 kg. anuales; recordemos que la mayor parte de la energía primaria que consumimos procede de los combustibles fósiles. Pero las emisiones exosomáticas (la energía “externa” al metabolismo de nuestro organismo) alcanzan los 1.260 kgs. por persona y año (promedio que enmascara enormes diferencias entre Norte y Sur globales, entre clases sociales, entre varones y mujeres…). Grosso modo, eso quiere decir que cada uno y cada una de nosotros vivimos disfrutando de catorce esclavos energéticos en promedio (muchos más en el Norte, muchos menos en el Sur).

La gran pregunta, la enorme pregunta, la descomunal pregunta: ¿podemos convertirnos en esclavistas –energéticos— modestos? ¿Configurar formas de vida buena con sólo dos o tres esclavos energéticos por cabeza, y con justicia global?

(Un par de pistas: Cuba consume sólo una quinta parte de la energía primaria per capita de Alemania, pero mantiene un Índice de Desarrollo Humano alto, por encima de 0’8. Pero dentro de Alemania existen numerosas experiencias locales –por ejemplo Feldheim, o Sieben Linden, o el barrio de Vauban en Friburgo— donde el consumo energético se asemeja a la media cubana: reducciones de tres cuartas partes en el consumo de energía primaria con respecto al promedio alemán.)

[1] En la Atenas clásica, había unos 300.000 esclavos trabajando para 34.000 ciudadanos libres: casi diez para cada uno. En la Roma imperial, 130 millones de esclavos les facilitaban la vida a 20 millones de ciudadanos romanos. Pues bien: en los años noventa del siglo XX, el habitante promedio de la Tierra tenía a su disposición 20 “esclavos energéticos” que no cesaban un instante de trabajar (es decir: ese habitante promedio empleaba la energía equivalente a 20 seres humanos que trabajasen 24 horas al día, 365 días al año). Y en 2011 eran 25 esclavos energéticos en promedio (45 en España, 60 en Alemania, 120 en EEUU) (Antonio Turiel: “El cenit del petróleo y la crisis económica”, ponencia en las Jornadas de Ecología Política y Social, Sevilla (Casa de la Provincia), 12 y 13 de diciembre de 2013).

Así, el control sobre los combustibles fósiles ha desempeñado un papel central no sólo en la liberación respecto del trabajo físico penoso, sino también en la ampliación de las diferencias de poder y riqueza que caracteriza a la historia moderna. Pues ese promedio de veinte esclavos energéticos per capita no puede ser más engañoso: el norteamericano medio, en los años noventa del siglo XX, usaba entre cincuenta y cien veces más energía que el bangladeshí medio; se servía de 75 “esclavos energéticos”, mientras que el de Bangladesh tenía a su disposición menos de uno (para estos cálculos sobre esclavos energéticos, véase Luis Márquez Delgado, “Integración de la agricultura en el medio ambiente”, en AA.VV.: Agricultura y medio ambiente. Actas del III Foro sobre Desarrollo y Medio Ambiente, Fundación Monteleón, León 2001, p. 256; y también John McNeill, Something New Under the Sun, Penguin, Londres 2000, p. 15-16).

Tenemos de esta forma una enorme diferencia en el uso de energía exosomática, de cien a uno –que podríamos poner en paralelo con diferencias semejantes en el poder adquisitivo de unos y otros–. Nunca antes, en la historia de nuestro planeta, existió un nivel de desigualdad semejante en lo que a uso de la energía se refiere. A comienzos del siglo XXI ¡sólo la ciudad de Nueva York consume tanta electricidad como toda el África subsahariana! (excluida Sudáfrica)!

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“Yo soy solamente si tú eres”

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- Yo soy, si tú eres es la fórmula del sujeto en Franz Hinkelammert. Un sujeto que no aparece en el “cálculo de la utilidad propia” (el cálculo de los intereses egoístas en el mundo de la mercancía) sino en la afirmación de la interdependencia y ecodependencia del ser humano: yo soy si tú eres, y tú es tanto el otro humano como el otro animal y la naturaleza en su conjunto. “El otro tiene que vivir para que yo pueda vivir. La naturaleza tiene que vivir para que yo, ser natural que soy parte de la naturaleza, pueda vivir. Pero eso no viene como cálculo de utilidad [es decir, por una reflexión egoísta de carácter prudencial], sino como afirmación.”[1]

En diferentes lugares he reflexionado sobre la importancia del valor autocontención, usando la fórmula: autolimitación para dejar existir al otro. A la pregunta “¿y por qué autocontención?” podemos responder en positivo: porque yo soy solamente si tú eres –porque los seres humanos somos interdependientes y ecodependientes.

“Yo soy si tú eres” –nos dice Franz Hinkelammert— es un criterio ético material, la condensación de un tipo de espiritualidad humana que encontramos en todas las culturas; la expresión de una ética de la convivencia a la que podemos recurrir para “reencantar el mundo” desde una espiritualidad emancipatoria.[2]

[1]Franz Hinkelammert: Teología profana y pensamiento crítico (conversaciones con Estela Fernández Nadal y Gustavo David Silnik), CICCUS/ CLACSO, Buenos Aires 2012, p. 74.

Hinkelammert ha llamado repetidamente la atención sobre la traducción del mandato “ama al prójimo como a ti mismo” que propusieron Rosenzweig, Buber y Levinas, tres grandes pensadores judíos del siglo XX: “ama a tu prójimo; tú mismo eres él”, o “este amor al prójimo es lo que tú mismo eres”. Como se ha observado, esta traducción convierte el tradicional y consabido amor al prójino judeocristiano en un criterio racional para la acción, “un criterio capaz de enfrentar la irrcionalidad del sistema. Supone una comprensión del sujeto diferente a la del individuo aislado y egoísta, puesto que se trata de una intersubjetividad que incorpora la vida del otro social y de la naturaleza como condición de posibilidad de la propia vida individual y genérica” (nota de Estela Fernández Nadal y Gustavo David Silnik en Teología profana y pensamiento crítico Teología profana y pensamiento crítico, op. cit., p. 74.

[2] Un texto clave en este sentido: Franz Hinkelammert, “Lo indispensable es inútil. Sobre la ética de la convivencia”, conferencia en el Encuentro de Pensamiento Crítico de diciembre de 2010, Universidad Nacional Autónoma, San José de Costa Rica.
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Un jardín imperfecto

Por Jorge Riechmann.- Debo una muerte a la naturaleza, decía Freud, hablando por cada uno de nosotros y nosotras. Difunto viene del latín defunctus, participio del verbo defungi:cumplir, pagar lo debido. El difunto es, etimológicamente, quien ha saldado su deuda.

Montaigne –Miguel de Montaña lo llamaban nuestros tatarabuelos–, en esa impresionante meditación sobre la muerte que hila en el capítulo 20 del libro primero de sus Ensayos, emplea esta imagen: hagamos cosas, concibamos proyectos y prolonguemos en lo posible –no a cualquier precio— una vita activa, pero que la mort me trouve plantant mes choux –mais nonchalant d’elle, et encore plus de mon jardín imparfait (“que la muerte me encuentre plantando mis coles, pero despreocupado de ella, y aún más de mi inacabado huerto”). Con las herramientas en la mano, pero desapegado de ellas; consciente de que el huerto quedará inacabado –en muchas ocasiones otros seguirán cuidándolo–; y alegre por haber sabido construir, en el breve plazo de la vida humana, un jardín imperfecto.

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Sobre el drama de grecia -que es el nuestro

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- Boaventura de Sousa Santos en un cuso de verano en El Escorial: ”Este fin de semana se ha finiquitado la Unión Europea”. Paul Krugman en el New York Times: es el “asesinato del proyecto europeo”. Él y Boaventura de Sousa Santos tienen razón.

Los “líderes de la zona euro”, gobernantes como Mariano Rajoy y Angela Merkel (junto con el FMI), se han comportado como el Comité Central del capital financiero. No deberíamos verlos de otro modo.

Para destruir las perspectivas de la (tan débil) izquierda europea (y que nadie cometa el error de situar a los “socialdemócratas” como el PSOE bajo esa categoría), el Comité Central del capital financiero ha preferido hacer saltar por los aires el proyecto europeo.

Lo que ha sucedido en estos días de julio, bajo la ola de calor que asuela Europa, este desenlace final del drama griego es devastador -no sólo para Grecia…

¿Pensaban ustedes que este Comité Central no iba a ser capaz de aplicar hasta el final, despiadadamente, a un Estado de la Unión Europea el mismo amargo veneno que el FMI y el Banco Mundial llevan decenios aplicando a los pueblos del “Tercer Mundo”? Ya ven cómo se equivocaban…

2008-2009, cuando las bases del capitalismo neoliberal financiarizado se tambalearon, fue la prueba de que no había en Europa ni en EEUU izquierda que no fuese marginal (para quien no aún no se hubiese enterado de que incluir a la familia de partidos “socialdemócratas” en la izquierda es mero wishful thinking). 2015 es la prueba de que, desde el poder dominante -casi omnímodo-, no se tolerará ni un adarme de política de izquierdas (vale decir, la que busca libertad e igualdad para las mayorías), ni siquiera políticas socialdemócratas (Syryza, la “izquierda radical” para los biempensantes, estaba intentando lograr un poco de socialdemocracia para su maltrecha población).

Todo el poder para el Capital es la consigna bajo la cual vivimos. Recordaremos durante mucho tiempo este aciago julio de 2015.


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Pesimismo esperanzado

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- El pesimismo proviene de la magnitud de las amenazas, y desconocerlo sería abdicar de la lucidez. Pero se puede alentar una clase determinada de esperanza desde el pesimismo desilusionado (libre de ilusiones), actuando sin calcular la posibilidad de victoria, fuera de los esquemas medio-fin de la racionalidad instrumental. “El pesimismo no es un pesimismo que no hace nada, sino que sostiene la acción, cuyo sentido está en la acción misma, no por fuera de ella; no resulta de lo que va a venir después. Aunque tú fracases en términos de cálculo de éxito, ha tenido sentido lo que hiciste. Eso es también lo que pasa con la vida y muerte de Jesús. Jesús fracasa, es ejecutado como resultado de su acción. Cuando los cristianos lo resucitan, afirman que toda la acción ha tenido su sentido en sí, el fracaso no le quita el sentido. Jesús no calculó su éxito, ésa es su fuerza. (…) La única acción que hoy puede tener éxito es la que no busca el sentido de la acción en el éxito. Porque, frente a las amenazas [enormes], el cálculo paraliza, las probabilidades de fracasar son muy grandes, el sistema es enorme y sumamente complejo.”[1]Y ahí, paradójicamente, se hace posible el éxito: renunciando a la acción instrumental y al cálculo de las consecuencias (que nos paralizaría), se hace posible lograr algún éxito. Hinkelammert evoca uno de los cuentos jasídicos que recopiló Martin Buber: un rabí iba a prestar ayuda a una ciudad pero se enteró de que ya había tenido lugar un pogromo, y que ya no se podía hacer nada allí. Cuando da media vuelta se encuentra a Dios, quien le interpela: “¿Adónde vas?” El rabino responde: “Quería ir a esa ciudad, pero ya no hay nada que hacer, ya no tiene sentido para la gente que yo vaya”. Y entonces Dios le dice: “Es posible que esto sea así, pero para ti sí hubiera tenido sentido que hubieras ido.”


[1]Franz Hinkelammert: Teología profana y pensamiento crítico (conversaciones con Estela Fernández Nadal y Gustavo David Silnik), CICCUS/ CLACSO, Buenos Aires 2012, p. 90-91.

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Tratar al público como a chavales de catorce años

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- Hay algo profundamente pueril en las fantasías de omnipotencia en las que nos regodeamos, colectivamente, los habitantes de las sociedades industrializadas.[1] La fantasía infantil de movilidad absoluta e instantánea (la alfombra o la escoba voladora, el deseo que instantáneamente nos transporta a otro lugar o tiempo) la persiguen el fabricante de automóviles y el planificador del transporte. La fantasía infantil de la inmortalidad, de la juventud perfecta, de la curación instantánea, la persiguen por igual el personal sanitario, la industria cosmética y los ingenieros genéticos. La fantasía infantil de la abundancia inagotable y eterna (Jauja, Cornucopia) está escrita en los estandartes de la sociedad de consumo.



Leí en una entrevista con Chicho Ibáñez Serrador, el popular realizador televisivo, una cosa que me impresionó bastante. (Lo impresionante no era el contenido de su afirmación, sino el momento de sinceridad: se estaba diciendo lo que no debía decirse. Se hacía pública una de las verdades centrales de nuestra sociedad, verdad que –para que no se conmuevan los cimientos de la dominación– no puede admitirse que lo sea.) Ibáñez Serrador dijo que, en su trabajo –crear televisión–, él tenía que suponer que se dirigía a chavales de trece o catorce años de edad; tenía que tratar a todo su público como a niños y nunca como a adultos.

Enorme es la presión para que no lleguemos nunca a ser adultos, o al menos nos comportemos como niños en los asuntos que nos atañen a todos. (Y con demasiada frecuencia nos plegamos fácilmente a esa presión, abdicamos de nuestra responsabilidad, esquivamos el comprometernos con nuestras propias vidas.) Asistimos a la destrucción del uso público de la razón. Paul Valéry afirmó en cierta ocasión que la política era el arte de mantener a la gente apartada de los asuntos que verdaderamente les concernían: tal es la definición de política que hoy se pone cotidianamente en práctica, a veces cínicamente, a veces ni eso.

“Es verdad que las gentes de hoy en día no creen en la posibilidad de una sociedad autogobernada y esto hace que una tal sociedad sea, hoy, imposible. No creen porque no quieren creer, y no lo quieren creer porque no lo creen. Pero si en alguna ocasión empiezan a quererlo, entonces lo creerán y podrán.”[2]

Quien dice: “los seres humanos son como son, y por ser así su naturaleza nunca se podrá construir con ellos un orden social distinto”, es el mismo que tiene en sus manos el poder (los resortes de socialización, los recursos económicos, los medios de formación de masas, etc) para hacer que los seres humanos sean “como son” –y no distintos.

Quien afirma que no hay alternativas es el mismo que tiene el poder para destruirlas. (Aquel dibujo de no sé qué humorista gráfico. Una voz desde lo alto sentencia: “No estáis preparados para la democracia”. El hombrecillo pregunta: “¿Cómo lo saben?” La voz: “Porque hemos consagrado a ello lo mejor de nuestros esfuerzos”.)

[1]Recupero aquí un fragmento de mi texto inicial en Jorge Riechmann (coord.), Necesitar, desear, vivir, Catarata, Madrid 1998, pp. 35-36.
[2] Cornelius Castoriadis: “Una sociedad a la deriva” (entrevista). Archipiélago 17, Madrid 1994, p. 109.

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¿Qué sería progreso?

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- Jorge Wagensberg sugiere aforísticamente: “ganar independencia con respecto a la incertidumbre”, en lo que al progreso material se refiere (el motor del progreso moral, afirma, es la compasión).[1] Es una buena intuición, pero conviene reparar en lo que entraña. “Ganar independencia con respecto a la incertidumbre” quiere decir dominar nuestro entorno, o al menos algunos aspectos del mismo. Pero definir el progreso material en términos de dominación creciente puede inducirnos a olvidar que somosinterdependientes y ecodependientes en un mundo compuesto por sistemas complejos adaptativos, y que en un mundo así el exceso de dominación es, a la postre, contraproducente: acaba volviéndose contra el mismo dominador. El progreso, más allá de ciertos umbrales de dominación y control, se vuelve regresivo: se convierte en retroprogreso.[2]


[1] Jorge Wagensberg, “El progreso en aforismos”, Babelia, 31 de enero de 2015.
[2] Uso desde hace años ese término…Cf. Jorge Riechmann, “Regresos del progreso, sinrazones de la razón”, capítulo 12 de Un mundo vulnerable. Ensayos sobre ecología, ética y tecnociencia, Los Libros de la Catarata, Madrid 2000.- See more at: http://tratarde.org/que-seria-progreso/#sthash.4o2D1OE6.dpuf

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Sugerencia al ministro Wert

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- Con franqueza, señor ministro, tres años de formación universitaria parecen demasiado, un desperdicio… Yo no lo llevaría más allá de año y medio. Y en la solemne ceremonia de graduación (con toda la desenfadada pompa y los agudos discursos que copiamos de los campus yanquis), nuestros jóvenes egresados/as serían dotados con un tatuaje en la mejilla derecha donde se leería: “soy empleable y sumiso” (o sumisa). La otra mejilla quedaría libre para recibir las bofetadas.[1]

[1] En el Consejo de Ministros del gobierno del PP celebrado el 30 de enero de 2015, el señor Wert hizo aprobar su reforma universitaria que introducía las carreras de tres años. Véase http://politica.elpais.com/politica/2015/01/30/actualidad/1422652275_157736.html

*http://tratarde.org/sugerencia-al-ministro-wert/

El optimismo antropológico sale demasiado caro

OPINIÓN de Jorge Riechmann.- “La condición humana no da para más”, viene a decir un joven amigo con cierta resignación…[1] Desde luego, no deberíamos permitirnos ilusiones en cuanto a lo que somos: el optimismo antropológico sale demasiado caro.

Lo cierto es que la idea normativa de florecimiento de todos los seres vivos resulta probablemente excesiva para quienes pensamos que no hubo ni habrá paraísos (y que incluso resulta peligroso fantasear con paraísos). Rebajarla un poco, quizá hasta que dé de sí la más modesta idea normativa de existencia decente que proponía Isaiah Berlin, probablemente supone un buen movimiento.[2]

Suelo decir que somos simios averiados. Pero a partir de tal constatación, ¿qué? Si llegamos a la conclusión de que ni siquiera podemos permitirnos una modesta ética universalista y transespecífica, ¡apaga y vámonos! Mejor sería entonces que el anthropos despareciera lo más rápidamente posible de la faz de la Tierra. Si sólo vamos a ser simios averiados que manejan armas nucleares, mejor extinguirnos –y mejor pronto que tarde.

La otra opción nos lleva a una reflexión sobre los procesos de autoconstrucción (personal y colectiva) y conversión… He tratado de caminar unos pasos por esa senda en mi libro Autoconstrucción.[3]


[1] Me escribía en un correo electrónico: “Creo que tenemos que afrontar seriamente las implicaciones de la esterilidad social de la verdad de la crisis socio-ecológica (sin saber a dónde conduce afrontar esto seriamente, si al monasterio o la mentira política). También creo que nos convendría clarificar, con precisión casi obsesiva, las posibilidades de ajuste y regateo del capitalismo para estirar (a costa de lo que ya sabemos, pero dejando eso a un lado) la continuidad de la normalidad percibida (que es de todo menos normal, pero es la que opera a nivel político). Y no sé porque vengo pensando últimamente que nuestros análisis son también poco operativos porque al dibujar el terreno del desastre ampliamos demasiado el terreno de la mirada (solidaridad intergeneracional, otras especies)…. cosa que por supuesto es irrenunciable en un terreno moral, pero me parece que conduce a un planteamiento que es inasumible para las grandes mayorías… Mi padre dijo algo de pasada en una comida el otro día que me hizo pensar… dijo algo así como que él no podía echar en cara nada a la generación de sus padres, y menos a la de sus abuelos… ¿Realmente la humanidad de finales del siglo XXI va a pensar en nosotros como agentes responsables de su desgracia o va a ver la historia con un cierto fatalismo sin sujeto? ¿Podemos nosotros pensar en la generación de obreros alemanes que no hizo la revolución en 1919 como agentes responsables de la derrota del socialismo? ¿Podemos establecer con ellos algún tipo de diálogo moralmente efectivo? ¿Y en el tráfico esclavista que cimentó la acumulación de capital europeo? No sé, me hizo pensar que a veces nuestros análisis quizá apuntan muy alto… y quizá es consustancial al ser humano un alto nivel de desconexión generacional, que hace que las grandes mayorías vayan a abordar lo que pase siempre desde su coyuntura particular… Esto por supuesto no implica que tengamos que asumir una estrechez de miras trimestral, como pregona el neoliberalismo, pero no sé, igual estamos exigiendo demasiado al común de los ciudadanos, y planteando un escenario moral que es sustancialmente aristocrático y por tanto potencialmente totalitario… Planteo dudas difusas, no tengo ninguna respuesta…”

[2] “Creo que no hay nada más destructor de vidas humanas que la convicción fanática sobre la vida perfecta, aliada al poder político o militar. Nuestro siglo [XX] proporciona terribles pruebas de esa verdad. Creo en el trabajo por una sociedad mínimamente decente. Si más allá de esto podemos avanzar hacia una vida más rica, tanto mejor. Pero es que en muchos países no tenemos siquiera un mínimo de decencia.” Isaiah Berlin en Ramin Jahanbegloo, Conversaciones con Isaiah Berlin, Arcadia, Barcelona 2009, p. 88. Cf. también p. 173 sobre el significado de “vida decente”.

[3] Catarata, Madrid 2015.


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