Constantino López Sánchez-Tinajero . Cuando Cervantes puso en boca de Sancho Panza aquella sentencia: «Teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere» (Q II, 43), probablemente no imaginaba cuán vigente permanecería su observación sobre la naturaleza humana. El escudero de don Quijote, en su característico pragmatismo, destilaba una verdad incómoda: el poder, cuando carece de límites y contrapesos, tiende naturalmente hacia la arbitrariedad. La frase emerge en el contexto del gobierno de la ínsula Barataria, ese experimento burlesco donde Sancho debe ejercer como gobernador. Pero lo que comenzó como burla acabó revelando una paradoja: el rústico escudero, precisamente por su sentido común, comprende mejor que muchos nobles la tentación que representa el poder sin vigilancia. No está celebrando esa posibilidad, sino reconociéndola con brutal honestidad. Cuatro siglos después, la sentencia de Sancho Panza resuena con particular intensidad. Vivimos en una época donde las institucion...
