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Un 16 de junio frío y lluvioso

Cuento de Eduardo Pérsico, Argentina.- "… y el cuadro se pierde en aquel atardecer de iniciarme en sensaciones y palabras nuevas".

Sin desafiar a los dioses del ‘yo me acuerdo’, el jueves dieciseis de junio de 1955 en Escalada la bruma se hizo llovizna y por ahí la Gómez entró a la oficina de Facturas gritando ‘vamos todos a defender a Perón que los uruguayos están bombardeando la CGT’. Y esa misma mujer flaca y de pelo desteñido nos arengó en resistir la invasión uruguaya, ‘que si no fuera por nosotros esos bosta de paloma se morirían de hambre’. Pero antes de volver a gritar ‘los gorilas quieren matar al General’ entró uno de sus hermanos y de un brazo la sacó al pasillo.

La Gómez trabajaba en Proveedores del Roca y era hermana menor de los mellizos Gómez, - uno Jefe de Pormenores y el otro de Abastecimientos- y en Escalada se los nombraba Patatín y Patatán. En la casa de Patatán funcionaba una Unidad Básica y fanáticos de Talleres y de Perón, al irse ellos de nuestra oficina comentamos el asunto ordenando los escritorios y mirando por una ventana el espectáculo de la vía. Ahí nomás, tras unos paraísos más algún sauce transcurrían los trenes y el Rápido a Mar del Plata; ese orgullo del ferrocarril Roca con vagones de aluminio y los pasajeros exhibidos detrás de una vitrina. Allí se viajaba atendidos por una azafata que sabía inglés y una de las primeras en esa tarea había sido la miss Coleman, que al cumplir treinta años de edad recaló en nuestra oficina y allí me enseñó a combinar la ropa. ‘Con el verde no combinan azul ni marrón, green with Blue or Brown is Down’ me sonreía; y mi jefe el señor Amavet y los demás turros me cargaban. Si la Coleman, veterana de reñidas batallas me hablaba bien y yo la atendía con educación ‘ tenés media carrera ganada, pibe’, me animaba Losada el de Cómputos. Y al acercarme a su escritorio al llegar el café, ella solía hojear una revista y única mujer de fumar en la oficina, a veces se la veía distante. Aunque un día al mostrarle lo que escribí cuando una novia me adelantó ‘es hora de no vernos más’, la Coleman que vivía sola, tenía un gato y a veces al mirarme se acomodaba los anteojos, me confió ‘ella es una chica trivial. Me parece que no es para usted’ ..

Al fin ese 16 de junio ninguno de la oficina salió hacia Plaza de Mayo que era lejos y el señor Albónico enchufó Radio Colonia de Uruguay. Pronto supimos que unos aviones de la Marina al bombardear Plaza de Mayo con la pretensión de matar a Perón le habían embocado una bomba a un trolebús donde viajaban los pibes de un colegio, y allí alguien gritó ‘Nuestra Aviación Naval, la puta que la parió’. Y tras un silencio pesado volvió el barullo cuando Bonetti, el operador de la Burroughs siempre de corbata colorinche se quejó ‘a mí la política no me da de comer’, insinuación para ir descolgando del perchero los sobretodos y sin apuro bajar por la escalinata de mármol.

Así cuando cada uno para su casa, la señorita Coleman me habló por lo bajo al irse y yo junto al señor Amavet y el grandote Luciani nos fuimos charlando por el veredón de brea a cruzar las vías hacia la avenida Pavón; por el Caminito del Toro que cada noche se llenaba de parejas a mimarse contra la ligustrina. Delante de nosotros iban los Gómez consolando a la hermana que lloraba y amenazaba a quien no diera la vida por Perón, y el señor Amavet que ese día me resultó bastante socialista en confianza me explicó que cada día a Perón le costaba más seguir siendo peronista y que el problema era muy serio. En tanto si la Iglesia atacaba al gobierno que le ‘desobedeciera’ al entregar un carnet laboral a las prostitutas y además pensaba ampliar la ley de divorcio, él se sonrió al repetirme ‘cuando un gobierno le desobedece la iglesia reacciona así’…

Además caminando hacia la avenida Pavón el señor Amavet nos dijo algo de empresarios con más sindicalistas repitiendo la de Unitarios y Federales; ‘ pero esta vez todos en la misma bolsa’ y se me ocurre que ahí me guiñó un ojo. Unos pasos delante de nosotros seguía la de Gómez desbocada en gritar que en Corpus Christy ‘estos chupacirios quemaron una bandera argentina insultando la memoria de Evita’, y los hermanos otra vez a calmarla. Al llegar a la avenida vimos pasar a unos muchachos vitoreando desde un camión y uno sobre el techo revoleaba un cacho de banana como si empuñara el sable de San Martín. Imagen que también vería miss Coleman que aguardaba cruzando la avenida.

Mucho más tarde me enteraría que hubo otras bombas contra la Casa de Gobierno, que en la Plaza de Mayo los muertos serían más de doscientos y que el primero de ellos, - siempre hay uno- resultaría un linotipista con delantal azul que cruzaba la plaza y lo hicieron cadáver desde el cielo. Las radios oficiales culpaban de todo al almirante Toranzo Calderón y a un tal Gargiulo, que al fin se metiera un tiro en el marote, y también que en ese anochecer los peronistas o no se supo quien incendiaron dos o tres iglesias. No me acuerdo si Perón esa vez habló por radio pero que el viernes no trabajamos y el sábado ya tuvimos fútbol; y la gente disimulaba tras un silencio que sumaba la inquietud de todos. Por ahí también el chusmerío barrial se ocuparía del grandote Luciani, quien al llegar antes a su casa y sorprender a su mujer muy asustada y a medio vestir, de puro celoso casi le quiebra el pescuezo. Muy buen libreto para que el barrio discutiera si el retorno adelantado de Luciani ocurrió por culpa de Perón o de la oligarquía sublevada, vaya uno a saber...

De todas maneras el cuadro de aquel atardecer se pierde íntegramente en la habitación de la señorita Coleman; con su sabedora ternura para separar inocencias y misterios al descubrirnos adheridos a sensaciones y palabras nuevas. Esas que ella entonces me enseñaría a deletrear y hoy ambulan con su nombre en esta ráfaga de memoria amotinada. (Jun.2013)

De un Borges desafinado

Por Eduardo Pérsico, Buenos Aires.- En opiniones de Jorge Luis Borges sobre el tango, - palabra que él bien entendía africana- situaba su origen por 1880, y también decía que el pueblo adoptara esa música luego que la clase alta - o ‘gente bien’- la difundiera desde su propio ámbito. Hubieron muchas presunciones sobre esto mismo, pero al fin sería indudable que el tango llegara desde las casas más acomodadas a los barrios menos pudientes de la ciudad de Buenos Aires- Y que luego desde allí sería adoptado en almacenes y despachos de bebidas; sitios de reunión adonde concurría ‘la gente común’ a jugar a la baraja, tomar algún vaso de vino y juntarse con sus iguales o algún amigo.

Esa certeza que ganara adeptos al repetirla Borges, ya existía por una precisa realidad económica: los instrumentos iniciales de los músicos de tango eran muy costosos y solo accesibles a los medios sociales superiores al gentío común. Donde compadritos o no, nadie podría propiciarse un piano, un violín y ‘ni siquiera una flauta común para darse el gusto’; opinión que expresara Borges en sus charlas de grandiosa memoria. Aquellas reuniones para una veintena de asistentes que él no consideraba ‘conferencias’ pero donde solía expresar además de lo vivido su gran ilustración. Donde con un mínimo de imaginación era inevitable no comprender aquel rico bagaje contenido y enraizado en el gusto del argentino común que instruía Borges; condición didáctica más desechada por la mala fe de los detractores de lo popular que por las actitudes del mismo escritor. Y un perfil borgeano al que muy pocos accedían o aceptaran, era su idea de estimarle al tango un valor sustancial en el carácter de los argentinos, y además que esa expresión musical resumía el inconsciente de nuestra cultura en general. Y dentro de ese inmenso territorio conceptual donde Borges solía gastar hirientes socarronerías a otros autores, él mismo marcaría su presencia y lugar generando ‘ese mundo que sería su mundo’ que estimara un crítico alguna vez. Y sí; Borges sostenía cierto ámbito propio donde además de su innegable saber de los orígenes del tango, - que para muchos de su clase algo inabarcable- persistía en otro espacio universal que él valoraba como un ámbito propio. Y de semejante criterio digamos apenas eso…

Jorge Luis Borges, escritor argentino de una ilustración muy visitada por el modernismo de Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Valle Inclán y Leopoldo Lugones, al encontrarse con la milonga solía frasear que esa expresión musical, mirada a fondo y con atención, bastaba por sí misma para conjugar un primario y definitivo elemento cultural del Buenos Aires siglo veinte. Y por ese rumbo él también hablaría con naturalidad de guitarras y violines, de valientes y cobardes que nutrieran las letras del tango y otros renglones que cada tanto repetiría con alguna reserva. Por cuanto en Borges era evidente su afecto y tendencia hacia los tangos de la guardia vieja ‘que eran sólo melodía’, y más aún porque los primeros tangos no tenían letra pero sí recurrencias traviesas. Acaso fuera de ahí que a él no le gustara Gardel por su insistencia en cantar tangos con argumento, y le enjuiciara además su marcado sentimiento llorón. Una afirmación temeraria más que Borges iría desechando como hiciera también con ese otro ‘desafío personal’ de presentarse ante sus amistades cantando un tango ‘con mi inflexión correctamente desafinada’, decía. Disparate que él, Borges, tampoco solía advertir ni siquiera entre amigos como un verdadero papelón, y ambas tonterías las iría sumando a otras recurrencias que hasta ahí él creía ingeniosas por más que nunca lograran adhesión de nadie. Más aún; un muy serio rechazo no solo entre los ‘propiamente tangueros’ sino también del gentío de sus amistades informadas del mar profundo que contiene ese río del gusto popular. Un territorio donde ni el más desencaminado de los argentinos agitaría el mínimo resquemor anti-gardeliano, por más intrépida o certera que luciera su calificación.

Pero al fin así era Jorge Luis Borges, quien como cualquiera de nuestra especie de mortales, a veces también desafinaba. (2015)

Borges, aquel compadrito malogrado...

Por Eduardo Pérsico.- Jorge Luis Borges, el escritor más representativo de la literatura argentina, sería poco reconocido en nuestro país hasta que desde Europa nos advirtieran su calidad poética y narrativa. Y en cuanto la valoración ajena para nosotros es más valiosa, se le otorga al crítico francés Roger Caillois reconocer su alto valor en un episodio que acaso repitiera lo acontecido con Carlos Gardel, un cantor popular hasta que luego de su éxito en Estados Unidos se convirtiera en figura innegable en la estimación general de nuestro país. Y esto sin menguar que tanto Jorge Luis Borges como Carlos Gardel, son de verdad dos autènticos valores de nuestra cultura sin discusiones ocasionales o malversadas.

No pocos lectores de Borges hemos advertido que uno de sus perfiles más interesantes consistía en que él ‘escribía como si estuviera escribiendo’; sin que lo presionara esa formalidad dirigida a un lector cómplice y prevenido. Eon una complicidad casi lúdica al bromear sobre otros escritores, según lo hiciera con Federico García Lorca al decir ‘que era un andaluz profesional’; y de Leopoldo Lugones, un argentino de quien sentenciara ‘él era un hombre que se tomaba demasiado en serio’. O demás juicios sobre la imagen de otros varios, que denotan que la fantástica veta literaria de Borges no fuera sólo libresca sino que él recibiera del propio país esa inflexión y modo de indudable escritor argentino. De esos a quien al leerlo en voz alta se lo puede imaginar junto a un fogón de campo diciendo ‘vea don, yo le voy a contar, esto sucedió cuando fuera la crecida grande del noventa’. O fraseando por milonga ‘El Títere ‘un balazo lo bajó en Thames y Triunvirato. Se mudó a un barrio vecino, el de la quinta del ñato’. Por no decir cementerio… 

Borges fue de relatar nuestro país, - poblado por lo europeo casi sin jungla y una geografía transparente con muy poca literatura rural que la describiera- y él fue uno más en generar que nuestro perfil nacional radicara más en el modo de contarnos que en lo temático. En tanto nuestra escasa literatura rural no sugiere misterios de país selvático ni ‘realismo mágico’, el Borges narrador describe algunos entornos y se atreve a la primera persona para identificarnos. En ‘Hombre de la Esquina Rosada’, en el trato impersonal usado en ‘Juan Muraña’ o en la milonga Jacinto Chiclana, ‘me acuerdo fue en Balvanera en una noche lejana, que alguien dejó caer el nombre de un tal Jacinto Chiclana’, persiste esa miga coloquial preferida por él. 
 
Y esa sencillez casi intimidante al relatar, fuera de la literatura Borges la usaba en el trato personal que a muchos nos pareciera ver a un compadrito inconcluso, frustrado, o al provocante payador de boliche que imaginamos pintar en ‘un tal Borges, el Inglesito que contrapunteara por milonga en un boliche de Turdera’. En cuanto puesto en confianza Borges era un porteño sobrador y canchero, y por 1970 todavía exhibía su fino ingenio sin la menor ingeniosidad ramplona. Pocos jurarían que al decir del mexicano Alfonso Reyes ‘si se quiere escribir bien en castellano hay que leerlo’ no fuera una broma compartida, en tanto Borges siempre fue un corrector implacabl. ‘Hay que publicar para no seguir corrigiendo’ y confesara que ‘trinchante’ resultó una palabra que mucho lo confundiera. En ‘El Muerto’ al renglón ‘hay un remoto trinchante con un espejo de luna empañada’ le hizo varios cambios, en ‘El Aleph fue y vino varias veces con ‘Beatriz Viterbo, frente al trinchante’ hasta que liberó ‘Beatriz Viterbo de perfil en colores’. Y su ‘Hombre de la Esquina Rosada’ lo publicó según crónica policial en el suplemento de Crítica, ‘Hombres Pelearon’, y luego de otra versión y encontró el cuento definitivo. 

Muchos vieron en Borges argumentos perfectos pero la frescura de su literatura indicaba que ese autor se divertía escribiendo, algo que demostrara junto a Adolfo Bioy Casares y firmando H. Bustos Domecq en ‘Seis problemas para Don Isidro Parodi’, un texto de 1942 y donde hasta insinúan una broma futbolera urdida por Bioy Casares. El personaje Honorio Bustos Domecq dice por ahí ‘durante la intervención de Labruna, fue nombrado primero Inspector de Enseñanza y después Defensor de Pobres’, y eso en el año ’42 cuando el equipo de fútbol River Plate fuera campeón y su jugador estrella se apellidaba Labruna. Ellos escribían en Pardo, un pueblo de campo y oyendo la radio. Borges jamás fue futbolero pero escuchar a un relator ‘brillante intervención de Labruna’ con Bioy se lo apropiaron. 

La primera vez hablamos alrededor de 1973. Yo colaboraba con una revista literaria Ateneo, de Lanús y ya frecuentaba la Biblioteca Nacional cuando que él dirigía, en la calle México, y había mucho fervor popular por el retorno peronista al gobierno. Tanto que José Edmundo Clemente renunció a la vice dirección y dejó solo a Borges cuando los jóvenes delegados gremiales pidieron una reunión con las banderas de la transformación del país y otras apoyaturas. El señor Zolezzi y otro empleado, Amón, solían contar que sin estar Clemente los delegados fueron atendidos por Borges a quien le plantearon cosas que ellos mismos pensaron que aterrarían a Borges. Que al terminar la reunión le dijo a Zolezzi ‘hay que atenderlos más seguido a estos muchachos; yo estoy de acuerdo con ellos en muchas cosas’. Algo asombroso para quienes veían en Borges a un reaccionario absoluto a pesar que en su obra jamás descalificara al orillero, al gaucho, al negro o a un laburante cualquiera. Esas cosas. 
 
Igualmente y pese a que los escritores se valoran por lo mejor de su obra, reconozcamos que el peronismo arrinconó a Borges y a muchos otros ‘ilustrados’ a pensar en que aquello era copia del Fascismo italiano. Un enfoque muy acotado y medieval que nunca vislumbró detrás la movilidad del tejido social en Argentina y la liberación psicológica del obrero ante el patrón. Dos certezas que actualizaron la historia y él mismo, por 1983, con un gesto me pidió le repitiera. 
 
Por aquel 1973 el despacho de Borges en la Biblioteca Nacional de la calle México era en el primer piso y él subía por el ascensor. Enfrente existía una casa de inquilinato; un “convoy” típico de Montserrat o San Telmo; y algún mediodía de verano Borges escuchó que alguien procuraba tocar en su guitarra una milonga en el zaguán del inquilinato. El bibliotecario Zolezzi le preguntó si debía cerrarle la ventana y le dijo ‘no, es linda la milonga. Y ojalá el hombre no la aprenda nunca así la sigue tocando’. El tenía una idea de la milonga taconera, retrechera y propia los años diez al veinte y no la nostálgica versión que adquiriera luego. Lo mismo con el tango prefería su época de oro sin los modernos arreglos instrumentales que lo fueron modificando. Y Astor Piazzolla lo contrariaba tanto que cuando en una reunión alguien con una guitarra entonaría su milonga ‘Jacinto Chiclana’ y le recordó al autor de la música y el viejo respondió ‘no sé, yo creí que era Guastavino’, evitando mencionar a Piazzolla. Esas cosas.

En su nutrida producción existe una etapa criollista sin exageraciones pese a que él jamás dejó de serlo. Al preguntarle si Macedonio Fernández tocaba la guitarra una vez respondió ‘le gustaba afinarla y sacarse alguna foto con ella, pero nunca lo escuché tocar’; y a propósito de Ricardo Güiraldes dijo ‘sí, él tocaba la guitarra porque así creía defender el criollismo’. También rechazaba a las paisanitas bailando zambas vestidas de celeste y blanco, ‘una tonta exaltación’, y de la religión discurseaba ‘mi madre es católica como cualquier señora argentina’. ‘Mi hermana tomó la comunión y es católica, yo no y soy un librepensador. Aunque eso también es anticuado’. Sus mismas réplicas lo divertían y sin malgastar ideología barata a Borges debemos juzgarlo como un auténtico referente de esta comarca siempre contradictoria. El ‘Borges oral’ es propio de un molesto provocador; un porteño sobrador y canchero de algún boliche de mi barrio que con sonrisa cómplice se burlara ‘no me haga caso, señor, que estoy hablando en joda’. O un guitarrero de patio, corbatín y saco oscuro, una visión que prefiero del Borges imaginario.

A pesar de que él fuera precursor en ver al compadrito como una invención literaria, más bien sentía las andanzas de ese personaje como una ausencia. Y el haberse criado ‘burguesamente’ era un descontento del que también se burlaba; una noche con Francisco Luis Bernárdez y Carlos Mastronardi por el barrio sur, la Boca, Barracas, buscando algún bodegón abierto para ver ‘esos hombres de coraje, compadritos, cuchilleros, y nos volvimos sin hallar ni un almacén abierto’. Y remató ‘hacía un frío bárbaro y fuimos tres ilusos fuera de lo verdadero’. Textual.

Luego de conversar en la Biblioteca Nacional un par de veces por los setenta volví a verlo en julio de 1983. Había una entrevista con público en casa de la escritora María Luisa Biolcati y yo fui a la calle Maipú donde vivía. Por entonces lo atendía una señora Fanny y fue el día que había operado a Beppo, su gato del que solía repetir: ‘me lo regalaron y era Pepo. Yo lo rebauticé Beppo igual al personaje de Byron pero el gato ni se enteró y siguió viviendo’. Allí lo recuerdo saliendo de una habitación oscura y a la señora Fanny ayudarlo con la corbata. En la reunión yo le preguntaría así que le repetí mi apellido y comentó ‘italiano y quizá algo sefardí. Pérsico viene de Persia. En cambio Borges es línea portuguesa y quiere decir burgués’; renglón casi desafío. Me habré dicho ‘este viejo me carga al incluirme en su discurso’, un gesto de la porteñidad de Borges aplicaría de entrada a cualquier engreído. Pero luego llegó lo mejor: al leerle unos sonetos lunfardos que mencionaban a Lenín y a Pirandello, me sacudió ‘lindos, aunque parecen de un reo que escribe para intelectuales’. Una crítica borgeana educada pero feroz, y debí levantar la guardia…

Cierta vez un periodista creído que Borges sólo sabía de libros le preguntó sobre el director técnico de la selección de fútbol. Una gratuidad, pero ni bien el tipo insistió Borges se disculpó ‘no lo conozco, perdone mi ignorancia’; y el cronista deportivo, igual que el gato Beppo, no se enteró y siguió viviendo. Lo mismo que cualquier persona normal él escuchaba radio por la mañana, y al poco tiempo otro entrevistador telefónico le preguntó si de joven Victoria Ocampo era una mujer tan hermosa. Y el viejo esbozó ‘no sé, yo la conocí cuando ella tenía veinticinco años’; apenas un reflejo y adiós con la intriga. Porque sin arriesgar con él no se hablaba ‘de minas’, aunque él elevaba la cuestión al decir por ahí ‘la mujer madura es más hermosa. A una mujer de cuarenta detrás de los ojos se le intuye la mirada’. Le escuchamos y enseguida se disculpó ‘siempre repito eso’ ante el temor de no haber sumado al otro en esa idea.

Sobre la literatura más o menos clásica Borges dijo que el ‘Mío Cid’ era una cosa ilegible’, del Quijote repetía que sin ese libro no se entiende la historia de España pero que Calderón de la Barca para él ‘era un invento alemán’; de Guy de Maupassant aportó que no era un cuentista genial ‘y había mejorado al morir loco porque siempre había sido estúpido’. Y hasta bromeaba ‘los españoles hablan muy mal el español pero lo respetan porque lo consideran un idioma extranjero’. Aunque a pesar de esas y otras objeciones que se ganara, Jorge Luis Borges es un pilar de la cultura en general y más aún de los argentinos, por ese perfil de radicalidad tan nacional equiparable con Domingo Faustino Sarmiento, otro de nuestros fundadores culturales también marcado por sus contradicciones: Facundo, Sarmiento, Perón y siguen los nombres… Sin más, Borges al saber lo hecho en Argentina esa banda delincuencial de militares y marinos de uniforme que asolara el país de 1976 a 1983, recién los rozó con sus críticas en Europa. ‘Cuando yo era chico quise ser militar, pero con el tiempo me fui haciendo más cobarde y menos estúpido’, transcribió buena parte de la prensa francesa. Y más tarde, en 1983 el Borges más terrenal al escuchar que los militares realizaron una sangrienta interna en el peronismo resolvió ‘si, eso es muy posible’.

El ‘Poema Conjetural’ sobre Francisco Narciso de Laprida, y ‘El general Quiroga va en coche al Muere’ son valiosas piezas históricas americanistas pero renglones aparte merecen sus cuentos. ‘Hombre de la Esquina Rosada’ como pintura del bajo Buenos Aires sostiene un pasaje descollante cuando el personaje Francisco Real atropella a los gritos la puerta del prostíbulo, y al verlo Borges, el relator, exclama ‘el hombre era parecido a la voz’. Siete palabras y servida la pintura de personaje y lugar. Una sencillez inherente al Borges cuentista que parecía juguetear con sus frases obtenidas luego de su incansable corregir. El cuento ‘Juan Muraña’ lo desarrolla según el relato de un tercero con una precisión envidiable y en ‘El Muerto’ ubica la acción un pueblo uruguayo y alardea con el saber sobre sus costumbres. Borges más que conocer sospechaba los materiales de su tarea y cuando alguien le inquirió si conociera algún guapo dijo ‘sí, en Montevideo´. Y contó cuando alguien faltó el respeto en una casa y el dueño solamente le mostró dos cuchillos al ofensor; ‘usted elige’. Y cuando le preguntaron ‘¿y qué hizo el otro?’ dijo ‘¿y qué iba a hacer? Se achicó’. Sin otra palabra que le desmejorara esa autenticidad de quien escribía como un legítimo tipo de la comarca de los argentinos, libre de empaques. Quien al final de su vida fuera un anciano marcado por el exilio de su ceguera y rodeado de gente ansiosa por andarle cerca, quizá por eso al preguntarle ‘Borges, ¿usted no será un compadrito frustrado?, él me sobró sonriendo ‘sí, pero malogrado es más fácil’. 

*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

Argentina. Octubre del ‘45 y algunos ecos

OPINIÓN de Eduardo Pérsico, Argentina.- En la década del cuarenta a Buenos Aires le crecían edificios, avenidas y perfiles costaneros donde apreciar al ‘río más ancho del mundo’. Quizá también por venderse más libros y diarios que en cualquier ciudad de América Latina, a cierta porteñidad le resultaban ajenos sus arrabales rumbeados por verdosos tranways de doble piso y demás aspectos venerados por sus escribas más o menos de renombre.

Como si algo renaciera volteando el caserón familiar era mal visto en Esmeralda y Sarmiento un caserón afirmador de que allí verdeciera la llanura. Ciudad engreída en ser la más europea de América aunque un rejunte de suburbios sin prestigio, si al menos un tanguito no lo pontificara algún guitarrero de patio. Y la inmensa pena de Villa del Parque, San Cristóbal o Versalles, sin rigor poético para calzar nombres de infructuosa rima si al sur la inundación y de otro margen el límite con la pampa. También crecían los bares donde meditar esas cosas de la vida, que para eso están: y en tanto las mujeres desechaban las medias de muselina y más acortaban su vestido cada tarde., eso se hizo sin alegatos feministas ‘con nosotras no se puede’ y así crecerían a la nueva sensatez...

Y en tanto la guerra y la inequidad se apropiaba de Europa, por Buenos Aires crecían nuevos actores y en retirada aspirantes a nobleza saludando ‘que tal, che’ al mozo del bar como una contraseña. Ciudad donde muchos la soñaran como París, los autos iban por izquierda estilo Londres y los tranways rugían con reglamentos ingleses. Lejanía sudamericana donde por suerte abundaban lectores de Roberto Arlt, cronista que hasta 1943 delineara ciertas faunas subterráneas, y de Raúl González Tuñón, el poeta de ‘todo pasó de moda como la moda, los angelitos de los cielorrasos, los mozos que tomaban la vida en joda y las lágrimas blancas de los payasos’.

Hasta que por ahí emergiera la muchachada fabriquera que no remaban consignas en las bibliotecas pero una mañana desparramaron su reclamo a pertenecer ya mismo y a puro grito. Esa imprevista ‘contradicción social’ entró a caminar y aunque no fuera avistado desde muy lejos, - no hubo millones de obreros manifestando el 17 de octubre de 1945, por supuesto- pero el gentío se iría agrupando sin consignas, bombos ni marcha partidaria. Excepto el ‘Perón Perón’ incierto para los sabios de la nada protocolar y los serios padres y abuelos de los actuales primates contrarios hoy a lo mismo; octubre del año 2014; hasta capaces de oponerse a una ley de radiodifusión que agotara su discusión en el Parlamento Nacional varias veces, y que por antimonopólica y tendiente a derogar una ley del insano proceso militar, es ya civilizadora.

Pero sigamos. Aquel ’17 de octubre no fue apenas un sacudón en el cimiento social de los argentinos, sino que estableció otra dimensión para entender que con líderes aceleradores como Perón o no, esa movilidad social podría demorarse pero igual acontecería. Asunto que tantos ‘ilustrados’’ siguen sin entender como hicieron el gentío de frigorífico y talleres suburbanos que construyeron ese día a ese coronel Perón en referente de un gran avance de la sociedad contemporánea argentina. Y reiteramos lo ya escrito más de una vez: “la liberación psicológica del obrero ante el patrón, ese avance que desde el llano demanda generaciones, con su imprevista aparición produjo que el peronismo se instalara como fuerza política popular y mayoritaria”. Un avance que a los grupos tradicionales les pareciera un ademán extraño siempre que el ‘perón perón qué grande sos’ ni les ‘avistara’ de lejos sus ‘hectáreas de familia’.

Sin duda el peronismo nunca avanzó y más no pudo ante esa ideología de ‘la herencia sagrada de nuestros mayores, Argentina granero del mundo y como dios es argentino la fiesta es de nosotros’. Aunque siempre con buen clima político o contrariados por esos profetas de la dicha incierta del golpe en setiembre de 1955, cada tragedia siguiente vendría envuelta en esos temas financieros y con ropajes a veces algo gauchescos. Pero bué… (Octubre 2014)

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.



El lunfardo de los argentinos

Por Eduardo Pérsico, Argentina.-

Una comunicación de persona a persona

El lenguaje en el hombre se desarrolló según se aproximara a sus semejantes y usara más imitaciones de la naturaleza para comunicarse, más cuando por el año 1492 según el reino de España sus navegantes ‘descubrieron América’, sabemos que quienes aquí habitaban no difundieron la noticia gestualmente o con señales de humo; lo hicieron con ideas y palabras consolidadas por su reiteración. Y de choza a choza o margen de un río al monte o la montaña, los naturales de aquí se anunciarían la aparición de esos navíos con su propio lenguaje. Más luego, la forzada adopción del castellano en el territorio latinoamericano corresponde a una constante histórica donde el Poder se impone sobre la particularidad de cada pueblo; algo ya aceptado por Napoleón Bonaparte al asegurar que ‘un idioma es un dialecto con un ejército detrás’. Así que toda comarca suele demostrarse con algún perfil particular y nosotros en la Argentina, ese juego de identidad resultó ser el lunfardo, un código entre dos para que no se entere un tercero.

Y el escritor Nicolás Olivari, (La Musa de la Mala Pata) que al ser preguntado si él hablaba lunfardo contestó ‘vea, yo nací en Villa Luro en el año 1900, cuando aquello era un suburbio. Frecuenté el trato de obreros, ex presidiarios, prostitutas y atorrantes, mis vecinos, y no tuve tiempo de aprender eso’. Una respuesta de Olivari que recuperó Jorge Calvetti y otros atribuyen a Roberto Arlt, (Los Siete Locos, Los Lanzallamas, El Amor Brujo), aunque por tratarse de dos escritores fundacionales de las letras de Buenos Aires, esa autoría atrae menos que la respuesta. Y el mismo Roberto Arlt habló de este modo dialectal al polemizar con unos académicos por 1940: ‘esto demuestra lo absurdo de enchalecar en una gramática canónica las ideas cambiantes de los pueblos… y así esa gramática tendrían que haberla respetado nuestros tatarabuelos; y en progresión llegaríamos a concluir que de respetar ese idioma aquellos antepasados, nosotros, hombres de hoy, de la radio y la ametralladora, hablaríamos el idioma de las cavernas´. Textual.

Si lo ético de cualquier escriba es no subvertir o quitar eficacia comunicativa a la palabra, el lunfardo pudo comenzar como una lengua de la gente de mal vivir; pero esa definición iría perdiendo su secreto delictual al convertirse en un guiño de comprensión popular ajeno a sus primeros cultores. En el siglo veintiuno nadie discute que si este léxico surgió entre pocos para despistar a los demás: ´el argot lunfardo constituye un habla rápida, espontánea que brota de una manera natural... en vocablos y expresiones que acuden fácil y prestamente a la lengua’, dice Mario E.Teruggi en Panorama del Lunfardo, Sudamericana, 1979. Y por ese rumbo y ya en los aciagos días de la década del ’70, que entre los argentinos se abrían y cerraban efímeras contraseñas al hablar y Humberto Costantini, quien recreara cierto lenguaje coloquial en su libro En la Noche, supo ver que entre perseguidos y perseguidores existían tantos códigos como grupos. Y ahí se aprecia ‘código entre dos’ que bien es extensivo a otra actividad o profesión con jerga propia. En tanto el habla de un pueblo es un sistema de signos diferentes a otros de la misma especie, y al obtener principios y gramáticas eso construye al fin un idioma. Un corpus donde cada lengua tiene fisonomía, giros y particularidad, y por eso y sin idolatrar nuestros queribles modismos, en Argentina hablamos castellano, en acuerdo a su gramática nos entendemos con el mundo, y ese asunto por ahora no lo pensamos cambiar.

Lenguaje, identidad y cultura

El lenguaje nos diferencia entre Civilización, - el amplio mapa de toda nuestra manifestación- y Cultura, eso que sintetiza la estética peculiar de cada grupo comunitario. La Civilización cristaliza y estratifica el lenguaje, en tanto la Cultura lo desaliena y hasta lo modifica con expresiones ‘contraculturales’. No pocas variaciones estéticas de la contracultura fueron luego estimadas como clásicas, y el lunfardo como arista cultural de los argentinos, ocupó un párrafo en Radiografía de la Pampa, 1933, de Ezequiel Martínez Estrada: ‘psicológicamente puede ocurrir a un idioma algo peor que subdivirse en dialectos y cristalizar su forma al tiempo que se limita y amputa. En el dialecto vive el alma local, el paisaje vernáculo; en el idioma extenso o superficial la palabra desfallece y hasta reduce el número de sus términos’. Y sigue don Ezequiel: ‘la actitud desafiadora del compadre, el insulto, el neologismo de la jerga arrabalera son formas vengativas, afiladas y secretas de herir. Ese oculto rencor contra una lengua de filiación paternal puede conducir a dos formas de escribir y hablar. Hablar al revés, al vesre, es una forma patológica del odio cuanto no de la incapacidad. No pudiendo usarse otro idioma, desdeñándoselo, en el trato social e íntimo se invierten las sílabas con lo que el idioma, siendo el mismo, resulta ser lo inverso’. Hasta aquí Martínez Estrada, un precursor de la psicología social en Argentina, y más luego aparece de Juan José Hernández Arregui en ¿Qué es el Ser Nacional?, de 1963, quien anota la acción regularizadora del grupo ‘porque la cultura está litografiada en su lengua las variaciones idiomáticas se ejercen desde el pueblo’. Y para avalar esto, ya Platón sabía que el pueblo es un excelente maestro y su lenguaje es el hecho social más definitivo.

Los primeros estudiosos del tema          


Quienes en principio se ocuparon de la lunfardesca no coincidieron; algunos la estimaron una jerga gremial del delito y otros corrieron ese límite hacia ‘un jercicio comunicativo’. Benigno Baldomero Lugones fue el primero en llamarla ‘lunfardo’ en un par de artículos publicados en el diario La Nación por 1876; luego por 1896 Antonio Dellepiane lo calificó ‘el idioma del delito’ y Alvaro Yunque más tarde habló de ‘un lenguaje arrabalero’. Por 1927, Jorge Luis Borges dijo en El Idioma de los Argentinos ‘el lunfardo es un vocabulario gremial como tantos otros, es la tecnología de la furca y de la ganzúa’; y para Juan S. Piaggio eso mismo era un ‘léxico con argentinismos del pueblo bajo’. Igualmente, en génesis ese vocabulario fue delictual y de bajo fondo, y el mismo Dellepiane, abogado de tendencia lombrosiana, entendió que ‘el lunfardo existe con su intención burlona, caricaturesca y su activa movilidad de cambio’. Y es innegable que lo dinámico valoriza cada comunicación humana y por cuanto la movilidad del lenguaje es constante, hoy ningún pueblo del mundo conversa en lengua muerta.

Muchas veces se dieron como vocablos de la lunfardía términos que sirvieron al rebusque ocasional para decir sin que se entere un tercero, pero al no durar las horas de vuelo para entrar al imaginario popular, desaparecieron. Mina, bulín, bacán o mishiadura, por ejemplo, perviven en el hablar argentino con leves cambios de acepción, en cuanto toda voz lunfarda debe transitar antes de convertirse en clásica, o sea, útil para dar clase. A cada forma comunicativa la sostiene su reiteración, todo lenguaje oculto al fin se pierde y el uso de cada vocablo vale a su decantación en solera, para degustar luego según sea ya un vino placentero. ‘Ropagrosa’, modo del uniforme del vigilante extensivo a su portador, se usó en los años treinta y sucumbió al cambiar el ropaje policial. El término ‘palo’ que por 1990 equivalía a un millón de pesos, - o ‘palo verde’, dólares- por el asalto financiero contra el país argentino del año 2001, en pocos días perdió su valor expresivo. Otros vocablos como ‘tuca’ al pucho de marihuana o ‘tuquera’ al canuto de aspirarlo, en poco tiempo fenecieron; y esto nos remite a un reportaje que Paco Urondo le hiciera por 1970 a Julio Cortázar, de paso por Buenos Aires. Entonces a Cortázar le llamó la atención escuchar la palabra ‘yeite’ porque al irse él se decía ‘guiye’, que en ambos casos es asunto fácil y beneficioso. tampoco conocía la palabra ‘luca’ para decir mil pesos; pero pese a que esos avatares ocurran, al habitante de Buenos Aires una mina sigue siendo una mina un bulín es un bulín; y sin esas dos definiciones lo nuestro no sería vida…

Y según otro lenguaje codificado

Cada lenguaje codificado convoca a una complicidad de condición y origen, y el lunfardo de los argentinos, - irónico, procaz o corrosivo- siempre sugiere una humorada compinche. Algo extraño a los guardianes del idioma que lo irían aceptando al comprender su contexto temático y dejaron calificarlo sólo un argot meramente delincuencial, en tanto n principio Benigno Baldomero Lugones, con dos artículos publicados en La Nación de Buenos Aires por 1879, hizo una descripción del mundo criminal y ameritó hablar sobre lunfardos y ladrones en un sentido más amplio. Algo que bien lo apreciaron un siglo más tarde Francisco Laplaza y Miguel Angel Lafuente, al mencionar que siendo escribiente policial, ese Lugones recuperó una anónima cuarteta. ‘Estando en el bolín polizando se presentó el mayorengo, a portarlo en cana vengo. Su mina lo ha delatado’; cuya acepción sería ‘estando en su habitación durmiendo se presentó el comisario: a llevarlo preso porque su mujer lo había delatado’. Y aquí salvo el mayorengo, en desuso hace tiempo por Comisario, bulín, (bolín); apoliyando, (polizando), cana y mina persisten en el siglo veintiuno.

Luego de ese Lugones y en ya en 1884, el abogado penalista Antonio Dellepiane presenta El Idioma del Delito, trabajo donde agrega un diccionario de unas cuatrocientas palabras lunfas, sin apreciar que ese código no sería sólo un recurso carcelario y sí una jerga dialectal tan literaria como la gauchesca; esa otra forma de comunicación entonces mejor calificada. Pero el muy certero José Gobello escribió por 1965: ‘el lunfardo literario, que corresponde llamar lenguaje lunfardesco, es patrimonio de escritores que jamás ejercieron la profesión del delito’, y al reeditarse El Idioma del Delito de Dellepiane en 1967, Juan Cicco prologó ‘el lunfardo, jerga privada de la mala vida porteña cuando este autor la descifrara era un tecnicismo profesional que obligaba rastrearlo en sus avatares morfológicos y semánticos; dificultad que desapareció cuando el lunfardo dominara el habla cotidiana y familiar’. Dos buenas opiniones ante la importancia de esta jerga en inquilinatos y conventillos cargados de inmigrantes con lenguas diversas, donde muchos divertidos giros lunfardescos sirvieron para fraternizar. Y no muy al margen, si advertimos el histórico proceder delictual de la clase alta en Argentina’ el lunfardo debería ser su obligado hablar cotidiano y no así entre los laburantes comunes, menos impunes y protegidos por la Ley…

A fines del siglo pasado y entre el proletariado con mayoría de inmigrantes italianos jóvenes y fuera del mercado laboral precapitalista, se registró la mayor estadística delictual. Un efecto enarbolado por el burdo criterio de Julián Martel en su libro La Bolsa, por 1910, retomado el escritor Juan José Sebreli en Buenos Aires Vida Cotidiana y Alienación, de 1965, quien con su habitual adolescencia revulsiva pontificó ‘el lunfardo devino en el lenguaje común del sector desasimilado que intenta la destrucción simbólica de la sociedad organizada, mediante la destrucción de su lenguaje’. Ignorando ese autor que el pobrerío que él menciona, jamás soñó destruir la sociedad organizada y así los hijos de esos desasimilados, serían los obreros y empleados que por sentirse iguales y sin destruir ningún régimen participaron de la movilidad social más óptima y legítima del país hasta entonces. La producida de 1945 a 1955 con un protagonismo popular que aún molesta a los exóticos y medievales ‘dueños del destino nacional’ de los argentinos. .

Excesos, identidades y generaciones

Por carecer de estructura idiomática, prosodia, sintaxis y otras casquivanas de diccionario, el lunfardo no es útil para conversar ni ser escrito. Aunque se rebusquen etimologías o términos transitorios, en lunfardo es imposible conjugar un verbo y eso lo acerca a otras jergas cercanas: el Chabón de los argentinos al igual que Cara entre los brasileños y Huevón a los chilenos, significa torpe, desmañado o desconfiable, aunque según contexto o entonación eso mismo cambia de lo cordial a lo insultante o al revés. ‘No llevemos las afecciones de las ideas al accidente de las palabras’, dijo el venezolano Andres Bello (1781-1865) en su Gramática de la Lengua Castellana; un error que repetirían muchos temerarios al relatar en lunfardo unos pastiches sólo vistos por amigos del autor. De modo arbitrario el lunfardo deja de ‘vestir’ al castellano y algunos letristas tangueros con torpes invenciones mostraron bien debute y posta, (inmejorable), que ninguna expresión popular tiene buen albergue en laboratorios de trasnoche. Escribas seducidos por ese duende coloquial y metáforas del reísmo popular, que exigen conocerse previamente, supieron malversar letras del tango con lunfardías deformadoras del Imaginario Colectivo y la entretela de los argentinos...

Tango y lunfardo son dos perfiles de nuestra identidad. No únicos pero rastro a seguir según lo hiciera Ricardo Rojas en su libro Eurindia, al concebir a la nacionalidad como una síntesis psicológica, un yo metafísico que se hace carne en un pueblo y que halla su lenguaje en los símbolos de la cultura. Una valiosa definición de quiénes somos.

Al desarrollo del lunfardo fueron vitales las multitudes llegadas a Buenos Aires desde 1860 a 1920. Alrededor de 1870 vivían en la ciudad 95.000 nativos y 93.000 extranjeros de distinto origen que en 1895 superaron a los nativos, y por 1920 volvieron a un nativo por cada extranjero. Así no era esperable que las herencias españolas y gauchescas de los argentinos; agredidas por un proyecto agropecuario que excluía a los sectores sin tierra propia, y Alfredo Mascia, en Política y Tango dice que entonces el Compadre, habitante del orillaje respetable por macho y guapo con resabios del culto hispánico, era expulsado de su sitial por el progreso indetenible. Pronto ese prestigio tuvo imitadores en el Compadrito, un sustituto que sin la proyección del compadre otrora dueño de voluntades políticas y casi solitario, que tan bien mentara Jorge Luis Borges en su poema El Tango; ‘aunque la daga hostil o esa otra daga, el tiempo, los perdieron en el fango, hoy, más allá del tiempo y de la aciaga muerte, esos muertos viven en el tango’…

Ya entonces Argentina, país inmigratorio con el grupo latino mayoritario en número, aunque la sociedad se dispuso integrar a todos con una instancia política donde sin mencionar el efecto y la causa, el Estado se mostró muy eficaz. Al menos en la asimilación de las migraciones al darles puntos de fusión a semejante avalancha muticultural: la escuela pública lacia gratuita y obligatoria, más el matrimonio civil, jugaron a favor de una identidad nacional que subyace en la imaginación popular. El Estado instituyó obligatoria la escuela pública y como una consecuencia acaso no buscada por ese mismo Poder, floreció en lectores y una industria cultural que fijaría muchas pautas de nuestra conducta social.

En De la Colonia a la Inmigración, el tan preciso don Raúl Puigbó nos ilustró que la participación de los extranjeros fue muy alta en materia económica y aún social a través del matrimonio, y resultó casi nula en la participación política. Donde por tanta diversidad cada grupo pretendía imponer su característica, con más las diferencias entre viejos y jóvenes del mismo origen donde los descendientes querían acriollarse con hábitos de la nueva tierra y sus improntas de modernidad. Hasta existieron diferencias entre inmigrados de la misma región y hasta alguna confrontación generacional silenciada, en tanto el contacto entre los iguales en edad pero distintos hábitos y origen, generó expresiones para compartir y compañerear, si cabe el vocablo. Pronto los hijos de inmigrantes afirmarían su modo verbal generalizador y comprensivo, con asimilación entre 1900 y 1930 cuando hijos y nietos de la inmigración

coincidieron en cierto arquetipo transgresor y punto de fusión de las identidades. En ese caldero de latinos y eslavos con musulmanes católicos y judíos, el habla generó la expresión unificadora de civilizaciones diversas, y si el lenguaje es un transformador de la realidad, durante la primera mitad del siglo veinte, en Buenos Aires el hablar lunfardo resultó un recurso desalienante y aglutinador del gentío de los conventillos, y librarlos en algo de tantos precintos idiomáticos que entorpecían la integración. Apenas eso…

La preeminencia italiana

En el período de 1900 a 1930, la cuarta parte de la población de Buenos Aires y sus alrededores eran italianos nativos y sus descendientes, y por debajo existía otro quince por ciento de la suma de andaluces, gallegos, catalanes, vascos y demás llegados de España por esos años. La colonia italiana pronto se manifestó en los hábitos locales y por ahí el novelista Francisco A. Sicardi, a principios del siglo dijo que ‘los inmigrantes italianos también daban algunos huéspedes al presidio y vocablos al caló del bajo fondo’. Un perfil de los italianos tan útil para rastrear los rumbos de la comarca más arrimada al Río de la Plata y esa matriz italiana tantas voces lunfardas, y aunque existieran muchos términos con otra fuente, veamos: si al lunfardo se lo vincula al desarrollo del tango como dos andariveles hacia una misma identidad, paralelo a eso vemos la marca indeleble del cuplé en los primeros tangos, incluyendo La Morocha de Angel Villoldo. Y un fino poeta como Julio Félix Royano, (El Mata; Animal de Presa; Mururoa; Lunes de Dios) supo recordarnos a unos napolitanos y calabreses de su niñez en Lanús y que él, hijo de gallegos, advirtió que el término ‘lunfardo’ en su concepción de ladrón y malviviente, les venía de ‘lombardo’. El corte a la última sílaba de los napolitanos a la palabra, sonaba ‘Lum’ por ‘Lom’ y el parecido a F por B es una inflexión propia italianos del sur. Y como el entretejido de las identidades no suele hilarse de un solo ovillo, Domingo Casadevall, en El Tema de la Mala Vida en el Teatro Nacional, (Editorial Kraft, 1957) después de enumerar unos términos portugueses sumados al habla, dice que el lenguaje orillero y lunfardo se fue bordando también con voces populares usadas en la España de los siglos XVI y XVII, y ofrece ejemplos como ‘gayola’, ‘punto’ y hasta ‘pinta’, con el similar sentido que hoy le damos. Además, sobre la Vida del Buscón, de Quevedo, escribió el filólogo español Américo Castro que en el siglo XVI los pícaros usaban una lengua propia ‘y de aquí el habla revesada que consistía en dar la palabra del revés y pronunciar greno por negro’. Algo que hoy, siglo veintiuno, los argentinos por negro cordialmente decimos grone. .

Asimilaciones y sincretismos culturales deciden los perfiles de cada nuevo estilo, y advierten sobre lo estéril estratificar o congelar las identidades en algún tiempo. El nosotros somos así para siempre hoy ni resuena ante una imbatible realidad que trae consigo la computación y otras brujerías…

Habitual recurso cotidiano

A través de generaciones el lunfardo logró permanecer y se sumó a varias expresiones culturales que no serían de uso exclusivo de los argentinos. Pero que su vigencia en cada período social de Argentina sostiene su sesgo humorístico, juvenil y caricaturesco es indiscutible. Su aporte a expresiones temporales lo hicieron un innegable fenómeno cultural, y el ida y vuelta de lo lunfardesco a lo coloquial se aprecia en bien en el sainete, el más popular género teatral costumbrista que junto al lenguaje del tango fijaron nuestra memoria colectiva. Muchos jergales de gente de mal vivir fueron escritos y cantados hasta adherirse al hablar cotidiano, pero el lunfardo saltó a ser un método de divulgación por la inclusión de sus voces por saineteros y poetas no sólo por ese mango que te haga morfar, de Discépolo, sino por tantas líneas donde cualquier argentino encuentra algo que lo involucre. El tema de la pobreza en los inquilinatos y la inserción entre inmigrantes y nativos, no dejó sainete sin un personaje compadrito o ‘cocoliche’ de expresarse en lunfardo; que siempre y en la trama sostenían la defensa familiar, la autoridad paterna y las buenas costumbres. Machietas mayoritarias en el teatro argentino en su auge de mayor concurrencia al espectáculo, del veinte a fines del cuarenta, hábito que ironizara a su modo Jorge Luis Borges diciendo que muchos intelectuales concurrían el fin de semana a los teatros de la calle Corrientes para recibir una dosis de arrabal... Y sin embargo, según Luis Ordaz en Siete Sainetes Porteños están el drama, la acuarela nostálgica, el equívoco por las distintas lenguas y un cierto trazo claroscuro y violento. Así Buenos Aires recibió la materia prima del ‘cierto sainete de seres humanos’ confluyendo en sus calles y pueblos aledaños. Ricardo Rojas, quien entendía que el teatro era un arte incompleto sin el aliento popular, y que toda minoría culta puede alcanzar el goce de un teatro exótico pero la mayoría sensitiva, exige un teatro propio que le represente el drama de su existencia. Algo que remata Tulio Carella: a los nuevos habitantes la tradición le es insuficiente para decir y a despecho de ella, introduce cambios y elementos estéticos que alteran su fisonomía..

El sainete definió el estilo argentino de vida con europeos que por ambición más desarrollada iría desplazando al criollo, pero no faltarían en segunda escena las multitudes hambrientas, desesperadas y sin oficio que también acuñaron inflexiones para entenderse mejor con la palabra. Y muchos con un modo novedoso de caminar que exacerbado por el argentino nativo relevaría al compadre pampeano condenado por la modernidad; eso que devino en el compadrito que agregara su nueva expresión visual a la comarca y la inédita jerga de comunicación, el lunfardo.

Las voces más difundidas

En el glosario de voces en letras del tango y la poesía lunfardesca más frecuentada, evitamos citas de indudable certeza de neolunfardos o con etimología científica, y poco abrevamos en el ‘lunfardo canero’, - salvo en letras de tango- por saberlo más hermético por códigos del encierro, y pesquisar esa vertiente hoy no agregaría demasiado. Las letras de tango más apreciadas llegaron de Pascual Contursi y otros en adelante hasta 1950, y el material posterior ni arrima a los vates mayores que siguen en el favor popular. Nuestra elección de la poesía y en especial con el soneto lunfardo, obedeció a la valía de tantos autores contemporáneos que sin artilugios forzados, supieron secundar a los Versos Rantifusos, de Felipe Fernández, ‘Yacaré’; Semos Hermanos, de Dante A.Linyera, La Crencha Engrasada de Carlos de la Púa y el Chapaleando Barro, de Celedonio Flores en 1929. Y que desdijeron con libros de sugestivo nivel literario que el no versificar en esa jerga que se mandara Jorge Luis Borges, con sus palabras, sufriría la despótica imposición del tiempo.

Y un chan chan como final de tango

El inicial cancionero popular de Buenos Aires, considera como su precursor a Angel Villoldo, el vocero de los compadritos, por autor de El Porteñito en 1903 y La Morocha en pero ‘percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida’, primera estrofa de Mi Noche Triste escrita por Pascual Contursi y entonada Carlos Gardel por 1917, nos prodigó cierto tono lunfardesco y estilo de contarnos ‘ciertas cosas’. Ni el letrista Contursi o el mismo Gardel estimarían tanta resonancia posterior, pero si el protagonista hubiera recordado a su amor ausente diciendo ‘mujer que me abandonaste en plena felicidad’ o algo idiomáticamente más pulcro, ese tango jamás hubiera sido la íntima confesión de un porteño. Y hoy, pese a los exacerbados machistas y dramáticas cantoras del tango, su toque lunfardesco sigue en el siglo veintiuno entre los argentinos, en tanto otros léxicos coloquiales como el slang de los yankis, el cockney londinense y la giria brasilera no arraigaron tantos vocablos populares por faltar en sus canciones esa otra literatura que los reiterasen Una consecuencia natural y divertida en el universo cultural de los argentinos, fertilizado por ese lenguaje referente que más allá de ser un código entre dos para que no se entere un tercero, significa al fin sustancial para interpretarse y parecerse mejor. Y sin gardelear más digamos que sin alarde de ‘culminar una exhaustiva investigación’, rebuscar cierto material de notorios autores y otros desconocidos, nos orienta a seguir creyendo que si algo ayuda a entendernos más entre nosotros, vale la pena el intento.


*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires Argentina.
www.eduardopersico.blogspot.com

Y sin equivocarse de adversario...

OPINIÓN de Eduardo Pérsico, Argentina.-  

…y hoy algunos populistas de sindicato demuestran un poder económico jamás permitido antes.

La irrupción de Perón en la política argentina en 1945, conmovió las expresiones más conservadoras y también a las progresistas, según entonces socialistas y radicales de la línea irigoyenista más el Partido Laborista que sustentara el inicial peronismo. Tres líneas no muy opuestas ante la problemática entonces sobre educación pública y defensa del patrimonio nacional, dos perfiles recurridos por algunos en el discurso. Más otras diferencias emergerían tras el lanzamiento de Perón en Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945, quien con un discurso-arenga fijara un nuevo eje al debate conceptual y político del país. Con imprevisto efecto sobre la actividad en general, ‘incluido el asombro del mismo Perón’ diría Raúl Scalabrini Ortiz ante la futura imposibilidad de hacer política sin apreciar el hecho con seriedad. Tanto que no fue casual la disolución de Forja, la Fuerza Organizada Radical de la Joven Argentina integrada por intelectuales y cuadros políticos de reunirse a debatir la realidad nacional. El escenario era otro y cada expresión debía revisar su comprensión de la muchedumbre, un gesto rechazado y negado por el Poder y sus fabricantes de opinión. Grave error cuando ese avance guardaba en su resultado algo más sustantivo y evidente: ‘la liberación psicológica del obrero ante el patrón’. Una variante relacional con un peso inmedible para las patronales y más preocupante aún por parecer acordado desde arriba. Esa ‘liberación psicológica’ que se expresaría de inmediato en ‘patrón, usted no me grita’, -frase entonces de alta significación- y la no comprensión de la nueva instancia llevaría a muchos bien intencionados a equivocarse al calificar compañero, adversario o enemigo. Un efecto de esos años de cierta gravedad por unos pocos fundamentalistas de uniforme.

El nuevo paisaje cambió la relación obrero patronal, un ‘accidente sociológico’ que sacudiera los elencos radicales y socialistas que de ahí padecerían cierta dolencia emocional por no saberse incluidos en la hechura de un avance que alguno de ellos, indudablemente solían propugnar en su propio discurso. El nuevo escenario fue una certeza que socialistas y radicales desecharon sin reelaborar sus planteos a la reciente realidad, y a cambio ahondarían una oposición desencaminada al descalificar como chusma a los seguidores de aquel peronismo del ’45. Descalificando en esa pose desde el ‘aguinaldo’, -un sueldo anual complementario- por ser una maniobra electoralista y en igual postura controversial, desechar ‘por demagógicas’ las colonias veraniegas para ‘los recién venidos’, más otras leyes sancionadas en la muy activa legislación laboral. Dentro de la oposición hubo posturas casi de concepción medieval para ser sostenidas por socialistas y radicales con fines electorales, con jugadas no profesionales que los abatiría; al fin muchos prestigiosos se mostrarían según políticos molestos ante el espectáculo de laburantes-multitud vitoreando en la calle. Y esos deslices por errada interpretación histórica no serían exclusivos de los sectores duramente antiperonistas; también se dieron en las bibliotecas de barrio fecundas en entreveros constantes por comprender al menos, si esa era la movilidad social y quienes los beneficiados. Que al fin del relato demostraría que los peronistas no eran los enemigos sino compatriotas antes no contenidos en las discusiones. Otro notorio error en muchos opositores, - digamos los más feroces críticos- ni suponían que el mismo Sistema Económico cada tanto dispone el ingreso de más personajes a la escena, y esos nuevos participantes ya eran parte de su misma historia. Apenas eso. .

Luego y como expresión del no saber a veces quien integra los nuestros y quien el adversario, el peronismo inicial en Argentina y su enfática crecida populista originó un rechazo mayor pero similar a nuestros días del año 2014. En cuanto como ahora la mayor molestia recayó entre los sectores medios con vocación de alta clase; ese laberíntico segmento social que resiste el ascenso de los postergados en la escala por cierto inconsciente reflejo. Acaso por estimarse ellos como factor decisorio en otorgar la movilidad y el ingreso de nuevos participantes al sistema, más en cuanto ese crecimiento le resulta útil al tejido económico no es discutible. Sencillez que alguna clase media presiente en su contra y sin debatir, combate.

Esa actitud ejercida sobre los ‘recién llegados’ en 1945, siete décadas más tarde exhibe hoy ciertas contrariedades con la aparición de novedosos actores. Tal vez dentro del llamado ámbito sindical se exhiben novedosas estéticas y perfiles que tiempo atrás no serían propios a un dirigente que representa y gestiona, y no es al fin nada problemático. Pero quizá por la nueva dinámica contemporánea que exige algunos novedosos perfiles, - por decir- hoy se muestran en los medios de publicidad y comunicación; ambas cosas; algunos estilos y decires en delegados obreros que suelen confundir hacia donde apuntan. Al menos al no precisar con certeza si algunas de sus actitudes muy empresariales benefician a sus representados. En principio si casi toda la dirigencia sindical se titula heredera del peronismo, - esa memoria social de los argentinos- esa herencia pareciera a veces una carga en algunos sindicalistas o dirigentes al sugerir ellos un poderío económico jamás visto en quienes representan a los trabajadores. Quizá sería aceptable si esa contrariedad en un debate en serio resultara ser útil a la gestión sindical, y más provechoso aún si le evitara dudas a los mismos representados en quien los representa y a la ve< integra a sus adversarios o enemigos. 
 

*Eduardo Pérsico, escritor, Lanús, Buenos Aires, Argentina. www.eduardopersico.blogspot.com

Cuando la esposa de Perón nos visitara

CUENTO de Eduardo Pérsico

…y la señorita Dora luego nos diría que la señora Eva Perón era muy inteligente.

De cuando pibe recuerdo la llegada de Perón en el ’45 y que en 1948 Evita, su mujer, visitara mi barrio y también que ella muriera el sábado 26 de julio de 1952 a las veinte y veinticinco y esa noche no hubo música ni en las fiestas familiares. Provocando que más de uno protestara en el café y el ‘recontra republicano’ gallego nos rajara de su negocio ‘afuera manga de pendejos que esto es muy serio’. Así que todos lo entendimos bien calladitos y Julián ofreció ir a tomar mate a su casa porque los viejos no estaban, allá fuimos.

Al principio nos aburrimos de tanto repetirnos LRA Radio del Estado ‘ha muerto la señora María Eva Duarte de Perón, Jefa Espiritual de la Nación’, y entre nosotros alguno diría ‘se sabía, estaba muy enferma’. Además de hablar del asunto sin notarlo sin que ninguno supiera que al morir Evita un par de horas antes, las obreras de las textiles o las fosforeras de Avellaneda lloraban lágrimas en serio porque ‘la señora del Presidente las había hecho respetar’. Algo que horrorizaba a quienes la nombrarían ‘esa mujer’, ‘la puta esa’ o ‘la mujer del látigo’ y hasta celebrando en alguna pared ‘Viva el Cáncer’. Algo que nos ilustraría años más tarde para entender porqué contra esa mujer de treinta y tres años y casada con el presidente Perón, la ‘clase alta argentina’ depositara su odio más persistente hasta entonces...

Así que de manera imprevista en una noche de sábado, la música sacra resonaría junto a los dados por los rincones de un absoluto casino sin ajenidad ni diferencia entre peronistas y ‘contreras’. En tanto muchos pero muchos ya iban rumbo al velatorio otros jugaban por guita a lo que fuera y a medianoche pocos se preguntarían si Evita era más peronista que Perón o esas cuestiones, ya instalado el ‘gran escolaso en todo el país’ como se lo llamara.

También por 1948 yo completé el colegio primario y vi bien de cerca a la señora María Eva Duarte de Perón en el ya nombrado Club Ferroviario. Ese que fuera el exclusivo club del personal jerárquico del ferrocarril inglés en Escalada, donde por las tardes unas señoras de pollerita blanca porfiaban en embocar la bocha entre unos alambres y por la noche en ese mismo campo de juego, entrenaban los del rugby que nosotros no sabíamos cómo no se agarraban a piñas a cada rato. Y al nacionalizarse el ferrocarril fuimos a ese club vestidos de guardapolvo blanco los quinto y sexto grado de mujeres y de varones para ver a la señora Eva Duarte de Perón, que nos recordaría que ya los ferrocarriles eran nuestros y que ese lugar no sería más de los ingleses y se llamaría Club Ferroviario; además que ahí nosotros jugaríamos al fútbol. Era el mes de noviembre de 1948 y los alumnos más grandes de mi escuela estuvimos de pie frente a Evita; que la reimagino como luego supe que ella fuera. Delgada y de una piel transparente, sobre ese tablado un metro sobre nosotros y al otro día los grandes comentarían que el maestro del quinto varones y el portero Germán hablaron mucho de sus piernas. Y la señorita Dora, del sexto mujeres que la acompañara desde que llegara a Escalada nos diría que charlando con ella la señora Evita demostraba ser muy inteligente. Dos condiciones que más tarde yo calculé imperdonables para quienes la nombraban ‘la yegua esa’.

Al irnos luego de renombrar al Club que bien pronto alguien convirtiera en Club Ferroviario Presidente Perón, nos dieron un sánguche y al cruzar sobre unos tablones la avenida que estaban recontruyendo, una amiga de mi vieja me recordó ‘decile a tu mamá Angela que Evita usa unas medias de vidrio que valen un dineral’. Algo que no recuerdo si le informé a mi vieja pero sí que esa vez no hubo bombos ni cornetas y al irnos vimos a muchos hombres subir a un camión para ir a otro festejo. Ya de grande me preguntaría porqué todos esas personas tan sensibles a la liberación del obrero ante el patrón y de vivar a los gritos la nacionalización de la flota, los ferrocarriles y los aviones, fueron los anteriores de otras que luego actuaran tan diferentes. Digamos, ‘seguidores’ que años más tarde y en nombre de iguales símbolos con Evita incluída, por los años noventa festejaran vender los teléfonos, el petróleo y hasta los adoquines.


*Eduardo Pérsico, escritor,  nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
www.eduardopersico.blogspot.com


¿Un imprevisto hallazgo?

Cuento de Eduardo Pérsico.-

… y esa noche apagaron la tele para conversar.

- Es sencillo Carina, yo me mudaré con mi marido y vos podrías mudarte con mi vieja. Te ahorrarías pagar alquiler y las dos se harían compañía - dijo la hija de Laura. Y Carina aceptó diciendo ‘con tu mamá nos apreciamos mucho’ y a otra cosa.

En el inicio de vivir en la misma casa, - Laura, cuarenta y cinco y madre de Lucía a los veinte, y Carina cinco años menor y dos veces separada- se harian muy amigas al coincidir en gustos de comida o series de televisión. Y cuando la muchacha comentara que se veía muy gorda, Laura la tranquilizó.

- Estás regia pero igual yo me ocuparé de vos.

Y además de agitarse con estiramientos y flexiones cada tarde, las dos se habituaron a cerrar la gimnasia besándose en la mejilla. Un gesto que repetirían al pasar por cualquier causa.

Luego de transcurridas unas cuantas semanas y Carina debía ir al cumpleaños de un sobrino, Laura le recortó el cabello y prometió darle sus masajes ‘milagrosos’, así que al salir de la ducha la muchacha se bajó el toallón y la otra, inclinada sobre su cuerpo además de masajearla la besaría muy suave en la boca dos o tres veces. A eso Carina más bien pretendió actuar un gesto de sorpresa y por la noche, ya en el sillón de tomar el ritual vaso de vino blanco, apagaron la tele para conversar.

- Yo fui pupila en un colegio - dijo Carina y Laura reiteró aquello de haberse casado muy joven y que al morir su marido ella se sintió envejecer.

- Al fin, la ternura entre mujeres es algo natural- se dirían de paso y al demorar ambas la mirada más de lo usual, sellaron ese acuerdo en el que Laura volviera a besarla y las dos se aflojaran entregadas a caricias más tiernas y profundas. Y en esa misma escena, al descubrirse las dos en un espejo casi adheridas mirándose a los ojos y luego Laura buscara besarla vientre abajo, Carina musitó un ‘por favor, me estás enloquciendo’. Pero claro, ya los sentidos actuaban sin retorno y de lo demás quien sabe…

Acaso Carina con su éxtasis y Laura con su íntima inquietud recién lograda por primera vez, se desvelarían con tibieza hasta la madrugada en un feliz territorio que anhelaran recorrer acaso sin saberlo.

Julio Cortazar y un vistazo a lo popular

Por Eduardo Pérsico.-
 
…y me parece bueno decir que yo iba a esa milonga por los monstruos. 

La aproximación inicial al nombre de Julio Cortázar me llegaría al terminar el colegio primario en 1948 y yo ingresara como aprendiz al taller mecànico frente a su casa de la calle Rodriguez Peña y Alvear, en Banfield. El entonces tendría tendría más de treinta años y no creo que anduviera mucho por el barrio. Además, mi inquietud literaria llegaría más tarde por otros escritores, guiado por el inolvidable Raúl Larra con sus biografías sobre Lisandro de la Torre, ‘el solitario de Pinas’, y de Roberto Arlt, ‘el torturado’. Así empezamos y por ahí andaría la cosa… 

Unos cuantos años más tarde y cuando Julio Cortázar era ya figura de la vida literaria del ambiente, leería Las puertas del cielo, un cuento que transcurre en el popular bailongo Palermo Palace en 1942, y publicado en Bestiario por 1951. Y acepto que me molestara repensar esa veta ‘elitista’ del personaje narrador; un abogado de clase media que denominaría ‘monstruos’ a esos argentinos laburantes que frecuentaban aquella milonga barata. Personas con otro estilo y otras pautas al fin bastante iguales a mi entorno, donde antes de los veinte años curtiamos la diversión de ir a bailar cada fin de semana; acaso como una constante que sin más explicaciones que valieran la pena, fuera un recurso por mejorar la convivencia con los demás, quiérase o no. Así que discurriendo por esa certeza y a propósito del cuento Las puertas del cielo, tras su lectura y relectura acaso me condicionara en descubrir ciertos términos de ensañamiento con tipos y ambiente del mismo relato. Que hasta podrían ser estimados muy mal por cualquier lector, en cuanto la persistente adhesión a un encono primario y desmedido en contra de una escenografía con personajes incluídos, que más bien aquí denuncian la visión escasa y mezquina de un amplio entorno desconocido y casi ignorado por el autor. Donde caen en la volteada de esa impiadosa visión los frecuentadores de milongas de ‘medio fondo’ iguales a nosotros; ese Palermo Palace, que Julio Cortázar renombrara Santa Fe Palace, por extensión de visitantes habituales abarcaba desde La Enramada por ahí cerca de los bailongos de la costa de Quilmes, tan pintorescos. Sitios aquí descriptos o más bien imaginados con una visión poco amable y descalificadora de quienes así se divertían y ‘nos sentíamos vivir’. Según en este cuento él mismo Cortázar acepta de Mauro y Celina, dos personajes realzados sin duda por esa calidad narrativa habitual en él. Ese innegable escritor argentino que en este relato se desgasta en ‘asombros’ de un reciénvenido, más bien propios a la desdeñosa premura que suelen usar los ‘críticos comprometidos’ con cualquier asunto o escenografía no comprensible por ellos, y mucho menos en tanto resulte ajena a su entorno. Tal vez un pequeño detalle pero aquí muy certero. 

Y en este cuento que sabemos escrito en 1944 y sin apenas sugerencias del peronismo venidero, igual en el país se insinuaba cierta movilidad que más se pronunciaría de 1945 en adelante, perìodo donde tanto se modificara el entretejido social de los argentinos por factores sumados a la creciente migración provinciana hacia Buenos Aires. Esa instancia que entre otras muchas venían cambiando el crecimiento de la comunidad toda, y en cuanto para eso sobran las estadísticas demostrativas, quiéranse o no, semejantes certezas numéricas nunca deberían merecer el `desgano` del escritor Julio Cortazar en abundantes renglones de su cuento Las Puertas del cielo. Y veamos algunos: “Me parece bueno decir que yo iba a esa milonga por los monstruos, y no sé de otras donde se den tantos juntos. Bajan de regiones vagas de la ciudad… las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes…las mujeres con enormes peinados altos que las hacen más enanas…A ellos les da ahora por el pelo suelto y alto en el medio, jopos enormes y amaricados sin nada que ver con la cara brutal más abajo…Además está el olor, no se concibe a los monstruos sin ese olor a talco mojado contra la piel, a fruta pasada. Uno sospecha los lavajes presurosos, el trapo húmedo por la cara y los sobacos…También se oxigenan, las negras levantan mazorcas rígidas sobre la tierra espesa de la cara… De donde salen, què profesiones los disimulan de día, qué oscuras servidumbres los aislan y disfrazan. Los monstruos se enlazan con grave acatamiento. El polvo en la cara de todas ellas y una costra blancuzca detrás de las placas pardas trasluciendo”. 

Por supuesto esta transcripción es fiel pero no absoluta, así que resulta muy útil apreciar la premura descriptiva y casi ceñida a lo escenográfico que relata. Casi como si fuera habitual ese rictus de una intelectualidad en viaje de ida, tan habituada a denostrar ‘el malgusto popular’ como si ellos fueran los superadores de todo aquello que imponga hábitos y costumbres. Un feroz percance que suponemos, no mereciera la autoría narrativa del argentino Julio Cortázar; el mismo escritor luego reconocido además de su obra por sus frecuentes y elogiables actitudes personales. Y aunque esta visión que comentamos Cortázar también la tuviera. Pero bué…

Argentina y la confusión opositora


OPINIÓN de Eduardo Pérsico.- Con una inédita anticipación a las elecciones de recambio presidencial a realizarse en octubre del 2016, los opositores al gobierno de la presidente Cristina Kirchner profundizan por todos los medios de comunicación una ruptura del orden constitucional, al cuestionar sin mesura la validez del ejercicio desde aquí hasta su recambio, que debería darse dentro de dos años. Un planteo inédito de la oposición mediática a la cual se suman y enrolan - de modo políticamente temerario- todo aquel con aspiraciones a ser electo cuando sea y donde sea. Haciendo una lectura nada voluntarista de la verdadera instancia jurídica en la que transcurre la gobernalidad de los argentinos, absolutamente legítima actualmente, y en un país en el cual la posibilidad electoral de todo candidato habitualmente declina o aumenta en los finales de cada campaña por ciertos imprevistos que los medios de comunicación no logran disponer a voluntad, - según aconteciera con la elección presidencial que ganara Raúl Alfonsín y años más adelante con el casi imprevisto candidato y electo presidente, Néstor Kirchner- sobrarían los ejemplos donde los comunicadores del liberalismo económico más cerril y de mirada fija suelen perder de vista en sus anticipaciones electorales, como en otros avatares donde opinan sin rigor y según indican sus avisadores. Una falencia ya casi risible al exhibirse cada día más opositor a todo acto de gobierno, sumando a esa oposición los gestos y poses de sus empleados televisivos, que anticipan tremebundas novedades super revulsivas que al fin, en el terreno del análisis conceptual se les derrumba por ser meramente discursivas. Limitaciones más que evidentes al invitar panelistas que de tan temerarios proponen el recambio anticipado de mismo gobierno nacional que obtuviera válidamente esa designación. Además ratificada en las elecciones de medio término al mantener su mayoría parlamentaria de las Cámaras representativas.

Pero esta antiética tilinguería de lesionar el entramado social con imposturas desde canales de televisión y diarios afines, a cualquier ‘buena memoria’ la retrae a anteriores y viejas movidas hacia el descalabro nacional que aunque hoy sea ciertamente improbable, nos ilumina de la presencia constante de los mismos aciagos personajes, tradicionales muchos de ellos y otros recientes francotiradores emigrados o echados del mismo riñón político del gobierno actual. Por disidencias que se atribuyen a esa lucha constante dentro del peronismo como fuerza mayoritaria, que en esta instancia se exterioriza por el apresuramiento juvenil de dos o tres candidatos sin las horas de vuelo para encabezar la dirección de una política de masas. Aptitud dirigencial más que imprescindible si hablamos de peronismo en serio, y que en esta circunstancia exhibe en el escenario algunas inflexiones opositoras dentro de la misma fuerza apresuradas por algunos desplazados o desclasados de turno. Y que al preguntarse y saber, quienes reciben hoy ese desgajamiento nada aluvional de la fuerza principal que es el peronismo, no tienen un mínimo programa económico y político superador de la gestión actual de la presidenta Cristina Kirchner. En tanto detrás de eso y según los nombres que se vienen sumando a esa novedosa filiación; y al margen de los ubicuos tránsfugas partidarios de circunstancia; no se vislumbran muchas figuras convocantes además de los buenos augurios de familiares y amigos, ni personalidades con legajo propio digno de incidir seriamente sobre el accionar y destino electoral de los argentinos. Más aún si contabilizamos que todo reemplazo de la gestión política actual debe contar con un piso o espectativa electoral a nivel nacional que supere al menos la mitad de los votos emitidos. Que no son pocos si vale recordar que cualquier alquimia ideológica que válidamente puede ensayar la oposición, debe ofrecerle al virtual votante mucho más que las editoriales de los medios de comunicación adversarios del gobierno en la Argentina de hoy. Y en tanto la historia ejerce la fatalidad de sus reglas como una resonancia de la realidad, hoy a inicios del años 2014 el apremio por sustituir un gobierno legítimo que termina su gestión en menos de dos años, es una propuesta estéril y propia de gente muy pero muy adolescente. Pero bué...

Ni más ni menos un tal Borges

Cuento de Eduardo Pérsico.- "… yo, que por sentirme siempre un porteño sobrador y canchero, jamás me alejé de Buenos Aires".

Ni bien en cierta reunión celestial o endiablada y vaya uno a saber por donde, al reiterarse las contradicciones sobre la poesía significante y demás brujerías, el viejo Borges retomó su bastón y pidió salir a tomar un poco de aire.

- Un día la gente caminará hacia el sur… .

- … Pero no se orientará por las estrellas de los viejos navegantes – le bromeó un ayudante astral al tomarlo del brazo.

- O tal vez persigan otra constelación más incierta - insinuó a media sonrisa el viejo-. Y por favor, camine sin llevarme a remolque; quiero estirar las piernas y dejar de escuchar frases sobre muerte, penitencia y fatalidad del tiempo. Esos trebejos que aburren a cualquiera.

- Tal vez. ¿Le gustan los animales, Borges?

- No me desagradaban. Cierta vez me regalaron un gato llamado Peppo, un nombre horrible que yo renombré Beppo, como un personaje de Byron. Pero el gato ni se enteró y siguió viviendo. Murió y recién ahí aprendí a extrañar su pelaje….

Y por ahí vagaría la semejanza del gato Beppo con los tigres, otra recurrida alegoría del ‘más grande escritor argentino’, en tanto el mismo suponía que él, Borges, de haber nacido perro sería un abacanado cocker spaniel, propiedad de alguna dueña veterana que al cepillarlo cien veces csada tarde le prohibiera trompetear tachos de basura en la madrugada. Sí, Borges hubiera sido un soñador perro de living sin necesidades – y quizá como estando en vida, todavía sonriera por esa idea. .

- Fuera de los caballos, que me atraían pero nunca los traté de cerca, en mi vida pródiga en libros no abundaron los animales – insistió el viejo. Y hasta Beppo, aquel gato más ventajero que atorrante que se dejaba acariciar, al presentirlo dormido sobre el sillón me atraía por ese enigma que nos suponen los gatos.

- ¿Los recuerda como a ciertos compadritos y gente de acción? .

- No, es diferente. Yo admiraba a cierta gente de acción; Juan Muraña, Jacinto Chiclana y algún otro de fama; tan diferentes en valía a la sensación de arrancar una anguila del barrial mierdoso que fuera el Maldonado entre el griterío de los demás pibes. Aunque en mi memoria, nunca logré suplir esas ausencias con el trato de la palabra escrita…

- Muchos dicen ‘Borges se equivocó al ironizar demasiado la política de su país’…

- Cada escritor vale por lo que escribe y nada más; y en esa tarea yo jamás descalifiqué gauchos, compadritos, indios ni laburantes. Aunque en mi último tiempo me tentaron a exhibir cierta estupidez política como un juego; algo horrendo en quien por sentirme siempre un porteño sobrador y canchero jamás me alejé de Buenos Aires ni de su esencia. Esas turbias sonseras que pronuncié fueron opuestas a mi anhelo de rumbear al sur cuando quisiera; una pena.

Y sin que nadie ‘lo lleve a remolque’, según él pidiera por el arcano y oculto tal vez del ‘más allá’, ha de proseguir viaje ese viejo socio de nadie, criado tras una cancela colonial, ciego, piel transparente, inflexión inglesa al silabear ‘Borges quiere decir burgués’ y auténtico patrón de milongas y cuchilleros imaginarios o no, algo que resulta lo de menos… .

- Recuerdo una noche de invierno con unos amigos, buscando por varias calles de Barracas algún guapo de esos que reportaran los escritores- y esto nadie sabe si el viejo lo dijera o lo pensó. . .

¿Para usted lo popular fue una invención literaria?

- No tanto, pero esa vez de un frío impiadoso anduvimos con Bernárdez y Mastronardi sin hallar abierto ni un bodegón de esos que mencionan los tangos. Las rituales de esquinas con gente de reírse sin tomarse en serio, según esa manera de ser más inteligente, por entonces cerrarían muy temprano..

- ¿ Y no recuerda a un almacén con dos tipos en contrapunto y de provocarse hasta en la mirada? Uno era ‘El Inglesito’ que tenía su rostro, Borges; pero ahí usted lucía una seda al cuello y alpargatas de carrero cubriendo sus guarangos empeines. El mismo que hamacándose en el mástil de la guitarra; o del bastón, vaya usted a saber, anduvo desafiando ‘yo vine al sur porque estoy buscando un hombre y dicen que por acá sabe haber’. Y el otro cantor de flor montada en la oreja que afinaba desprolijo las seis cuerdas lo apuró, ‘no busqués roña Inglesito que te vas a arrepentir’.

- Esa idea me gusta, suena lindo – tal vez se dijera Borges.

- Entonces el que atendía el boliche desancló una faca y dando un cojonudo planazo en la mugrienta tabla de cortar fiambre, puso fin al contrapunto diciendo: ‘ Sí, de madrugada por aquí pasan al puerto unos estibadores muy guapos de verdad y hombres de trabajar aguantando el infortunio. Y ustedes dos, matones de carnaval, en mi casa están de sobra’ -los prepoteó el bolichero.

- Otra vez escuché el mismo relato y no me disgusta. Yo ahí soy el Borges que me hubiera gustado vivir y sentir; payador de provocar en los bodegones, emborracharse con ginebra gruesa y pelearse por alguna hembra como cualquier mortal. Esas y otras imaginaciones que mucho sufrí por no disfrutar de cuerpo entero.

-¿Y si volvemos al lugar inexplicable donde estamos, Borges?

- Estaría bien. Por más que esa gente insabora insista en saber porqué decidí morime en Suiza y privarlos de ser multitud en mi velorio, volvamos que este frío me jode mucho. 

Leopoldo Marechal, más que un escritor de amplio lenguaje


Por Eduardo Pérsico.-  "(…) porque Buenos Aires por su origen y sus frescos aluviones no es una sola ciudad, sino treinta ciudades subyacentes y distintas". L.M.

Leopoldo Marechal nació en el barrio de Almagro, Buenos Aires, en 1900 y moriría en 1970. En su inicio literario sería apreciado por sus escritos en la revista Proa y luego como director de Martìn Fierro, dos escenarios para la obra poética y narrativa de alguien con perfiles trabajosos de conciliar a veces por él mismo. Antes de cumplir treinta años, el poeta Marechal recibiría en 1929 el Premio Municipal de Poesía por ‘Odas para el hombre y la mujer’, un texto muy estimado luego entre la cofradía literaria porteña por su equilibrio entre clásico y novedoso. Luego en 1940 obtendría el Primer Premio Nacional de Poesía con sus obras ‘Sonetos a Sofía’ y ‘El Centauro’, menciones que lo distinguirían antes de emprender su obra narrativa en 1948. Cuando ya por entonces su obra poética lo hacía comparable con Jorge Luis Borges y ambos serían mejor considerados años más tarde. 
 
Durante su niñez todos los veranos viajaba a casa de sus familiares a Maipù, una localidad a trescientos kilómetros al sur de Buenos Aires, en donde los amigos y familiares del lugar lo llamarían ‘Buenosayres’, nombre que adoptara en su primera obra narrativa de largo aliento, ‘Adán Buenosayres’. Novela donde se aprecian sutiles incidencias narrativas de Roberto Arlt, -que Marechal nunca desmintiera frontalmente- y se publicara en 1948 sin conseguir vender ni la mitad de su escasa primera edición, Aunque dentro del ámbito literario local recibiera elogios muy entusiastas del poeta Rafael Squirru y del aún habitante de Buenos Aires, Julio Cortázar. En verdad, no pocos culparon de ese inicial fracaso a la concepción partidaria del autor, peronista de la primera hora tanto política como afectiva, según acontece con ciertas adhesiones duraderas en el entramado histórico y social de los argentinos. Sobre esa primera experiencia del peronismo el mismo ferviente católico Marechal trabajaría en el campo de la educación y la cultura, y él explicaría ‘al escribir Adán Buenosayres no entendía como salirme de la poesía. Y me pareció que la novela no podía ser otra cosa que el sucedáneo legítimo de la antigua epopeya de lo religioso y lo èpico’. Aunque en el mismo texto del ‘Adán’, él bien se entretuvo con varios personajes al ligarlos con personas reales de su amistad y bohemios de la vanguardia porteña. En el astrólogo Shultze se ven rasgos personales del artista Xul Solar, el filósofo Samuel Tesler sería Jacobo Fijman, un judío converso al catolicismo, y hasta el mismo Borges, antiguo amigo de Marechal pero alejados por el peronismo, es Luis Pereda, un poeta criollista y algo ciego. En tanto el nacionalista Raúl Scalabrini Ortiz sería el petiso Bernini y a Victoria Ocampo la ridiculizó como Titania en el Infierno de la Lujuria. Digamos crueldad pero de intelectuales… 

Después de viajar a Cuba en 1967, - donde fuera invitado como Jurado del Premio Casa de las Américas y hoy allà su obra es muy elogiada – tal vez buscando cierta afinidad entre le marxismo y el cristianismo a su retorno sorprendió con unos renglones imprevistos. ‘Recuerdo que una vez en cierto debate sobre el comunismo realizado en París, creo que Jacques Maritain definió al comunismo como una ‘versión materialista del Evangelio’. Pensé entonces que era preferible tener y practicar una versión matrialista del Evangelio que no tener ni practicar ninguna’.Texto en verdad reflexivo por la envergadura de su autor y que casi publica el semanario Primera Plana el 2 de mayo de 1967. Ya casi en máquina de impresión se levantaría ese texto por esas cosas que suelen acontecer… 
 
En su primera novela, ‘Adán Buenosayres’ se pueden pesquisar unos pocos lunfardismos pero decenas de términos habituales en el habla coloquial de los argentinos. Y ya en su segunda novela publicada en 1965, ‘El Banquete de Severo Arcángelo’. el crítico Tomás Eloy Martínez observaría que la clave cierta de esa novela era el lenguaje. ‘Ese territorio donde Marechal se revela como un maestro. Su idioma es el que puede oírse en cualquier esquina de Buenos Aires, está teñido de giros zumbones, de alguna invención lunfarda y del barullo y la calidez que crecen en las conversaciones cotidianas’. Una certeza elogiosa de que Leopoldo Marechal igual a su primera obra en prosa de largo aliento, señoreaba sobre su propio lenguaje. Algo tan lejano de los escribas que hoy instalan cinco puteadas en un renglón al sólo efecto de confundirse con lo popular. 

Es casi saludable apreciar que el Marechal del ‘Banquete’ apenas usara media docena de lunfardías; furca, berretín, apoliyar; y sabiendo que el lunfardo más que un léxico entre cazadores de palabras ‘al bardo’ es un aire y una atmósfera, nos autoriza a ciertos esguinces verbales siempre que por ahí respiren su comunicación los personajes. Según acontece al mechar terminos adversos según optara él en ‘Megafón y la Guerra’: ‘escuche jefe, si esta mufa sigue yo me abro del happening y vuelvo a la pizzería’. Habilitando más adelante ‘Flores, encajale un castañazo’ y que algún otro bramara por ahí: ‘¿Cuál es mi oficio? El de mantener a una runfla de vagos que apolillaban en sus catreras o aprendían a tocar bandoneones tan mártires como yo’. Pero en ‘Megafón y la Guerra’ publicado en 1970, Marechal merodea más que en lunfardías altisonantes en un tácito acuerdo con el lector, mostrando un clima delirante y de atorrantes varios donde un tal Frobenius interrumpe diciendo: ‘y yo haciendo uso de una metáfora porteña diré sólo que mi refutador tiene un corso a contramano en la pensadora’. O más adelante ‘este pobre náufrago quiere impresionar a la platea con un golpe de furca sentimental’, sumando por ahí una terminología coloquial y de entrecasa. Aunque en ‘Megafón’, su última novela, dispuso de algunos divertidos: ‘¿Y a usted qué se le frunce? –dice la vieja divertida’. ‘A mí no se me frunce nada – le gritó la otra’. 

El valor ético y estetico de Leopoldo Marechal ayudó a quitarle marginalidad al lunfardo y a ciertos ámbitos solemnes de la Argentina, en tanto él igual a Roberto Arlt frecuentaron palabras y estilos en su comunicación naturales a las voces de nuestro pueblo. Que en definitiva son aquellas que indican nuestra posible permanencia histórica en el planeta.

Roberto Arlt, su desprolijidad y el Lunfardo


Por Eduardo Pérsico.- El escritor Roberto Arlt, que viviera entre 1900 y 1943, inicialmente sería reconocido por el gran público por sus ‘Aguafuertes Porteñas’ que publicara durante años en el diario El Mundo de Buenos Aires,, desde la década del treinta hasta su muerte en 1943, aunque su trayectoria fuera ya considerada revulsiva y novedosa desde el años 1926 pot su primera novela ‘El Juguete Rabioso’ y más tarde ‘Los siete Locos’. Su obra más reconocida y polémica por su tratamiento narrativo desenfadado y considerado desprolijo entonces por la crítica aún teñida de prejuicio al tratamiento que Arlt instiuyera con sus ‘desprolijidades’. Que con frecuencia y al delinear una situación o personaje, derivaba en la misma parrafada de lo ficcional a lo ensayístico o lo periodístico a un cierre literario, sin previo aviso. Una ‘desprolijidad’ que sin vuelta y gracias a él, resultaría la modernización de la narrativa de los argentinos que sin rebuscamientos, de la producción de Arlt en adelante sería diferente. Y en las instancias históricas donde el Arlt escritor exhibe sus variados personajes suceden a fin de los años veinte en un contexto de fermentos sociales novedosos; incipiente nazismo, fascismo y otras sordas luchas de dominación nada desatendibles en nuestros pagos. Este escritor que naciera en el barrio de Flores, en Buenos Aires, perteneció a una familia donde se hablaba ‘y pensaba’ en alemán, y él recordaría que al menor desajuste de conducta su padre le decía ‘mañana te voy a castigar’, promesa de cargado sadismo que su padre siempre cumplía y luego incidencia que Arlt recrearía por 1926 en su primera novela ‘El juguete rabioso’ y luego rozaría como periodista en el diario El Mundo, donde editaría sus famosas ‘Aguafuertes Porteños’. Aquella masiva y recordable columna entre los lectores de mayor exigencia que también frecuentaban el ambiente teatral independiente de Buenos Aires, como lo era entonces el Teatro del Pueblo dirigido por Leónidas Barletta. Ambito pródigo en representaciones de corte literario que abordaban desde la alienación ciudadana a la humillación humana más escondida, que el mismo Arlt solía detallar con la reiteración o el desdoblamiento escénico en sus escritos. Y a pesar de algún fortuito fracaso en el circuito comercial, después de su muerte en 1942, dos de sus obras ‘Saverio el cruel’ y ‘Trescientos millones’, recibirían un redoblado reconocimiento no sólo del ambiente teatral sino de gran parte del ámbito cultural; y su autor Arlt pasaría a ser estimado ya no como un precursor del teatro social argentino, sino también y además según fuera el recordable comentarista de alguna moda posterior, como el ‘existencialismo’, por ejemplo. Y más bien por esas cosas que se creyeron apartadas de su respiración porteña en cada uno de sus renglones, no es temerario decir que Roberto Arlt en su extensa obra no representó la imagen triunfalista de lo ‘argentino’, que por décadas asumieran las figuras más nombradas de ‘nuestra la literatura nacional’, signadas por los atávicos suplementos literarios del día domingo en Argentina. Pero bué, son esas cosas…

Arlt y el Lunfardo. Por lo dicho y para bien valorar su calidad narrativa, -con frecuencia descalificada por escasa lectura- bastaría releer el copete de cualquier capítulo de ‘Los siete Locos’, donde en dos o tres líneas Arlt ubica situación, clima y personajes sin repetir una palabra. Y a esa aplicación natural de su condición periodística, a eso mismo él le sumaría certeza en cada descripción de sus tipos de Buenos Aires, con su manejo coloquial de las voces lunfardas que por bien asumirlas, sabía ubicabarlas con propiedad y sin el rebuscamiento de un reciénvenido. En cuanto para él como aconteciera con los en verdad serios conocedores, -con José Gobello al frente y toda la Academia Porteña del Lunfardo y ya lejos de ser el idioma del delito- el lunfardo dejaría de ser una caprichosa recolección de ‘términos-acertijos’, y ser en sí mismo además de un recurso, con la inflexión y clima propios al habla coloquial de los argentinos. Que usado con el sobre abundamiento habitual entre los ‘reciénvenidos’ al juego suele empobrecer todo con una frase…

Y este rumbo vale recordar el breve libro ‘El Informe de Brodie’ de Jorge Luis Borges, sorpresivamente publicado en 1970 y Arlt había muerto en 1943, y tardìamente ‘el gran contradictor’ sentenciaría que Roberto Arlt desconocía el ‘lunfardo’, - ‘ese código entre dos para que no se entere un tercero’- decimos nosotros. Y sin previo aviso y mucho tiempo antes, Arlt le había respondido a Borges sin nombrarlo con un texto muy extenso que abreviaremos: ‘Last Reason, Félix Lima, Fray Mocho y otros influyeron mucho más en nuestro idioma que todos los macaneos filológicos y gramaticales de esa pandilla polvorienta y malhumorada de los Académicos y ratones de biblioteca, que lo único que hacen es revolver archivos escribir memorias, que nadie se ocupa en leer porque tan aburridas son. Porque este fenómeno de la ‘lunfardía’ nos demuestra hasta la saciedad lo absurdo que es pretender enchalecar en una gramátca canónica las ideas siempre cambiantes y nuevas de los pueblos’. Eso ya justifica reproducir algunos de su textos: en ‘El juguete rabioso’ su primer libro, dice algunas frases: ‘rajemos, la cana. Es demasiado cerca y la yuta tiene olfato’. ‘Y me hice el que esperaba el bondi’. ‘Sabés, lo amurè al turco Salomón’. ‘Minga de alegrías, minga de fuestas; esto ya esgunfia’. Y por ahí alguien canta en un patio ‘tengo un bulín más shofica que da las once antes de hora, y que yo se lo alquilé para que afile ella sola’. Esto bien valdría para acallar no solamente a Borges, más en ‘Los siete locos’ Haffner, el rufián melancólico le dice a Erdosaín: ‘el mundo está lleno de turros y de infelices. Entonces me háre cafishio. Es una merza de ladrones, que le dicen su sus mujeres à tal fioca no debés saludarlo’ o ‘la yiranta desprecia a la jermu del prostíbulo’. Y el boticario Ergueta cuando Erdosain le pide dinero le contesta ‘¿Vos te crées que porque yo leo la Biblia soy un otario?’. Y este mismo personaje, Ergueta, en ‘Los lanzallamas’ despacha su sermón célebre y resonante: ‘¿Saben a qué vino Jesús a la tierra? A salvar a los turros, a los chorros, a los fiocas. El vino porque tuvo lástima de toda esa merza que perdía su alma entre copetín y copetín. ¿Saben ustedes quien era el profeta Pablo? Un tira, un perro, como los de Orden Social. Y yo les hablo en este idioma canero porque me gusta como chamuyan los pobres, los humildes, los que yugan. A Jesús también le daban lástima las reas. ¿Quién era Magdalena? Una yiranta, nada más. ¿Pero que importan las palabras, lo que interesa es el contenido, el alma triste de las palabras, reos’. Una categórica impresión que conlleva ademàs de la expresión de un personaje literario, una clara definición que el escriba impusiera en el texto sobre su propio lenguajes, y al fin lo resumiera sin alargamientos innecesarios, como frecuentes y tentadores.

Roberto Arlt por ser uno de los grandes sigue vigente según un infaltable referente de nuestra literatura. En verdad y acaso gracias a su `desprolijidad` él se convertiría en el gran modernizador de los hábitos narrativos y acaso el escritor de ficción más leído entre nosotros. Que por ahora, es apenas eso. (Dic, 1013).

Martín Fierro y gaucho Cruz según el Mingo Echeverri


Por Eduardo Pérsico.- "…y aquí me pongo a cantar con cualquiera que se ponga"

Como Periodista Especializado y Atemporal, yo el Mingo Echeverri acaso me despreocupé demasiado de la ‘intertextualidad y adyacencias’ de la impiadosa soledad pampeana, pero ya es tiempo de abordar el tema. En principio sabiendo que toda historia se interpreta mejor más allá de lo sucedido, en tanto siempre subayacen debajo los pápitos de cuánto no se contó y así, injustamente, se quedaron sin relato acciones de alguna batalla que la historia posterior estimara decisiva, los acallados insultos y entredichos de los personajes de cualquier novela exitosa y hasta por ejemplo, la calentura que debió bancarse el cochero en el libro de Flaubert, al transportar detrás suyo aquel novelero cuerpo a cuerpo entre su madame Bovary con el Rodolfo Boulanger. Y en esa misma frontera de literarias omisiones, cómo no imaginar el amasijo previo de Juan Moreira con su amante en el prostíbulo donde al rato nomás lo mataran por ‘gaucho vago y mal entretenido’; y qué injusticia nombrarlo así. Asimismo y sin desechar otros buenos ejemplos, imaginemos el quilombo mental que sufriría ‘Funes el memorioso’, - personaje del viejo Borges- si se olvidaban de darle la pastilla recordativa para devolver a su marote hasta el formato de un árbol hoja por hoja, según él sabía memorizar. Y por esa obligación de Periodista Especializado y Atemporal que detento, con seriedad y no como esos temerarios que hablan de literatura en el suplemento dominical ignorando hasta quién soy yo; el Mingo Echeverri; les ilustraré a propósito de ‘la intertextualidad y sus alrededores’ en un diálogo de Martín Fierro con el gaucho Cruz. Renglones que omitiera en su libro el mismísimo José Hernández, y ni siquiera insinuara lo ciertamente hablado en los anocheceres por esos dos aparceros de la soledad pampeana.

- Y sí, - en algún momento habrá dicho el gaucho Cruz- aquí el agua está a un metro abajo nomás; hay brotes de duraznillo blanco y ese dato es infalible. Pero hoy y de seguir hablando de la pampa argentina, me gustaría saber don Martín: ¿es usté freudiano o lacaniano?
- Según de ande sople el pampero, gaucho Cruz. ¿Pero diande sacó usté esa pregunta de la intimidá?
- Es que si debemos seguir otro siglo más en esta soledad, hay que rebuscar algún tema de conversación. ¿No le parece? – y la carcajada de esos dos gauchos sacudió parte del campo argentino… No tanto pero casi.
 - Tiene su razón paisano. ¿Se acuerda del Mingo Echeverri, ese pueblero que se las sabe todas? Bueno, anda diciendo que en cien años más o menos, en estos parajes se casarán mujer con mujer y varón con varón. Y mucho antes de esa perdición ya existirán dotoras, comisarias y hasta presidentas de tacos altos y pollerita corta que nos indicarán como hay que caminar, sentarse para comer y otras cosas difíciles de explicar sin usar malas palabras, que usté sabe. Y andan avisando que cuando menos lo esperemos se van a descargar con el matrimonio igualitario y otras indecencias. ¿Qué me dice? Matrimonio igualitario…
- ¿Y eso de igualitario qué quiere decir, don Cruz?
- ¿ Ni siquiera lo supone, don Martín? /Qúe flaca imaginación/ Mujer entre ellas, hombre contra hombre, yo tu él los otros las otras y ella…
- Yo les aviso desde ya a familiares y amigos, conmigo a eso ni lo sueñen - carcajeó el gaucho Martín Fierro y la siguieron con el gaucho Cruz yendo y viniendo con esa ‘brujería del matrimonio igualitario’.
- Bueno, eso llegaría ni bien empiecen a mandar las hembras. Y vea usté, gaucho matrero, si esa es manera de pensar una persona humana.
- Pero a eso le aconsejo que ni se oponga. Es un negocio redondo, gaucho Cruz. ¿Qué maldición de diablo mandinga ni cuento chino? Que ellas se hagan cargo de todo y nosotros a disfrutar. ¿Le parece poco? – y las risotadas de ambos paisanos se oyeron hasta en la pampa de al lado.