Otra información es posible

Cuando las rosas ocultan espinas

OPINIÓN de Esther Vivas.- Las rosas de Sant Jordi tienen muchas más espinas de lo que parece a simple vista. Incluso por más que se las quiten, allí siguen. Tal vez no las encontremos en sentido literal, pero el origen de estas flores y su largo viaje del campo a casa deja una profunda herida. Tras el ideal de amor y amistad que nos venden, esconden precariedad y abusos.

Niñas con pene y niños con vulva

OPINIÓN de Esther Vivas.- Apreciado lector, me gustaría plantearle un ejercicio. Imagínese usted que se siente hombre, que viste como tal, que en su documento de identidad figura que forma parte del género masculino, que de repente le dijeran que usted es una mujer, le obligaran a vestir como tal y en todos sus documentos oficiales figurara que pertenece al género femenino. ¿Qué haría? O al contrario, imagínese, apreciada lectora, que de repente le dicen que usted, que desde que nació se ha sentido mujer, está equivocada, que es en realidad un hombre y debe comportarse como tal. ¡Sería un sinvivir!

Ser sexi no es cosa de niñas

OPINIÓN de Esther Vivas.- ¿Se puede ser sexi con 5 años? Algunos creen que sí, e incluso lo encuentran gracioso y divertido. Sino quien compraría esos disfraces de Carnaval para niñas que recientemente han encendido las redes sociales: “enfermera sexi”, dice el embalaje, con la foto de una pequeña con tacones de aguja y pose sensual, o la versión de “bombera”, con idéntica publicidad. Ambos disfraces dirigidos a pequeñas de entre 4 y 6 años. No son un caso aislado.

¿Vivieron felices y comieron perdices?

OPINIÓN de Esther Vivas.- El amor ya no es amor, es puro marketing. O al menos eso parece si miramos el día de los enamorados por antonomasia: San Valentín. El amor se ha convertido en un objeto más de negocio. Los escaparates de tiendas y centros comerciales lo anuncian desde hace semanas y nos instan a demostrar nuestro afecto, eso sí pasando por caja. Un perfume, unos bombones, un peluche, unas flores o una joya, nos dicen, son la mejor manera de decir “te quiero”. Sin embargo, ¿desde cuándo el amor se mide por lo que compramos en vez de por lo que sentimos? Todo un síntoma de los tiempos que corren, donde se mercadea con los sentimientos.

‘Masterchef’ en casa

OPINIÓN de Esther Vivas.- Los talent show de cocina se han consolidado como un éxito de audiencia, especialmente ‘Masterchef’ que ya prepara su quinta edición y ‘Top Chef’ que empieza su cuarta temporada en Antena3. Los realities de cocina triunfan, pero ¿cuáles son las claves del éxito? ¿Han cambiado la manera de relacionarnos con la comida? ¿Nos enseñan a alimentarnos mejor?

Cuando las rebajas salen caras

OPINIÓN de Esther Vivas.- Las rebajas ya están aquí. Un 20, un 30 o hasta un 50% del precio de un producto nos podemos ahorrar comprando estos días. Los escaparates de las tiendas y de los grandes almacenes así lo indican con grandes carteles. ¿Quién puede resistirse? Sin embargo, comprar barato puede salir caro, especialmente si gastamos más de lo que necesitamos.

Princesas y superhéroes

OPINIÓN de Esther Vivas.- Cuando un niño dice que no quiere jugar con una muñeca porque “es cosa de niñas” tenemos un problema. Lo mismo sucede cuando a una niña se la mira mal porque le gusta jugar a fútbol. ¿Dónde queda la libertad para escoger lo que les gusta y lo que no? Las expectativas sociales y culturales asociadas a cada uno de los sexos acaba determinando demasiadas veces a qué juegan unos y otros, coartando las potencialidades de la criatura.

¿Carne artificial contra el hambre?

OPINIÓN de Esther Vivas.- La carne artificial está más cerca de ser comercializada. Así lo apuntan algunas de las compañías que compiten para sacar cuanto antes una hamburguesa, albóndiga o salchicha artificial elaborada íntegramente en un laboratorio, aislando células madre de vaca o de cerdo y desarrollándolas dentro de bioreactores, sin que medie animal alguno. Eso sí, al trozo de “carne” resultante, sin color ni sabor, hay que añadirle coloración, gusto y aroma.

Black Friday, ‘enganchados’ al consumo

OPINIÓN de Esther Vivas.- Por fin ha llegado el Black Friday. Hoy, tan pronto como podamos saldremos corriendo a un gran centro comercial, entraremos en un portal de compra on line o bien nos acercaremos a una avenida llenísima de tiendas para hacernos con alguna “ganga”. No podemos dejar pasar la oportunidad de comprar barato. Si la desaprovechamos es que somos tontos. O eso parece decirnos la publicidad, que desde hace días nos bombardea con la llegada del Black Friday.

Trump, en la Casa Blanca con un BigMac

OPINIÓN de Esther Vivas.- Si somos lo que comemos, la dieta de Donald Trump lo dice todo sobre el nuevo presidente de Estados Unidos. La comida rápida, el fast food –si puede ser de McDonalds o del Kentucky Fried Chicken, mejor–, a base de hamburguesas, patatas fritas, pizza y pollo crujiente, siempre con una buena dosis de kétchup, y una Coca-cola light para beber son algunos de sus platos preferidos. Éste es el modelo alimentario del nuevo inquilino a la Casa Blanca, un modelo que más que seguir, rechazamos.

En defensa de la teta

OPINIÓN de Esther Vivas.- Hablar de lactancia materna no es fácil. No lo es porque cuando una mujer da de mamar, no da el pecho o interrumpe la lactancia al cabo de poco tiempo siempre lo hace pensando en lo mejor para ella, para el bebé y para ambos. Nadie debería de juzgar, y menos desde cierta superioridad moral, una opción u otra.

¿Y si los alimentos nos dieran de comer?

OPINIÓN de Esther Vivas.- ¿Alimentos para llenar barrigas o contenedores de basura? He aquí la cuestión cuando miramos de cerca el modelo agroalimentario. Hoy, un tercio de los alimentos que se producen cada año en el mundo para consumo humano acaban desperdiciándose, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), al mismo tiempo una de cada siete personas en el planeta pasa hambre, según la misma institución. Entonces, ¿para qué sirve la comida?

Del oasis gallego y vasco

OPINIÓN de Esther Vivas.- Albert Núñez Feijóo e Iñigo Urkullu pueden estar tranquilos: sus respectivos, y particulares, oasis, el gallego y el vasco se mantienen en orden bajo su mandato. Feijóo ha conseguido mantener la mayoría absoluta obtenida ya en los dos últimos comicios, 2009 y 2012, e incluso ha ampliado un escaño y un moderado Urkullu ha consolidado su liderazgo revalidando la mayoría parlamentaria.

Cuando nos roban el parto

OPINIÓN de Esther Vivas.- ¿A cuántas mujeres les han robado el parto? Su capacidad de decidir en un momento tan importante de sus vidas. Nos han dicho que un parto hoy es un parto sin dolor y rápido, que no es necesario preocuparnos por nada, siempre y cuando lo dejemos todo en manos de los profesionales sanitarios. Así, nos cuentan, acabaremos con un bonito bebé entre los brazos. Sin embargo la realidad tras el paritorio no es tan sencilla ni dulce, o al menos no lo es para muchas mujeres.

A lo largo de las últimas décadas, el parto se ha industrializado y medicalizado, siendo tratado como una enfermedad. La lógica productivista y patriarcal dicta cómo las mujeres debemos parir, prescindiendo de nuestras necesidades y las de la criatura. La violencia obstétrica es una realidad en muchos paritorios aunque a menudo no es reconocida como tal, ni por los profesionales sanitarios, ni por la sociedad, ni por las mujeres víctimas de ella .

Normativizar la reproducción de la vida

Hablar de medicalización significa hablar de normativización de la enfermedad y la salud, del control de los cuerpos y de los intereses de quienes ejercen el poder. En el caso del embarazo y el parto, significa hablar del control de los cuerpos de las mujeres y de la normativización de la reproducción de la vida. Una medicalización que ha significado la pérdida de la capacidad de decidir de las mujeres en estos ámbitos. Una crítica que no significa el rechazo per se a cualquier intervención médica en un parto, sino a subordinarla a las necesidades reales de la mujer y a concebirla, si se tiene que dar, de forma respetuosa con ella y con el bebé.

El discurso hegemónico impuesto por el sistema sanitario en relación al parto se erige, como señala la antropóloga María Jesús Montes, sobre dos pilares discursivos: el del riesgo y el del dolor. A partir de estos, se ha construido la visión social que tenemos de dichos procesos vitales, supeditando a las mujeres.

El miedo a lo que pueda suceder, a ese famoso “por si acaso”, deja el proceso del embarazo y el parto en manos del equipo sanitario. Un miedo a partir del cual se sustenta la autoridad médica y que es utilizado sistemáticamente como amenaza sobre las embarazadas y parturientas para conseguir su sometimiento. “La incertidumbre del posible riesgo desestructura la seguridad cotidiana de la persona y la hace maleable a las manos del médico y el sistema de salud” asegura María Jesús Montes.

Así queda recogido en multitud de experiencias contadas por distintas mujeres. “Con una inducción en marcha, oxitocina a tope, con el miedo en el cuerpo porque había ‘que sacar al bebé de allí’ y ‘ya has roto aguas y corre peligro’. Y pese a mi resistencia, acabé cediendo y deseando que mi parto (tan soñado y deseado) acabara cuanto antes”, explica Victoria. Y añade: “Con una matrona y un médico que hablaban entre ellos de mi. No conmigo (como si fuera tonta). Después de horas de pujos, una maniobra de Kristeller que me dolió en lo más hondo de mi ser, y la frustración de no poder parir. Nació mi hija. Arrancada de mí con ventosa”.

Ya lo dicen: el miedo nos paraliza. Y esto es lo que les sucede a muchísimas mujeres ante situaciones de violencia obstétrica. Los autores del artículo“Sociología del parto. Conflictos asistenciales en el marco del ‘paradigma tecnocrático”’ José Manuel Hernández y Paloma Echevarría apuntan en esta misma dirección: “De los testimonios de las madres de esta investigación se deduce que el miedo al peligro ha inmovilizado, en parte, sus recursos y saberes, moldeando sus voluntades, por lo que se ponen en manos de los ‘expertos’ para someterse a un ritual iniciático que es justificado y vivido como lo deseable y ‘normal'”.

‘Con dolor parirás’

El dolor es el otro gran pilar sobre el que se sustenta el discurso hegemónico construido entorno al embrazo y, especialmente, al parto. Históricamente el dolor ha sido utilizado como instrumento de supeditación y control de la mujer. Sin embargo, cómo lo sentimos y lo interpretamos viene muy determinado por el período histórico y el contexto social.

En tiempos pasados, por ejemplo, en la cultura occidental católica, el dolor era el medio a través del cual la mujer podía expiar sus pecados y purificarse del embarazo. Se tenía, pues, que parir con dolor. La Biblia lo dejaba clarísimo. “A la mujer dijo: multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor parirás los hijos”, afirma ‘El Libro del Génesis’.

Con el avance hacia una sociedad más laica y los progresos médicos, el dolor al dar a luz empezó a ser considerado como innecesario. Si antes era la Iglesia Católica, en las sociedades occidentales, la que lo dotaba de contenido y decía cuanto dolor era socialmente aceptable; en la actualidad, es el sistema médico quien ocupa el lugar de esta institución y nos dice cómo y qué debemos sentir al parir. Mientras, se obvia que el dolor es una experiencia muy personal, que puede ser vivida de maneras distintas, y que no es igual para todas las mujeres.

Hoy, se impone el no sentir dolor. Y una vez más, la mujer difícilmente puede escoger. De este modo, cuando hay mujeres que en el hospital rechazan la anestesia epidural, les resulta muy difícil que su voluntad sea respetada, ya que en un parto hospitalario todo conduce a su administración. Lo cual, por cierto, no garantiza ni el no sentir dolor y aún menos elimina el sufrimiento. Alba Padró, experta en lactancia materna, explica la experiencia de su primer parto, mucho antes de dedicarse a asesorar a mujeres: “Le dije -a una ginecóloga de La Maternitat un mes antes del parto- que quería un parto natural y se río a mi cara, me dijo con buenas palabras que yo era una niña y que no sabía de qué hablaba, que mejor me callara y que la dejara trabajar”. Unos comentarios que hicieron a Padró descartar a la médico. Semanas más tarde, y ya en otro hospital y en pleno trabajo de parto, después de una atención altamente medicalizada, acabó, sin otra opción, por pedir la epidural. Así lo cuenta en su blog: “Estaba agotada. Le dije -a la comadrona. Le dije que quería la epidural y empezó a reír: ‘Lo ves! Lo ves como al final me la has pedido’. Dios, qué rabia sentí!”. Su caso no es una excepción, al contrario.

Hoy en día, la sociedad no considera admisible el dolor en ninguna circunstancia vital y su tratamiento responde a las relaciones jerárquicas inherentes a la medicalización de la vida. De este modo, al abordar la reducción del dolor en el parto medicalizado, se obvian los recursos que tiene la propia mujer para aliviarlo mientras se da al equipo médico un control total e incuestionable sobre el cuerpo femenino.

Asimismo, se asocia dolor a sufrimiento y angustia, cuando no es lo mismo. En el momento en que una mujer se prepara para un parto normal, sabe que ese dolor tiene una finalidad, parir, y sabe que va a desaparecer una vez la criatura nazca. Se dota de contenido ese dolor y esto lo hace más soportable. Sin embargo, en la atención al parto en los centros hospitalarios priman unas prácticas que subordinan a la mujer, que no tienen en cuenta sus demandas y donde las parturientas dependen de terceros para aliviar el dolor. Además, los protocolos médicos que obligan a la mujer a estar tumbada, que impiden su libertad de movimientos, la imposición de tactos múltiples realizados por distintas personas, etc., no solo aumentan el dolor sino que éste acaba convirtiéndose en un sufrimiento insoportable.

Las palabras de la fisioterapeuta Amanda Fabios al describir su primero parto medicalizado y el segundo normal retratan a la perfección la diferencia: “Mi primer parto fue muy medicalizado y totalmente protocolizado, tuve epidural, así que poco tiempo de dolor. Pero sí hubo sufrimiento durante el parto, porque al poco de ponerme la epidural, mi hija entró en bradicardia y todo pitaba y todo el mundo gritaba; me hice a la idea de que mi hija nacería con problemas neurológicos (…) Mi segundo parto fue natural, es decir, normal. Muy intenso, muy doloroso en momentos, pero ya está, doloroso. En ningún instante hubo sufrimiento. Recuerdo que durante el expulsivo que fue muy largo, entre contracciones decía: ‘¡Duele mucho, pero no os preocupéis, no estoy sufriendo!'”.

Obviamente, no se puede generalizar y existen profesionales que trabajan para mejorar la atención a las mujeres en el parto, sin embargo aún queda mucho trabajo por hacer, y muchos de los que no lo hacen actúan como resultado de una formación profesional machista y patriarcal. Ya va siendo hora que nuestros derechos como mujeres en el paritorio sean respetados. Y que cada mujer libremente pueda decidir dónde y cómo quiere parir.

De los Comunes y los independentistas

OPINIÓN de Esther Vivas.- Algunos independentistas se han sorprendido por la decisión de Barcelona en Comú y de Podem Catalunya de ir a la manifestación del 11 de septiembre. Y algunos incluso, parece, que la presencia de Ada Colau en la marcha les molesta. Curiosa la reacción de determinados sectores del independentismo catalán que todo lo que haga el mundo de los Comunes en relación al procés les parece mal: si van a la manifestación de la Diada, porqué van; y si no van, porqué no van. Entonces, ¿en qué quedamos?

¿Un McDonald's con estrella Michelin?

OPINIÓN de Esther Vivas.- McDonald's ya no sabe qué inventarse para combatir su mala imagen. La etiqueta de "comida basura" pesa como una losa en la reputación de la marca. Y a pesar de los múltiples intentos por reinventarse, ni que sea cambiándose el traje (en 2010 inauguró logotipo verde), parece que las estrategias de marketing no han sido suficientes para mejorar el perfil de la empresa.

La tríada agroecológica

OPINIÓN de Esther Vivas.- A menudo al hablar de los negativos impactos del modelo agroalimentario, nos preguntamos qué hacer. ¿Cómo actuar ante un agronegocio depredador que acaba con la biodiversidad y el campesinado? ¿Qué hacer frente a un sistema agrario adicto al petróleo y a los "alimentos viajeros"? ¿Qué alternativas tenemos cuando la comida nos enferma?

La teta es la leche

OPINIÓN de Esther Vivas.- Hablar de la teta es a menudo motivo de conflicto. Si las das, si no la das, si tienes leche, si dicen que no tienes. Tras el parto y una vez llegada la hora de la lactancia, la nueva mamá, sin muy bien saber cómo, se encuentra rodeada de un sinfín de expertos: que si la mamá de la mamá, que si la suegra, que si el cuñado, que si la amiga o el amigo. Todo el mundo sabe lo que es mejor para ella y el bebé. Y es aquí donde tenemos que plantarnos. Al fin y al cabo se trata de nosotras y de nuestro cuerpo. Aunque, a menudo, no es tan fácil en esos momentos.

Si bien hasta hace no tantos años, allá en la década de los 70 y 80, se impuso la “doctrina del biberón” y los pediatras lo recomendaban activamente diciendo que era “lo mejor”; en la actualidad, y por fortuna, las cosas han cambiado bastante. En las maternidades y hospitales se promueve la lactancia materna pero a veces, y como señalan varias mujeres, se hecha en falta una mayor preparación y sensibilidad del equipo sanitario, a la vez que el acompañamiento deja mucho que desear. Todo esto explicaría porque en el Estado español a los seis meses de edad solo el 28% de los bebés continúa tomando la teta en exclusiva, según datos del Instituto Nacional de Estadística, tal y como recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Algunas mamás que no quieren o tienen dificultades para dar de mamar, señalan que “hoy la teta es una imposición”. Personalmente, considero que nada más lejos de la realidad. Muchas mujeres que quieren dar el pecho encuentran serias dificultades para acceder a asesoramiento y apoyo cuando enfrentan las primeras dificultades, a la vez que existen muchos prejuicios que conducen a su abandono. Otras dirán que se las mira mal si sacan de sus bolsos un “bibe”. Si es así, he aquí un problema. Cada mujer ha de tener la opción de escoger. Y su opción, guste o no, debe ser respetada. Las decisiones personales tienen motivos diversos, nuestra mochila vital es única, y no somos nadie para juzgar la vida de los otros. La defensa de la lactancia materna no debe implicar un cuestionamiento de las mujeres que optaron por la lactancia artificial o que no tuvieron más opción que recurrir a ella. El respeto para todas las opciones es primordial.

No es lo mismo

Yo opté por dar la teta. La leche artificial es “un gran invento”, permite alimentar a los bebés cuando no hay lactancia materna posible o deseada. El problema, a mi entender, reside en la medida en que se equipara una leche con la otra, como ha sucedido a lo largo del siglo XX. Y eso cuando no nos han dicho que la de fórmula era incluso mejor que la de las madres. Tras el biberón, se esconde un gran negocio, el de las multinacionales del sector que no han dudado en utilizar al personal médico, el marketing y la publicidad para aumentar su tasa de beneficio, vendiéndonos como incuestionables las bondades de la lactancia artificial. Un negocio con impactos dramáticos en los países del Sur, donde su extensión de la mano de compañías farmacéuticas y distribuidoras, según la propia Organización Mundial de la Salud, ha contribuido al aumento de la mortalidad infantil, pero también con consecuencias aquí. Sin embargo, a pesar de lo que digan, la leche de formula y la materna ni de lejos son lo mismo.

La leche artificial aún y ser químicamente similar a la materna no contiene las propiedades inmunitarias de esta última. Se trata sólo de un alimento, como indica UNICEF, mientras que la leche materna “es un complejo fluido nutricional vivo que contiene anticuerpos, enzimas, ácidos grasos de cadena larga y hormonas, muchos de los cuales simplemente no pueden incorporarse en la fórmula”, por más que las compañías lo intenten, en aras del negocio. LaOrganización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO por sus siglas en inglés, apunta en la misma dirección: “Aunque las fórmulas infantiles pueden ser la mejor alternativa para la leche humana, no son lo mismo. Incluyen los nutrientes conocidos que el niño necesita, pero quizá no tiene los nutrientes que aún no han sido identificados; en este caso, no es posible saber qué le falta al niño que recibe biberón. En efecto, en algunos aspectos las fórmulas infantiles son tan distintas de la leche humana, que pueden ser no aptas y peor aún, peligrosas. Las leches manufacturadas no tienen las propiedades anti-infecciosas ni las células vivas que se encuentran en la leche humana”. Y concluye con un elemento que no es menor y es que “los productos manufacturados -además- son muy costosos”.

La leche materna, como indica Paola Negri, autora de ‘Todas las madres tienen leche’, es el único alimento completamente adecuado para el bebé: “Cuando hablamos de leche materna nos referimos a un tejido biológico no estructurado, similar a la sangre del cordón umbilical, algo muy diferente de un simple alimento. En este sentido, el seno materno juega un papel similar al de la placenta, porque es el órgano a través del cual el niño comunica al cuerpo materno aquello que necesita y lo recibe, ya sea comida, bebida, anticuerpos, hormonas, factores de crecimiento o inmunomoduladores”. Algo imposible de imitar por la industria. Además, hay que tener en cuenta que en los primeros meses de vida el intestino de la criatura solo está preparado para absorber correctamente leche materna, no otros productos ni siquiera la fórmula. De aquí, que ésta solo debería suministrarse cuando no queda otra opción, ya sea por necesidad o voluntad materna.

Otros inconvenientes de la leche artificial es que siempre tiene el mismo sabor y composición, mientras que la de la mujer incorpora los sabores de aquello que ella come, habituando al bebé a la dieta familiar. La leche materna cambia a lo largo del período de lactancia (del calostro inicial pasando por la leche de transición hasta la leche madura), en el transcurso de la jornada (con diferencias entre el día y la noche) y en una misma toma (con más o menos lactosa, azúcar, proteínas, vitaminas, minerales, agua y grasa), adecuándose a las necesidades del bebé (hambre, sueño, enfermedad, sed). Imposible encontrar un sustituto igual.

La leche artificial es además cara e incómoda, se tiene que comprar, preparar y administrar en un determinado tiempo, a la vez que para suministrarla hay que contar con varios accesorios, como biberones y tetinas, instrumentos que se tienen que adquirir, de fácil contaminación bacteriana y, hasta hace poco y aún algunos actualmente, elaborados con sustancias químicas como el Bisfenol A (BPA) y los ftalatos, con el consiguiente daño en la salud infantil. Además, se pueden dar errores en la preparación, produciendo una leche o bien demasiado diluida o excesivamente concentrada.

Y, ¿qué opinan los expertos?

Pero, ¿cuál es la opinión de los máximos expertos en la materia? Y no me refiero a catedráticos, doctores ni personal sanitario, sino aquellos que la consumen diariamente: los bebés. La realidad es que casi nadie pregunta a los más pequeños. A pesar de la gran cantidad de investigaciones científicas acerca de la lactancia materna, no hay prácticamente ninguna, como señala la médica Ibone Olza en su libro ‘Lactivista’, que recoja la opinión de los lactantes.

Uno de los pocos que aborda dicha cuestión es el estudio sobre lactancia prolongada, a cargo de la investigadora Karleen Gribble que realizó en 2007 con 114 niños de Australia. ¿Cuáles eran sus conclusiones? Las criaturas afirmaban que les gustaba o les encantaba la leche materna y se sentían contentas, satisfechas, acogidas, amadas o felices cuando mamaban. Asimismo, consideraban que su sabor era “tan bueno como el chocolate”, “mejor que el helado” o bien como las fresas, el azúcar, los polos, las naranjas o los plátanos. A todos, les encantaba la teta.

Sin embargo, ¿por qué no se pregunta más a las criaturas? Las causas las tenemos que buscar en la sociedad adultocéntrica en la que vivimos, que desdeña con frecuencia los intereses y las preferencias de las más pequeños, que a pesar de no poder expresar siempre verbalmente sus predilecciones, esto no quiere decir que no las tengan. Así el patriarcado se conjuga con otros sistemas de dominación hegemónicos, imponiendo una determinada visión única del mundo.

Salvar vidas

Sin querer ser alarmista, creo importante señalar los impactos de sustituir sin más la teta por el biberón. Hay veces que no hay otra elección, o que “el bibe” es la opción deseada. Pero, cuando la industria de la leche de fórmula apuesta por equiparar un modelo de lactancia con el otro, en busca del máximo beneficio empresarial, los efectos negativos para los bebés no se pueden obviar.

¿Qué riesgos afectan a un lactante que no es amamantado o que abandona la lactancia materna antes de tiempo? La Asociación Española de Pediatría enumera las siguientes contingencias: a corto plazo, el primer año de vida, hay más posibilidades de sufrir procesos infecciosos gastrointestinales, respiratorios y urinarios, aumentando, si estas infecciones son graves, hasta diez veces la probabilidad de hospitalización. También señala un mayor riesgo de mortalidad postneonatal y muerte súbita. A largo plazo, la alimentación con leche de fórmula aumenta el riesgo de padecer dermatitis atópica, alergia y asma en criaturas con antecedentes familiares, aumenta las posibilidades de padecer celiaquísmo, enfermedad inflamatoria intestinal, diabetes mellitus, esclerosis múltiple y cáncer en la edad adulta, en el caso de las niñas cáncer de mama.

Además, nos han insistido tanto en que el pequeño cuando más “rellenito” mejor, que esto ha conducido en algunas ocasiones a una sobrealimentación a través del “bibe”. Se deja de confiar en la capacidad del bebé para autoregularse, para confiar en cantidades anunciadas en etiquetas, en medidores que acaban teniendo a veces una capacidad mayor de la que indican o se llena el vaso presionando para que quepa la máxima cantidad, pensando que es lo mejor para la criatura. Hay varios estudios que así lo indican. Un informe del Instituto Nacional de Investigación para los Alimentos en Italia señalaba que los bebés, de 0 a 4 meses, alimentados exclusivamente con leche de fórmula podían estar ingiriendo una cantidad superior, de hasta el 24% más, de las calorías necesarias y recomendadas. Lo que puede fomentar la obesidad en niños y adultos. Otras investigaciones, como la realizada por un equipo estadounidense y publicada enThe Journal of Pediatrics, apuntaban a que los bebés alimentados con biberón más allá de los 12 meses tenían hasta un 30% más de posibilidades de padecer obesidad infantil.

Otro tema polémico es la presencia de transgénicos en la leche de fórmula. En 2011, el grupo de presión de los principales fabricantes y comercializadores de leche de fórmula en Australia y Nueva Zelanda, el Infant Nutrition Council, que incluye compañías como Nestlé, Nutricia (que pertenece al grupo Danone, con marcas como Almirón, Nidina, Nan y Milupa), Heinz y Fonterra, reconocieron que era imposible producir una leche artificial sin transgénicos y que la demanda de una leche de fórmula libre de Organismos Genéticamente Modificados (OGM) era “inviable y poco realista”. Unas declaraciones que se produjeron después de queGreenpeace denunciará la presencia de OGM en varios de sus productos. La pregunta está servida: con el biberón, ¿sabemos realmente qué les damos a nuestros hijos?

Dar la teta asimismo salva vidas. Lo dice la Organización Mundial de la Salud: “Si se empezase a amamantar a cada niño en la primera hora tras su nacimiento, dándole solo leche materna durante los primeros seis meses de vida y siguiendo dándole el pecho hasta los dos años, cada año se salvarían unas 800.000 vidas infantiles”. Otras organizaciones como UNICEF apuntan a que dicha práctica permitiría la supervivencia de hasta 1,5 millones de criaturas, y un mejor desarrollo para muchas otras. De aquí, que la OMS solo recomiende la toma de leche artificial como cuarta opción, por detrás en primer lugar de la leche materna succionada directamente del seno de la madre, en segundo lugar la leche de la mamá extraída y suministrada al bebé y en tercer puesto la leche de otra mujer. Si todas estas opciones no prosperan, únicamente entonces la OMS apuesta por la lactancia artificial. Un dato que a menudo se obvia.

Lactancia feminista y anticapitalista

Sin embargo la lactancia materna no solo es buena para los bebés, aunque a menudo no se explicite tanto, las mujeres también salen ganando. Lo cuenta laAsociación Española de Pediatría al señalar que dar de mamar reduce el riesgo de sufrir hemorragia postparto, fractura espinal y de cadera postmenopáusica, padecer cáncer de ovario o de útero, artritis reumatoide, enfermedadcardiovascular e hipertensión. Además, gracias a la liberación de oxitocina, conocida también como “la hormona del amor”, dar la teta produce agradables sensaciones que protegen de la depresión postparto, el estrés y la ansiedad, favoreciendo el vínculo materno-filial.

Un sinfín de beneficios que han llevado a la filósofa Ester Massó a reivindicar la lactancia materna como “reclamo y objetivo feminista”, al beneficiar a las mujeres en particular y a las culturas en general. Para Massó, la perspectiva feminista va más allá de lo que gana la mujer desde un punto de vista estrictamente orgánico, como apunta en su diálogo con la activista Maria Llopis, y que es reproducido en el libro de esta última ‘Maternidades subversivas’: “A parte de los argumentos fisiológicos, veo feminismo también en la reapropiación del propio cuerpo y sus funcionalidades, sus virtualidades”. Por contra, apunta al patriarcado como responsable de vincular, desde mediados del siglo XX, la teta con “las ataduras femeninas”, la esfera doméstica y “una concepción naturalizante y meramente reproductiva de la mujer”.

A parte de feminista, Massó define la teta como “anticapitalista”, en la medida en que se encuentra al margen del mercado: “Dar la teta es gratis, y por tanto un pecado capitalista que sitúa esta dinámica fuera de la esfera mercantil (y) monetarizada. Además, por ende, amamantar requiere tiempo de cuidado exclusivo (durante el cual la mujer no es productiva monetariamente de forma directa, visible) y ausencia de estrés, elementos todos ellos cuasi imposibles en la sociedad posindustrial y capitalista”. Massó defiende asimismo el carácter subversivo de amamantar: “La lactancia materna se plantea así como ejemplo de práctica revolucionaria de las relaciones sociales que se enfrentan a la lógica del capital, de la institucionalización de la educación y los afectos, de la división rígida entre lo público y lo privado-doméstico”.

La médico Ibone Olza, en su libro ‘Lactivista’, coincide en el análisis al afirmar que es el capitalismo quien sale ganando con las lactancias que terminan abruptamente. Así, considera que con el abandono prematuro de la lactancia materna son las empresas privadas las que sacan jugosos beneficios ya que se multiplica la demanda de leche artificial, de antibióticos y medicamentos “para muchas enfermedades cuyo riesgo aumenta con la lactancia artificial”.

Venimos de muy atrás

Alguien dirá que exageramos, que actualmente dar la teta es lo que se promueve en hospitales, centros médicos, etc. En realidad, y a pesar de los importantes avances en la difusión de la lactancia materna, son muchas las mujeres que se quejan de las dificultades con las que se encuentran al necesitar ayuda, apoyo o asesoramiento, desde recién paridas hasta ya pasados los primeros meses. Al escribir sobre lactancia, he recibido varios comentarios y mensajes en esta dirección: desde mujeres que expresan lo difícil que es iniciar la lactancia tras un parto altamente medicalizado, otras que se han encontrado con enfermeras que instan a dar el biberón “o sino la criatura perderá peso”, algunas que hablan de pediatras que enseguida recetan leche de fórmula como suplemento o aquellas que un día visitaron el médico porque estaban resfriadas y éste les dijo que aprovecharan para dejar de dar la teta. Lo que no quita que haya profesionales que apoyen activamente la lactancia materna.

Venimos de muy atrás. El discurso único sobre las bondades del biberón que se empezó a generalizar a partir de los años 30 y llegó a su máximo apogeo, en función del país, entre la década de los 60 y 80, con la introducción de la leche artificial cada vez a edades más tempranas, convirtió en casi residual la lactancia materna. En Estados Unidos, por ejemplo, en la década de los 70 solo el 25% de los bebés de una semana tomaban el pecho y únicamente el 14% de los que tenían entre dos y tres meses. En el Estado español, en el mismo período, en los 70, las madres que amamantaban más allá de los seis meses representaban un pobre 14% del total, y diez años más tarde, en los 80, la cifra solamente había remontado hasta el 19%.

Los cambios sociales en este período contribuyeron también, según los expertos, al abandono de la lactancia materna: el paso de una estructura familiar amplia, con presencia de mujeres de otras generaciones que podían apoyar en la práctica lactante, a una familia nuclear; la extensión del parto medicalizado, la falta de intimidad en habitaciones compartidas y la separación temprana de madre y bebé; y la incorporación progresiva de las mujeres al mundo laboral y la difícil conciliación con la crianza. El pediatra Carlos González lo deja así de claro en su libro ‘Comer, amar, mamar’: “Hace unos años, en España, dar el pecho todavía a los tres meses era raro, y darlo sin ayudas de biberón casi heroico”.

La dinámica empezó poco a poco a revertirse en algunos países industrializados, como Estados Unidos, a partir de la década de los 70 y en otros, como en el Estado español, en los 80. Pero, este incremento se limitaba a las mujeres que daban de mamar a bebés de menos de seis meses y a menudo con leche de fórmula como alimento complementario. Según algunos estudios, la mala imagen de la industria de la leche artificial y sus agresivas campañas para imponerse en los países del Sur podrían haber sido el motivo de dicha contra tendencia, aunque las mismas fuentes aseguran la dificultad por identificar estas causas. Otras investigaciones apuntan a la publicación de informes sobre los beneficios de la lactancia materna, su promoción pública, la divulgación por parte del personal sanitario y la ampliación del permiso de maternidad como otros factores.

Aun así, y según indica la OMS, en la actualidad y a nivel mundial solo un 36% de los lactantes menores de seis meses toman leche materna como alimentación exclusiva. En el Estado español, la cifra es incluso inferior: tan solo un 28% de los bebés toma únicamente el pecho hasta los seis meses, como aconseja la OMS. A pesar de estar en “remontada”, el daño ya está hecho.

La ‘receta’ del biberón

La generalización del biberón, incluyendo tomas pautadas y horarios fijos, fue acompañada a lo largo de los años 70 y 80, por una “receta” más amplia que comprendía que los bebés tenían que dormir solos, dejarlos llorar hasta que se cansaran, darles el chupete y cogerlos poco en brazos para que no se malacostumbraran. Obviamente, no todos aquellos que dieron el biberón optaron por este “programa”, pero sí que se trataba del “manual de instrucciones” de la época, aplicado a menudo también a aquellos bebés que tomaban la teta.

Una “receta” aliñada con una buena dosis de mitos acerca de la lactancia materna. Algunos de los cuales aún perduran hoy: que si “los pechos pequeños no tienen leche”, que si “tengo los pezones invertidos no será posible la lactancia”, que si “mi leche es acuosa y no alimenta”, que si “el bebé mama o llora mucho es porque se queda con hambre”, que si “el bebé no se acostumbra a una pauta horaria le dañaré el estómago” (esto se lo dijeron a mi madre!), que si “con el sacaleches me saco poca cantidad es que no tengo leche suficiente”, etcétera etcétera y etcétera. Un “mezcla” que ha resultado fatídica para menoscabar la confianza de las mujeres en su lactancia.

Ante tanto prejuicio, que no te engañen: mamá, no lo dudes (por tu salud, por su salud, por el cariño y el vínculo), la teta es la leche.


Adiós Pedro, adiós

OPINIÓN de Esther Vivas.- Pedro Sánchez no ha sido investido presidente del Gobierno, ni lo será. Ha quedado claro tras el primer debate de investidura. El acuerdo-oxímoron que planteó, “progresista” y con Ciudadanos, con mucho marketing, mucha rueda de prensa y mucha tele, no ha conseguido, como ya se sabía, los apoyos necesarios.

El negocio del biberón

OPINIÓN de Esther Vivas.- Nuestro cuerpo, como mujeres, está preparado para gestar un bebé, parirlo y alimentarlo. Lo que es una verdad irrefutable para la naturaleza, salvo algunas excepciones, es algo que el sistema patriarcal y capitalista se ha encargado y mucho de poner en duda. Demasiado poder en manos de las mujeres, excesivo amor, cuidado, cariño y ternura… y cero negocio.

De aquí que nos hayan hecho creer que no podemos. Así, no solo han convertido en objeto de lucro el alimentar a nuestros pequeños, a base de leche de fórmula, del que grandes empresas, farmacéuticas, distribuidoras e incluso psicólogos del sueño… sacan jugosos beneficio, sino que además nos han robado incontables horas de afecto, diciéndonos para más inri que era lo mejor para nosotras y nuestras criaturas. Y no digo que no se pueda dar el biberón con amor y cariño, al contrario muchas mujeres que por distintas circunstancias toman esta opción o no tienen otra alternativa así lo hacen. Sin embargo, me refiero a todas esas corrientes que durante largo tiempo, y aún hoy, han prescrito, con la correspondiente complicidad médica, una maternidad alejada del apego y la ternura y que además nos han robado nuestro derecho a dar la teta.

Mi madre, cuarenta años atrás, se resistió a ello. Me lo cuenta heroica: “Después del parto, el médico me preguntó si daría el biberón. Yo le dije que ‘no’, que quería dar el pecho. Sin embargo él insistió y me dijo que el biberón era lo mejor, que así la criatura -quien ahora escribe estas líneas- engordaría más, sería más bonita y hermosa. Me negué. Mis amigas en cambio daban el biberón. Era lo que tocaba en la época”. Así, a pesar de los pesares, mi madre nos dio el pecho a mi hermano y a mí hasta bien pasado el año. Yo se lo agradezco orgullosa.

Lactancia materna en cuestión

De hecho, el uso del biberón es una práctica muy reciente en la historia de la humanidad, que empezó a finales del siglo XIX. Hasta entonces, nunca la capacidad de las mujeres para dar de mamar había sido cuestionada. Los pequeños eran alimentados o bien por sus madres o bien por nodrizas, como ha sido el caso en varios períodos históricos. Si la mujer no podía o no quería, siempre había la opción de la llamada lactancia mercenaria, en la que otra madre daba el pecho a cambio de algún tipo de remuneración.

Ya en la Grecia clásica, las nodrizas eran muy comunes y a las mejores se les tenía gran respeto. En el Imperio Romano, la mayoría de las mujeres nobles recurrían a amas de cría para amamantar a sus hijos. En Europa, en los siglos XV y XVI, la lactancia mercenaria se extendió de tal modo, principalmente en Francia e Italia, que la mayoría de mujeres no solo daban el pecho a su criatura sino a otra dejada en cuidado. Sin embargo, lo que empezó siendo una práctica exclusiva de la aristocracia, a lo largo del siglo XVII se extendió a la burguesía, así las mujeres podían atender sus “obligaciones”, y en el XVIII alcanzó a las mujeres de las clases populares, que mediante el sistema de leche de pago podían ir a trabajar. Así lo explica el pediatra José María Paricio Talayero en su artículo ‘Aspectos históricos de la alimentación al seno materno‘: “En 1780, de 21 mil niños nacidos en París, 1.801 son amamantados por sus madres, 19 mil por una nodriza en el domicilio familiar, nourrice sur lieu, o en la inclusa y 199 en casa de una nodriza, generalmente en el campo”. En Francia, el sistema de amas de leche llegó a tales proporciones que fue el único en Europa que reglamentó oficialmente la lactancia mercenaria, con el objetivo tanto de proteger a las criaturas amamantadas como garantizar la remuneración de las nodrizas.

Hasta finales del siglo XIX, la lactancia por parte de las mujeres había sido la única fuente de alimentación y cuidado de los pequeños, pero a partir de entonces las cosas empezaron a cambiar en los países industrializados. La pérdida de la cultura del amamantamiento así como de la crianza natural se da en aquel momento y en estos países debido fundamentalmente, como señala Paricio Talayero, a tres factores. El primero, los avances científicos conseguidos en la modificación de la leche de vaca, convirtiéndola en apta y digerible para los bebés. Hasta entonces, la mortalidad de las criaturas alimentadas con leche distinta a la de mujer era muy alta, alrededor del 90% el primer año de vida. Segundo, los cambios en las sociedades industriales de los siglos XIX y XX, como la incorporación de la mujer al trabajo asalariado, la modernidad asociada a los avances científico-técnicos que dictaba que lo artificial era mejor que lo natural, las primeras corrientes feministas y los intereses económicos y empresariales. Tercero, la intervención de la clase médica en el parto y la crianza defendiendo la alimentación artificial y la llamada maternidad científica, impuesta por unos pocos expertos.

Conejillos de indias

Además, la leche de fórmula de hoy tiene muy poco que ver con la de finales del siglo XIX y principios del XX. De hecho, las regulaciones actuales impedirían el suministro de esa leche artificial. Lo que lleva a preguntarnos si no hemos sido, y aún somos, conejillos de indias en manos de la industria. Así lo han señalado varios autores al afirmar que la sustitución de leche materna por leche de fórmula es el mayor experimento al que ha sido sometida una especie animal, al cambiar la alimentación original de los recién nacidos por una leche modificada de una especie distinta. Por otro lado, y a pesar de las regulaciones existentes en materia de alimentación infantil, en la medida en que la leche de fórmula no es considerada un medicamento, esto da a las empresas mayor libertad para poner en el mercado unos productos que de otra manera serían sometidos a un mayor número de controles.

El origen de la leche artificial lo podemos situar entre los años 1865 y 1867, cuando el químico alemán Justus von Liebig desarrolló, patentó y comercializó un alimento infantil, primero en forma líquida y después en polvo, a base de harina de trigo, leche de vaca, harina de malta y bicarbonato de potasio. Su venta empujó a sus competidores, Mellin’s Food y Nestlé, entre otros, a sacar productos similares. A finales del siglo XIX, se calcula que había unas 27 marcas distintas que se presentaban en polvo y contenían carbohidratos como azúcares, almidones y dextrinas que tenían que añadirse a la leche. Se trataba de productos que engordaban, pero que carecían de los nutrientes necesarios como proteínas, vitaminas y minerales, los cuales se fueron añadiendo individualmente con el paso del tiempo. Algunos médicos empezaron entonces a proclamar las virtudes de la leche de fórmula, afirmando que era mejor que la de las nodrizas.

A principios del siglo XX, en Estados Unidos, la mayoría de los lactantes tomaban el pecho, aunque muchos recibían también algún tipo de leche artificial preparada en casa. Se calcula, según un estudio de los centros urbanos estadounidenses de entre 1912 y 1919, que al año de edad un 13% de los bebés eran amamantados en exclusiva y un 45% lo eran parcialmente. Hay una razón para creer que la alimentación en fórmula, a principios del siglo XX, era más exitosa en Europa que en Estados Unidos. En Europa, al menos en Alemania, la leche se hervía antes de preparar la fórmula, mientras que en Estados Unidos no, lo que implicaba mayores infecciones bacterianas asociadas a su uso.

A partir de los años 20 y 30, la leche de fórmula evaporada, también conocida como leche deshidratada, empezó a distribuirse ampliamente y a precios asequibles en los comercios estadounidenses, siendo promovida por varios de los principales pediatras de la época. Se trataba de una leche barata, fácil de almacenar a temperatura ambiente y libre de contaminación bacteriana hasta su apertura. Entre los años 30 y principios de los 40, la mayoría de los bebés estadounidenses alimentados con fórmula tomaban un preparado que mezclaba leche evaporada o leche de vaca fresca con agua y carbohidratos. La leche artificial, en paralelo al abandono de la lactancia materna en los países industrializados, siguió evolucionando a medida que los científicos profundizaron en el análisis de la leche de las mujeres, con el objetivo de conseguir una fórmula con una composición lo más parecida posible a la humana. Sin embargo, la leche artificial nada tiene que ver con la materna ni con los beneficios tan positivos para el desarrollo del bebé que conlleva esta última.

De 1930 a 1970, a lo largo de cuarenta años, muchos bebés tuvieron que decir “adiós a la teta” y no por falta de ganas sino por prescripción médica. La lactancia materna en este período en Estados Unidos se fue reduciendo, mientras la lactancia artificial se introducía cada vez a edades más tempranas. Si de 1931 a 1935, más del 70% de los bebés primogénitos eran amamantados, un porcentaje menor si era la segunda criatura, y a un 40% se les daba el pecho hasta los seis meses; entre los años 1946-1950, la lactancia materna inicial había caído hasta el 50% y solo el 20% eran amamantados hasta el medio año. De la década de los 50 a los 60, la lactancia materna continuó a la baja y en la década de los 70 solo el 25% de los bebés de una semana tomaban el pecho y únicamente el 14% de los que tenían entre dos y tres meses, según un análisis publicado en The Journal of Nutrition. Muchos pequeños por culpa de las “supuestas” bondades asociadas a la lactancia artificial que prescribía la medicina oficial acabaron pegados al biberón.

Mentiras y muertes

En la medida en que la tasa de natalidad en el Norte fue disminuyendo, a partir de la década de los 60, la industria de la lactancia artificial buscó nuevos mercados para seguir incrementando y asegurar su tasa de beneficios. Los países del Sur se convirtieron en el nuevo objetivo de dichas empresas, dispuestas a todo para ganar dinero. Las agresivas campañas de marketing y promoción de la lactancia artificial, repletas de mentiras y datos falsos, se convirtieron en la norma, con consecuencias dramáticas para las criaturas de estos países. La introducción, y consiguiente generalización, del uso de la leche de fórmula en un continente como África, en palabras de la Organización Mundial de la Salud, provocó un aumentó de la mortalidad infantil, debido a las pocas garantías higiénicas y de potabilidad del agua con las que se preparaban los biberones.

Un drama que dio lugar a una de la campañas de boicot más relevantes a nivel internacional: la que tuvo lugar contra Nestlé en 1977, la empresa número uno del sector. Los antecedentes de esta campaña se remontan a principios de los años 70, cuando The New Internationalist, en 1973, con el reportaje The baby food tragedy y después la ONG War on Want, en 1974, con la investigación The baby killer encendieron las luces de alarma sobre las malas prácticas de la multinacional. Su agresiva publicidad en los países periféricos instaba a las madres a abandonar la lactancia materna en favor de la artificial, asegurándoles que era lo mejor para las criaturas. Mentiras de las que Nestlé sacaba jugosos rendimientos económicos.

Asimismo, y como señalaba el informe de War on Want, la empresa no solo utilizaba publicidad engañosa para conseguir sus objetivos sino que incluso contrataba a jóvenes a las que vestía con uniforme de enfermeras para que recorrieran los vecindarios “asesorando” sobre las virtudes de la leche de fórmula y regalando muestras, por solo citar algunas de sus artimañas. ¿Con qué consecuencias? La investigación The baby killer lo dejaba claro: “Los bebés del Tercer Mundo están muriendo porque sus madres los alimentan con biberones al estilo occidental. Muchos de los que no mueren son arrastrados a un círculo vicioso de malnutrición y enfermedad que les dejará secuelas físicas e intelectuales de por vida”. Unas políticas que contaron con la complicidad de la mayor parte del sector sanitario, como recuerda la Organización de las Naciones para la Alimentación y la Agricultura, la FAO: “Casi todos los médicos y trabajadores de la salud en países del Norte y del Sur ni siquiera apoyaban la creciente presión del público para detener las actividades promocionales de las compañías; lo peor consistió en que los médicos se pusieron al lado de los fabricantes”.

A pesar de los obstáculos, el impacto a escala global del boicot fue muy importante y empujó a la Organización Mundial de la Salud en 1981 a elaborar un Código Internacional para la Comercialización de Sucedáneos de la Leche Materna, el cual Nestlé se vio forzada a ratificar. Pero, sus malas prácticas continúan a día de hoy, por lo que la asociación Baby Milk Action sigue con la campaña de boicot. Nestlé sin embargo no es la única, Danone, la número dos del sector, fue acusada en 2013 de sobornar a médicos y a enfermeras en Chinapara que recomendasen su leche en polvo y, el mismo año, en Turquía porpublicidad engañosa, al insinuar a las madres que no tendrían suficiente leche para sus criaturas y sugerirles utilizar la leche de fórmula de la empresa.

Aún y las denuncias, multinacionales como Nestlé o Danone siguen insistiendo, campaña publicitaria tras campaña publicitaria, que su leche es mejor que la materna. Los efectos en los países del Sur son especialmente trágicos. Así lo asegura UNICEF, cuando sentencia que la leche artificial “es cara y conlleva riesgos de enfermedades adicionales y la muerte”, especialmente en aquellas latitudes con altos niveles de dolencias infecciosas y con deficiente acceso al agua potable. En dichos países, sin embargo, la percepción social es otra y a menudo se asocia el biberón a una mejor alimentación porque, a decir de la calle, es “como hacen en Europa”. Por otro lado, si una mamá deja de dar el pecho, su producción de leche disminuirá, encontrándose, si esto sucede, con la única opción de administrar leche artificial al bebé que, eso sí, tendrá que pagar y comprar.

Amistades peligrosas

Las malas prácticas en Europa tampoco son una excepción. En 2014, en Italia,doce pediatras fueron arrestados por aceptar sobornos de los fabricantes de leche artificial a cambio de promover el uso del biberón en lugar de la lactancia materna. Según informes policiales, se trata de un método “común y extendido” en el que los médicos “prescriben la leche de fórmula para los recién nacidos a cambio de recompensas en forma de lujosos regalos y estancias vacacionales”. Un atentado contra los derechos de la infancia. No es un incidente aislado. Tanto en Europa como en Norte América, se han denunciado las “amistades peligrosas” entre la industria de la leche artificial y un sector sanitario (hospitales, clínicas, consultorios médicos…) que promociona o distribuye muestras gratuitas de estas empresas.

En definitiva, el negocio del biberón está servido. Y aunque la promoción de la lactancia materna es la norma hoy aquí en los centros hospitalarios donde la mayoría de mujeres pare, el acompañamiento deja mucho que desear. Solo es necesario mirar las cifras. Las del Instituto Nacional de Estadística no dejan lugar a dudas. A las seis semanas, y a pesar del fomento en hospitales de la lactancia materna, solo el 66% de los bebés toma el pecho en exclusiva. A los seis meses, como recomienda la Organización Mundial de la Salud, la cifra descienda a un 28%. Si lo comparamos con aquellos bebés que a los seis meses toman como único alimento la leche artificial, el número sube hasta el 53%. Lo que significa enormes beneficios para la industria de la leche de fórmula. Mucho trabajo es el que aún queda por hacer.

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