Por Jorge Majfud
Entr茅 a la facultad de Arquitectura de Uruguay en 1988 porque pensaba que nadie pod铆a vivir de la literatura. Adem谩s, en mi infancia y adolescencia hab铆a sido un “pintor y matem谩tico” con ciertas facilidades renacentistas. Hice un a帽o paralelo en la Escuela de Bellas Artes pero no gan茅 mucho all铆 y abandon茅. Me pasaba que cada vez que oficializaba una inquietud creativa la mataba. De joven era fan谩tico de Leonardo da Vinci y quer铆a quedarme viviendo en ese mundo de mi taller solitario de Tacuaremb贸, rodeado de las esculturas de mi madre, de mis pinturas al oleo, de las f贸rmulas matem谩ticas del liceo.
Hice una buena primaria y una p茅sima secundaria. Como en Tacuaremb贸 no hab铆a m谩s que Quinto cient铆fico, tuve que ir a Montevideo a hacer Sexto de arquitectura.
Mi padre me meti贸 en el Liceo Elbio Fern谩ndez, temeroso de que la capital era un hervidero de drogas y desorden. El Elbio ten铆a fama, era una de las secundarias de la clase alta uruguaya. Todos o casi todos dominaban ingl茅s, menos yo, y con alguna frecuencia se burlaban del hijo del carpintero que ven铆a del campo. “¿Ibas a caballo a tus clases?”, me preguntaban.
Ese a帽o, 1987, en el Elbio, pas茅 de ser un mal estudiante a ser uno de los pocos de la clase que pudo salvar los ex谩menes para entrar a la universidad. Hasta la mitad de a帽o ten铆a todas las materias bajas, perdidas. Me la pasaba leyendo a Sartre, S谩bato, Austin, Einstein, Onetti, Mahfouz, Quiroga, Freud, Jung, Cort谩zar y una entra帽able mezcla ca贸tica de autores en los bares de la Ciudad Vieja. En Canelones y Ciudadela hab铆a uno donde la cocinera era una gallega llamada Lourdes; trabajaba como una bestia y cocinaba como los dioses, todos platos muy simples y econ贸micos, con esos olores que volv铆 a encontrar a帽os despu茅s en Galicia y Asturias.
Algo pas贸 cuando ingres茅 a la universidad. En las clases duras, como las de matem谩tica, mis compa帽eros se quejaban por unanimidad. “Qu茅 enredo, no entiendo nada”, “no agarro ni las del piso”, se dec铆an. Una clase tras la otra, lo mismo. En esa 茅poca, no s茅 ahora, lo normal era perder los ex谩menes. Yo me dec铆a a m铆 mismo “no s茅 qu茅 pasa, pero entiendo todo”. Desde chico recuerdo que ten铆a “saltos” y “ca铆das”. Un d铆a, de repente, me sorprend铆a entendiendo todo con extrema facilidad lo que por mucho tiempo me pareci贸 dif铆cil.
La facultad me result贸 muy f谩cil, aunque reconozco que tampoco hice grandes m茅ritos para lucirme en los proyectos o para sacar buenas notas.
La vez que pas茅 peor, creo, fue cuando me gast茅 un dinero en dos libros de m谩s y pas茅 cinco d铆as sin comer. Como no com铆a tampoco dorm铆a y como no com铆a ni dorm铆a me olvidaba de afeitarme. Cuando llegaba a las clases, uno de mis mejores amigos, Maxi Meil谩n, me dec铆a: “Che, Maf煤, parec茅s un mendigo. As铆, zaparrastroso, nunca vas a vender las rifas para el viaje”.
Y ten铆a raz贸n. Deb铆a vender diez n煤meros por d铆a y no consegu铆a vender ni uno. Un d铆a empez贸 a llover y me met铆 en el hall de un edificio. El portero me ech贸 de all铆, as铆 que sal铆 a caminar en la lluvia, resignado. Mientras me empapaba me dec铆a, “no importa; en Par铆s me reir茅 de este mal d铆a”.
Con el paso de los d铆as aprend铆 algunas estrategias para vender n煤meros de loter铆a. Siempre fui p茅simo haciendo negocios, pero aprend铆 r谩pido y logr茅 vender en los comercios de Montevideo hasta quince n煤meros por d铆a. M谩s de un a帽o despu茅s, cuando subimos a la torre Eiffel con un grupo de compa帽eros de la facultad, comenz贸 a llover y bajamos corriendo. Una muy buena compa帽era de viaje me dec铆a enojada, mientras nos empap谩bamos, “¿se puede saber qu茅 tiene de gracioso? Nos estamos empapando y vos te re铆s como un demente”.
M谩s de la mitad del tiempo de aquellos a帽os de facultad lo dedicaba a leer y a escribir cosas que no ten铆an nada que ver con la carrera. Mi padre, siempre discreto, no preguntaba mucho. “M’hijito, usted sabe lo que hace”, me dec铆a cuando volv铆a a mi casa de Tacuaremb贸 sin muchas noticias de progreso en mis estudios.
Liquid茅 todas las materias en 1992, menos dos. Dej茅 el apartamento que alquilaba a medias con una familia y me fui a la casa de mi padre, en Tacuaremb贸, desde donde segu铆 preparando el Proyecto final (la tesis) y el Practicantado. Todo 1995 fue el a帽o del viaje, el a帽o en que le dimos la vuelta al mundo. 脡ramos j贸venes, compart铆amos los sue帽os de un grupo de rom谩nticos que se hab铆an lanzado al mundo, casi sin compromisos de ning煤n tipo.
Practicantado se hizo absurdamente larga porque los profesores consegu铆an trabajo en otras partes y renunciaban (as铆 vi la triste c谩rcel de Punta Carretas transformarse en un alegre mall, entre otros travestismos sociales y urbanos). Primero pensaba graduarme en 1994, luego a principios de 1995. Pero tuve que irme al viaje, al famoso “Viaje de arquitectura, G-88”. Me qued贸 la tercer y 煤ltima prueba de Practicantado pendiente para mi regreso, a principios de 1996.
Cuando me recib铆 no se lo dije a nadie. No fue por desd茅n; estaba absorto con mi primera novela que mal reescrib铆 m谩s de diez o quince veces en una maquina antigua a la que ten铆a que colgar una botella con agua del lado izquierdo del carril porque no ten铆a dinero para comprar el resorte que mov铆a el carril de una letra hacia la otra.
Salv茅 la 煤ltima prueba en una obra del puerto de Montevideo y me fui a la casa de mi abuelo en Colonia. El viejo hab铆a perdido a la abuela pocos a帽os antes y yo lo visitaba casi todos los meses. El mayor regalo que me daba cada vez eran sus historias viejas. Todav铆a conservo algunas grabaciones en cassetts de cinta que sobrevivieron a decenas de mudanzas. Cuando me preguntaba para qu茅 quer铆a tantas grabaciones yo le dec铆a que eso era todo lo que iba a heredar de 茅l, una fortuna invaluable. Y as铆 fue, eso fue todo, y todav铆a conservo algo de esa fortuna, aparte de un oc茅ano insondable de recuerdos por donde buceo de vez en cuando para descubrir alg煤n nuevo secreto.
Por entonces, yo ten铆a unas pocas obras en construcci贸n pero ten铆a a煤n menos gastos. Viv铆a como un Gandhi, con poco y muchos libros.
Con todo, me recib铆 muy temprano. Por entonces el promedio eran 13 a帽os. Cuando le digo a mis estudiantes en Estados Unidos que algunas carreras universitarias en Uruguay llevaban m谩s de diez a帽os, que hab铆a ex谩menes de matem谩tica o de estabilidad que duraban nueve horas, que ten铆amos clases los s谩bados y a veces ex谩menes los domingos (sobre todo los de sociolog铆a y econom铆a), les cuesta creerlo. En realidad algo andaba mal. Demasiado de todo para un mercado laboral que no necesitaba ni el 20 por ciento de todo aquel esfuerzo. Para conseguir un trabajo en aquella 茅poca se necesitaban “otras habilidades”.
Pero en fin, sin duda las universidades en las que he estado me han dejado siempre buenos recuerdos. Siempre agradecido.
Entr茅 a la facultad de Arquitectura de Uruguay en 1988 porque pensaba que nadie pod铆a vivir de la literatura. Adem谩s, en mi infancia y adolescencia hab铆a sido un “pintor y matem谩tico” con ciertas facilidades renacentistas. Hice un a帽o paralelo en la Escuela de Bellas Artes pero no gan茅 mucho all铆 y abandon茅. Me pasaba que cada vez que oficializaba una inquietud creativa la mataba. De joven era fan谩tico de Leonardo da Vinci y quer铆a quedarme viviendo en ese mundo de mi taller solitario de Tacuaremb贸, rodeado de las esculturas de mi madre, de mis pinturas al oleo, de las f贸rmulas matem谩ticas del liceo.
Hice una buena primaria y una p茅sima secundaria. Como en Tacuaremb贸 no hab铆a m谩s que Quinto cient铆fico, tuve que ir a Montevideo a hacer Sexto de arquitectura.
Mi padre me meti贸 en el Liceo Elbio Fern谩ndez, temeroso de que la capital era un hervidero de drogas y desorden. El Elbio ten铆a fama, era una de las secundarias de la clase alta uruguaya. Todos o casi todos dominaban ingl茅s, menos yo, y con alguna frecuencia se burlaban del hijo del carpintero que ven铆a del campo. “¿Ibas a caballo a tus clases?”, me preguntaban.
Ese a帽o, 1987, en el Elbio, pas茅 de ser un mal estudiante a ser uno de los pocos de la clase que pudo salvar los ex谩menes para entrar a la universidad. Hasta la mitad de a帽o ten铆a todas las materias bajas, perdidas. Me la pasaba leyendo a Sartre, S谩bato, Austin, Einstein, Onetti, Mahfouz, Quiroga, Freud, Jung, Cort谩zar y una entra帽able mezcla ca贸tica de autores en los bares de la Ciudad Vieja. En Canelones y Ciudadela hab铆a uno donde la cocinera era una gallega llamada Lourdes; trabajaba como una bestia y cocinaba como los dioses, todos platos muy simples y econ贸micos, con esos olores que volv铆 a encontrar a帽os despu茅s en Galicia y Asturias.
Algo pas贸 cuando ingres茅 a la universidad. En las clases duras, como las de matem谩tica, mis compa帽eros se quejaban por unanimidad. “Qu茅 enredo, no entiendo nada”, “no agarro ni las del piso”, se dec铆an. Una clase tras la otra, lo mismo. En esa 茅poca, no s茅 ahora, lo normal era perder los ex谩menes. Yo me dec铆a a m铆 mismo “no s茅 qu茅 pasa, pero entiendo todo”. Desde chico recuerdo que ten铆a “saltos” y “ca铆das”. Un d铆a, de repente, me sorprend铆a entendiendo todo con extrema facilidad lo que por mucho tiempo me pareci贸 dif铆cil.
La facultad me result贸 muy f谩cil, aunque reconozco que tampoco hice grandes m茅ritos para lucirme en los proyectos o para sacar buenas notas.
La vez que pas茅 peor, creo, fue cuando me gast茅 un dinero en dos libros de m谩s y pas茅 cinco d铆as sin comer. Como no com铆a tampoco dorm铆a y como no com铆a ni dorm铆a me olvidaba de afeitarme. Cuando llegaba a las clases, uno de mis mejores amigos, Maxi Meil谩n, me dec铆a: “Che, Maf煤, parec茅s un mendigo. As铆, zaparrastroso, nunca vas a vender las rifas para el viaje”.
Y ten铆a raz贸n. Deb铆a vender diez n煤meros por d铆a y no consegu铆a vender ni uno. Un d铆a empez贸 a llover y me met铆 en el hall de un edificio. El portero me ech贸 de all铆, as铆 que sal铆 a caminar en la lluvia, resignado. Mientras me empapaba me dec铆a, “no importa; en Par铆s me reir茅 de este mal d铆a”.
Con el paso de los d铆as aprend铆 algunas estrategias para vender n煤meros de loter铆a. Siempre fui p茅simo haciendo negocios, pero aprend铆 r谩pido y logr茅 vender en los comercios de Montevideo hasta quince n煤meros por d铆a. M谩s de un a帽o despu茅s, cuando subimos a la torre Eiffel con un grupo de compa帽eros de la facultad, comenz贸 a llover y bajamos corriendo. Una muy buena compa帽era de viaje me dec铆a enojada, mientras nos empap谩bamos, “¿se puede saber qu茅 tiene de gracioso? Nos estamos empapando y vos te re铆s como un demente”.
M谩s de la mitad del tiempo de aquellos a帽os de facultad lo dedicaba a leer y a escribir cosas que no ten铆an nada que ver con la carrera. Mi padre, siempre discreto, no preguntaba mucho. “M’hijito, usted sabe lo que hace”, me dec铆a cuando volv铆a a mi casa de Tacuaremb贸 sin muchas noticias de progreso en mis estudios.
Liquid茅 todas las materias en 1992, menos dos. Dej茅 el apartamento que alquilaba a medias con una familia y me fui a la casa de mi padre, en Tacuaremb贸, desde donde segu铆 preparando el Proyecto final (la tesis) y el Practicantado. Todo 1995 fue el a帽o del viaje, el a帽o en que le dimos la vuelta al mundo. 脡ramos j贸venes, compart铆amos los sue帽os de un grupo de rom谩nticos que se hab铆an lanzado al mundo, casi sin compromisos de ning煤n tipo.
Practicantado se hizo absurdamente larga porque los profesores consegu铆an trabajo en otras partes y renunciaban (as铆 vi la triste c谩rcel de Punta Carretas transformarse en un alegre mall, entre otros travestismos sociales y urbanos). Primero pensaba graduarme en 1994, luego a principios de 1995. Pero tuve que irme al viaje, al famoso “Viaje de arquitectura, G-88”. Me qued贸 la tercer y 煤ltima prueba de Practicantado pendiente para mi regreso, a principios de 1996.
Cuando me recib铆 no se lo dije a nadie. No fue por desd茅n; estaba absorto con mi primera novela que mal reescrib铆 m谩s de diez o quince veces en una maquina antigua a la que ten铆a que colgar una botella con agua del lado izquierdo del carril porque no ten铆a dinero para comprar el resorte que mov铆a el carril de una letra hacia la otra.
Salv茅 la 煤ltima prueba en una obra del puerto de Montevideo y me fui a la casa de mi abuelo en Colonia. El viejo hab铆a perdido a la abuela pocos a帽os antes y yo lo visitaba casi todos los meses. El mayor regalo que me daba cada vez eran sus historias viejas. Todav铆a conservo algunas grabaciones en cassetts de cinta que sobrevivieron a decenas de mudanzas. Cuando me preguntaba para qu茅 quer铆a tantas grabaciones yo le dec铆a que eso era todo lo que iba a heredar de 茅l, una fortuna invaluable. Y as铆 fue, eso fue todo, y todav铆a conservo algo de esa fortuna, aparte de un oc茅ano insondable de recuerdos por donde buceo de vez en cuando para descubrir alg煤n nuevo secreto.
Por entonces, yo ten铆a unas pocas obras en construcci贸n pero ten铆a a煤n menos gastos. Viv铆a como un Gandhi, con poco y muchos libros.
Con todo, me recib铆 muy temprano. Por entonces el promedio eran 13 a帽os. Cuando le digo a mis estudiantes en Estados Unidos que algunas carreras universitarias en Uruguay llevaban m谩s de diez a帽os, que hab铆a ex谩menes de matem谩tica o de estabilidad que duraban nueve horas, que ten铆amos clases los s谩bados y a veces ex谩menes los domingos (sobre todo los de sociolog铆a y econom铆a), les cuesta creerlo. En realidad algo andaba mal. Demasiado de todo para un mercado laboral que no necesitaba ni el 20 por ciento de todo aquel esfuerzo. Para conseguir un trabajo en aquella 茅poca se necesitaban “otras habilidades”.
Pero en fin, sin duda las universidades en las que he estado me han dejado siempre buenos recuerdos. Siempre agradecido.
