OPINI脫N de Jorge Majfud.- De c贸mo el “mundo rico” duerme sobre los despojos del pasado
Comencemos por un lugar com煤n que todav铆a no pudimos refutar: el dinero no lo puede comprar todo. Es, por este axioma, por lo cual quienes tienen mucho de eso detestan tanto todo aquello que no se puede comprar. Como la dignidad, por poner s贸lo un ejemplo.
Ahora dejemos de lado a los due帽os del mundo y veamos qu茅 ocurre con el resto. Quienes ven m谩s gente por debajo que por encima y que, por alguna raz贸n profunda, sienten una comez贸n en la conciencia, necesitan comprar tambi茅n confort moral y se compran cien paquetes de “todo lo que tengo, lo tengo gracias al esfuerzo propio”, “si no soy m谩s exitoso es porque los holgazanes me roban a trav茅s del Estado”, “si no fuera por nosotros, el pa铆s se hundir铆a en la miseria”. Etc茅tera.
Es verdad que hay gente sacrificada y hay holgazanes de primera, pero esos son factores de la ecuaci贸n, no la ecuaci贸n completa. Pongamos un ejemplo obvio que es invisible o inexistente en los grandes debates mundiales. Mientras uno duerme en un pa铆s parad贸jicamente llamado desarrollado (como si el desarrollo fuese un estado terminal descrito por un pasado participio) el oro que se apila por toneladas en los grandes bancos no duerme. Trabaja, nunca para, y trabaja billones de veces m谩s que cualquier orgulloso empresario desclasado, de esos que hasta en Cochabamba ahora se llaman entrepreneurs. Una buena parte de ese oro fue literalmente robado de varios pa铆ses latinoamericanos y africanos, por varios siglos. S贸lo en las primeras d茅cadas de la Conquista americana, m谩s de 180 toneladas de oro y 16.000 toneladas de plata se embarcaron de M茅xico, Per煤 y Bolivia hacia Europa. Los registros de impuestos de Sevilla no dejan lugar a muchas discusiones. Para no seguir con el guano, el cobre, el caf茅, las bananas del resto del continente; los diamantes, el oro y lo m谩s valioso de las entra帽as de 脕frica. Para no seguir con las riquezas que siglos de colonialismo n贸rdico arrebat贸 de diferentes continentes del sur con sangre de millones que quedaron en el camino de este negocio ultra lucrativo que defini贸 la jerarqu铆a del mundo. Lo 煤nico que los imperios dejaron en esos continentes fue miseria y una profunda cultura de la corrupci贸n, asentada en el despojo legitimado y en la ausencia de justicia ante el racismo y la brutalidad, f铆sica y moral, de los poderes locales contra los de abajo, de los mestizos que, al golpear a un indio en Bolivia, en Guatemala, o a un negro en Brasil, en el Congo, se sent铆an (y se sienten) blancos arios.
M谩s all谩 de sus m茅ritos propios en otras 谩reas, Europa y Estados Unidos no se hicieron solos. Se hicieron gracias al trillonario despojo del resto del mundo. Nada de ese “desarrollo” logrado en los siglos previos se evapor贸. Ni un gramo de esas toneladas de oro y plata se evapor贸. Ni la verg眉enza se evapor贸, porque nunca existi贸 o s贸lo castig贸 a los mejores europeos, a los estadounidenses m谩s valientes, que terminaron demonizados por las serviles narrativas sociales.
Cada tanto aparece alguna queja displicente de los desarrollados del mundo o de sus orgullosos bufones sobre las quejas de los pobres acerca del pasado y del presente. “Los pobres no salen de su pobreza porque no se hacen responsables de su presente”. Hasta dos generaciones atr谩s se explicaba todo por la “inferioridad de las razas” (Theodore Roosevelt, Howard Taft, Adolf Hitler y millones de otros) y ahora se prefiere arrojar, como una bomba de racimo, bellezas como “la enfermedad de sus culturas” y “la corrupci贸n de sus gobiernos”.
Es una verdad existencial que uno debe hacerse cargo de su propia vida sin descargar en otros los fracasos propios. Uno debe jugar con las cartas que le tocaron. Pero tambi茅n es una simplificaci贸n criminal cuando aplicamos esta misma l贸gica del individuo a los pueblos y a la historia, como si cada pa铆s se hiciera de cero cada vez que nacemos. Los individuos no heredan los pecados de sus padres, pero heredan sus ideas y todos sus bienes, a煤n cuando fueron logrados de forma inmoral o ileg铆tima.
Gracias a ese orden, el mundo tuvo como monedas globales el peso espa帽ol, la libra inglesa y el d贸lar estadounidense. Gracias a tener una divisa global y dominante, no s贸lo fue posible instalar cientos de bases militares alrededor del mundo para hacer buenos negocios, sino que desde hace d茅cadas basta con imprimir d贸lares sin aumentar el dep贸sito de oro de las reservas nacionales. Si cualquier pa铆s menor imprime papel moneda, autom谩ticamente destruye su econom铆a con hiperinflaci贸n. Si Estados Unidos, Europa y ahora tambi茅n China hacen lo mismo, simplemente crear谩n valor como quien recoge agua un d铆a de lluvia, succionando ese valor de los millones de dep贸sitos de millones de ahorros de millones de trabajadores alrededor del mundo. (Hace un tiempo, en un debate de una universidad, un economista me dijo que esta idea no tiene sentido, pero no fue capaz de articular una explicaci贸n).
Creer que s贸lo existe el pecado, la responsabilidad y los m茅ritos individuales es el mayor mito (producto de la ideolog铆a protestante) de los 煤ltimos siglos que mantiene un sistema de explotaci贸n global. Cuando un pobre diablo (me incluyo) trabaja siete d铆as a la semana, tiende a creer (quiere creer) que todo lo que ha logrado es s贸lo por m茅rito propio. De igual forma, cuando un pobre diablo trabaja siete d铆as a la semana en un pa铆s pobre de Am茅rica Latina o de 脕frica, lo vemos con condescendencia por no ser tan inteligentes y meritorios como los otros (nos-otros). Pero el oro acumulado en los bancos por siglos, las riquezas robadas con las mismas manos de sus v铆ctimas, los privilegios arbitrarios debido a un orden que hace las cosas posibles para unos e imposibles para otros, contin煤a trabajando para los inocentes herederos de siglos pasados.
Como esta es una verdad enterrada, no s贸lo por la propaganda del poder sino por la mala conciencia de los de abajo, unos deciden perpetuar este orden de cosas comprando confort moral, justific谩ndose con cien unidades de “yo lo merezco; quienes lo cuestionan son inadaptados, demonios que merecen la c谩rcel o la muerte”. Entonces, se transforman en soldados dial茅cticos disparando argumentos llenos de bilis a quienes incomodan ese confort moral. Las municiones m谩s baratas son: “si no est谩s de acuerdo con el sistema, no votes”, “si no est谩s de acuerdo con este pa铆s, vete a otro”, “si no est谩s de acuerdo con que existan pobres, dona tu casa a los pobres”, “si no est谩s de acuerdo con nosotros, arruinate y vete a vivir debajo de un puente”, “si crees que los inmigrantes pobres merecen ser tratados como seres humanos, lleva a dos o tres a dormir en el cuarto de tu hija” y toda esa bater铆a mediocre pero efectiva. Efectiva, precisamente porque es mediocre; no por su calidad McDonalds es el restaurante m谩s popular del mundo.
Otros prefieren decir lo que piensan, aunque lo que piensan no convenga a sus intereses ni a su confort moral. Por el contrario, s贸lo les trae m谩s problemas.
Pero de ellos es eso que no se puede comprar con dinero.
JM, diciembre 2019
Comencemos por un lugar com煤n que todav铆a no pudimos refutar: el dinero no lo puede comprar todo. Es, por este axioma, por lo cual quienes tienen mucho de eso detestan tanto todo aquello que no se puede comprar. Como la dignidad, por poner s贸lo un ejemplo.
Ahora dejemos de lado a los due帽os del mundo y veamos qu茅 ocurre con el resto. Quienes ven m谩s gente por debajo que por encima y que, por alguna raz贸n profunda, sienten una comez贸n en la conciencia, necesitan comprar tambi茅n confort moral y se compran cien paquetes de “todo lo que tengo, lo tengo gracias al esfuerzo propio”, “si no soy m谩s exitoso es porque los holgazanes me roban a trav茅s del Estado”, “si no fuera por nosotros, el pa铆s se hundir铆a en la miseria”. Etc茅tera.
Es verdad que hay gente sacrificada y hay holgazanes de primera, pero esos son factores de la ecuaci贸n, no la ecuaci贸n completa. Pongamos un ejemplo obvio que es invisible o inexistente en los grandes debates mundiales. Mientras uno duerme en un pa铆s parad贸jicamente llamado desarrollado (como si el desarrollo fuese un estado terminal descrito por un pasado participio) el oro que se apila por toneladas en los grandes bancos no duerme. Trabaja, nunca para, y trabaja billones de veces m谩s que cualquier orgulloso empresario desclasado, de esos que hasta en Cochabamba ahora se llaman entrepreneurs. Una buena parte de ese oro fue literalmente robado de varios pa铆ses latinoamericanos y africanos, por varios siglos. S贸lo en las primeras d茅cadas de la Conquista americana, m谩s de 180 toneladas de oro y 16.000 toneladas de plata se embarcaron de M茅xico, Per煤 y Bolivia hacia Europa. Los registros de impuestos de Sevilla no dejan lugar a muchas discusiones. Para no seguir con el guano, el cobre, el caf茅, las bananas del resto del continente; los diamantes, el oro y lo m谩s valioso de las entra帽as de 脕frica. Para no seguir con las riquezas que siglos de colonialismo n贸rdico arrebat贸 de diferentes continentes del sur con sangre de millones que quedaron en el camino de este negocio ultra lucrativo que defini贸 la jerarqu铆a del mundo. Lo 煤nico que los imperios dejaron en esos continentes fue miseria y una profunda cultura de la corrupci贸n, asentada en el despojo legitimado y en la ausencia de justicia ante el racismo y la brutalidad, f铆sica y moral, de los poderes locales contra los de abajo, de los mestizos que, al golpear a un indio en Bolivia, en Guatemala, o a un negro en Brasil, en el Congo, se sent铆an (y se sienten) blancos arios.
M谩s all谩 de sus m茅ritos propios en otras 谩reas, Europa y Estados Unidos no se hicieron solos. Se hicieron gracias al trillonario despojo del resto del mundo. Nada de ese “desarrollo” logrado en los siglos previos se evapor贸. Ni un gramo de esas toneladas de oro y plata se evapor贸. Ni la verg眉enza se evapor贸, porque nunca existi贸 o s贸lo castig贸 a los mejores europeos, a los estadounidenses m谩s valientes, que terminaron demonizados por las serviles narrativas sociales.
Cada tanto aparece alguna queja displicente de los desarrollados del mundo o de sus orgullosos bufones sobre las quejas de los pobres acerca del pasado y del presente. “Los pobres no salen de su pobreza porque no se hacen responsables de su presente”. Hasta dos generaciones atr谩s se explicaba todo por la “inferioridad de las razas” (Theodore Roosevelt, Howard Taft, Adolf Hitler y millones de otros) y ahora se prefiere arrojar, como una bomba de racimo, bellezas como “la enfermedad de sus culturas” y “la corrupci贸n de sus gobiernos”.
Es una verdad existencial que uno debe hacerse cargo de su propia vida sin descargar en otros los fracasos propios. Uno debe jugar con las cartas que le tocaron. Pero tambi茅n es una simplificaci贸n criminal cuando aplicamos esta misma l贸gica del individuo a los pueblos y a la historia, como si cada pa铆s se hiciera de cero cada vez que nacemos. Los individuos no heredan los pecados de sus padres, pero heredan sus ideas y todos sus bienes, a煤n cuando fueron logrados de forma inmoral o ileg铆tima.
Gracias a ese orden, el mundo tuvo como monedas globales el peso espa帽ol, la libra inglesa y el d贸lar estadounidense. Gracias a tener una divisa global y dominante, no s贸lo fue posible instalar cientos de bases militares alrededor del mundo para hacer buenos negocios, sino que desde hace d茅cadas basta con imprimir d贸lares sin aumentar el dep贸sito de oro de las reservas nacionales. Si cualquier pa铆s menor imprime papel moneda, autom谩ticamente destruye su econom铆a con hiperinflaci贸n. Si Estados Unidos, Europa y ahora tambi茅n China hacen lo mismo, simplemente crear谩n valor como quien recoge agua un d铆a de lluvia, succionando ese valor de los millones de dep贸sitos de millones de ahorros de millones de trabajadores alrededor del mundo. (Hace un tiempo, en un debate de una universidad, un economista me dijo que esta idea no tiene sentido, pero no fue capaz de articular una explicaci贸n).
Creer que s贸lo existe el pecado, la responsabilidad y los m茅ritos individuales es el mayor mito (producto de la ideolog铆a protestante) de los 煤ltimos siglos que mantiene un sistema de explotaci贸n global. Cuando un pobre diablo (me incluyo) trabaja siete d铆as a la semana, tiende a creer (quiere creer) que todo lo que ha logrado es s贸lo por m茅rito propio. De igual forma, cuando un pobre diablo trabaja siete d铆as a la semana en un pa铆s pobre de Am茅rica Latina o de 脕frica, lo vemos con condescendencia por no ser tan inteligentes y meritorios como los otros (nos-otros). Pero el oro acumulado en los bancos por siglos, las riquezas robadas con las mismas manos de sus v铆ctimas, los privilegios arbitrarios debido a un orden que hace las cosas posibles para unos e imposibles para otros, contin煤a trabajando para los inocentes herederos de siglos pasados.
Como esta es una verdad enterrada, no s贸lo por la propaganda del poder sino por la mala conciencia de los de abajo, unos deciden perpetuar este orden de cosas comprando confort moral, justific谩ndose con cien unidades de “yo lo merezco; quienes lo cuestionan son inadaptados, demonios que merecen la c谩rcel o la muerte”. Entonces, se transforman en soldados dial茅cticos disparando argumentos llenos de bilis a quienes incomodan ese confort moral. Las municiones m谩s baratas son: “si no est谩s de acuerdo con el sistema, no votes”, “si no est谩s de acuerdo con este pa铆s, vete a otro”, “si no est谩s de acuerdo con que existan pobres, dona tu casa a los pobres”, “si no est谩s de acuerdo con nosotros, arruinate y vete a vivir debajo de un puente”, “si crees que los inmigrantes pobres merecen ser tratados como seres humanos, lleva a dos o tres a dormir en el cuarto de tu hija” y toda esa bater铆a mediocre pero efectiva. Efectiva, precisamente porque es mediocre; no por su calidad McDonalds es el restaurante m谩s popular del mundo.
Otros prefieren decir lo que piensan, aunque lo que piensan no convenga a sus intereses ni a su confort moral. Por el contrario, s贸lo les trae m谩s problemas.
Pero de ellos es eso que no se puede comprar con dinero.
JM, diciembre 2019
