Enrico Tomasell*
En el pasado reciente he expuesto mi tesis, según la cual la elección de Trump se debe a una parte minoritaria del estado profundo estadounidense (que no es un bloque monolítico), que ha recurrido al populismo trumpiano para dar la vuelta a la posición desfavorable dentro del aparato estatal de los Estados Unidos. En cualquier caso, es bastante evidente que el presidente de los EE. UU. es una figura destacada pero también, en gran medida, representante de un revoltijo de intereses -políticos y económicos- a los que se refiere, y de los que en última instancia surgen las directrices de la administración. Es bastante intuitivo que un magnate como Trump, a pesar de que ya ha sido presidente, no tenga una visión integral y detallada de los temas estratégicos que debe enfrentar el país, y que estos le sean precisamente delineados por su equipo, que a su vez los extrae de los estudios y elaboraciones de los diversos gabinetes estratégicos del área.
Si analizamos, por ejemplo, las últimas declaraciones de Trump sobre Canadá, Groenlandia y Panamá, resulta evidente que se deben a este contexto político. La cuestión de Canadá y Groenlandia, por ejemplo, está vinculada a la necesidad estratégica de Estados Unidos de hacer frente a la presencia rusa en el océano Ártico, respecto de la cual la ampliación territorial que resultaría de la adquisición de esos territorios colocaría a Estados Unidos, como mínimo, en la posición de disponer de una línea de frente comparable a la rusa.
Obviamente, este es sólo un aspecto del problema, ya que en primer plano está el predominio absoluto de Moscú en la flota ártica (y Rusia aspira a multiplicar por diez la producción naval en la próxima década...). Sin embargo, el hecho es que la forma en que Trump aborda el problema no es sólo funcional a los objetivos: los acuerdos actuales con Dinamarca, por ejemplo, ya permiten a Estados Unidos ampliar su presencia militar en Groenlandia tanto y en la medida que quiera, sin necesidad de comprarla; así como es bastante evidente que la hipótesis de Canadá como el 51º Estado es completamente insostenible. Los objetivos estratégicos reales (extensión de la proyección militar del Ártico, acceso exclusivo a los recursos, mayor integración económica con Ottawa) no sólo no requieren los pasos formales previstos por Trump, sino que pueden alcanzarse fácilmente a través de las relaciones centro-periferia normales del imperio.
La postura supremacista con la que las propone el nuevo presidente no responde, por tanto, a una necesidad real de forzar negociaciones sobre esas cuestiones específicas, sino que es funcional a una operación más amplia, una especie de auténtico rebranding del imperio estadounidense, que siente la prioridad de restablecer su papel hegemónico, en primer lugar respecto de sus vasallos. No es casualidad, de hecho, que el mismo enfoque caracterice sustancialmente la acción de su mariscal de campo revelación, el multimillonario Musk, como tampoco es casualidad que se reserve en cambio un tono completamente diferente para los enemigos -Rusia y China- a los que se dirige con aparente respeto y halagos, manteniendo al mismo tiempo la estrategia hostil del contraste.
En el fondo, pues, este último paréntesis trumpiano (no puede ser reelegido) debe cumplir la función de preparar a Estados Unidos para la temporada del choque por la hegemonía global, y uno de los pasos funcionales a ello es precisamente el cambio de ritmo en las relaciones entre el centro y la periferia del imperio. Donde antes estas se caracterizaban por una apariencia formal de respeto mutuo -apenas un fino velo para cubrir las relaciones de subordinación- a partir de ahora asumirán cada vez más el aspecto de mando, barriendo con los inútiles adornos de las formalidades diplomáticas. En esto, el temperamento fanfarrón y arrogante de Trump resulta perfectamente adecuado, pues forma y fondo coinciden. Basta con entender lo que les espera a los países europeos.
En el pasado reciente he expuesto mi tesis, según la cual la elección de Trump se debe a una parte minoritaria del estado profundo estadounidense (que no es un bloque monolítico), que ha recurrido al populismo trumpiano para dar la vuelta a la posición desfavorable dentro del aparato estatal de los Estados Unidos. En cualquier caso, es bastante evidente que el presidente de los EE. UU. es una figura destacada pero también, en gran medida, representante de un revoltijo de intereses -políticos y económicos- a los que se refiere, y de los que en última instancia surgen las directrices de la administración. Es bastante intuitivo que un magnate como Trump, a pesar de que ya ha sido presidente, no tenga una visión integral y detallada de los temas estratégicos que debe enfrentar el país, y que estos le sean precisamente delineados por su equipo, que a su vez los extrae de los estudios y elaboraciones de los diversos gabinetes estratégicos del área.
Seguidores de Trump ven un video mientras esperan bajo una lluvia fría su llegada a un mitin de campaña en el Aeropuerto Internacional de la Región Capital, en Lansing, Michigan, el 27 de octubre de 2020 (Chip Somodevilla / Getty Images)
Si analizamos, por ejemplo, las últimas declaraciones de Trump sobre Canadá, Groenlandia y Panamá, resulta evidente que se deben a este contexto político. La cuestión de Canadá y Groenlandia, por ejemplo, está vinculada a la necesidad estratégica de Estados Unidos de hacer frente a la presencia rusa en el océano Ártico, respecto de la cual la ampliación territorial que resultaría de la adquisición de esos territorios colocaría a Estados Unidos, como mínimo, en la posición de disponer de una línea de frente comparable a la rusa.
Obviamente, este es sólo un aspecto del problema, ya que en primer plano está el predominio absoluto de Moscú en la flota ártica (y Rusia aspira a multiplicar por diez la producción naval en la próxima década...). Sin embargo, el hecho es que la forma en que Trump aborda el problema no es sólo funcional a los objetivos: los acuerdos actuales con Dinamarca, por ejemplo, ya permiten a Estados Unidos ampliar su presencia militar en Groenlandia tanto y en la medida que quiera, sin necesidad de comprarla; así como es bastante evidente que la hipótesis de Canadá como el 51º Estado es completamente insostenible. Los objetivos estratégicos reales (extensión de la proyección militar del Ártico, acceso exclusivo a los recursos, mayor integración económica con Ottawa) no sólo no requieren los pasos formales previstos por Trump, sino que pueden alcanzarse fácilmente a través de las relaciones centro-periferia normales del imperio.
La postura supremacista con la que las propone el nuevo presidente no responde, por tanto, a una necesidad real de forzar negociaciones sobre esas cuestiones específicas, sino que es funcional a una operación más amplia, una especie de auténtico rebranding del imperio estadounidense, que siente la prioridad de restablecer su papel hegemónico, en primer lugar respecto de sus vasallos. No es casualidad, de hecho, que el mismo enfoque caracterice sustancialmente la acción de su mariscal de campo revelación, el multimillonario Musk, como tampoco es casualidad que se reserve en cambio un tono completamente diferente para los enemigos -Rusia y China- a los que se dirige con aparente respeto y halagos, manteniendo al mismo tiempo la estrategia hostil del contraste.
En el fondo, pues, este último paréntesis trumpiano (no puede ser reelegido) debe cumplir la función de preparar a Estados Unidos para la temporada del choque por la hegemonía global, y uno de los pasos funcionales a ello es precisamente el cambio de ritmo en las relaciones entre el centro y la periferia del imperio. Donde antes estas se caracterizaban por una apariencia formal de respeto mutuo -apenas un fino velo para cubrir las relaciones de subordinación- a partir de ahora asumirán cada vez más el aspecto de mando, barriendo con los inútiles adornos de las formalidades diplomáticas. En esto, el temperamento fanfarrón y arrogante de Trump resulta perfectamente adecuado, pues forma y fondo coinciden. Basta con entender lo que les espera a los países europeos.
Traducción y edición elmercuriodigital
