Ilka Oliva-Corado
La gallina murusha[1] se le atraves贸 de nuevo en los sue帽os. La vio corriendo despavorida junto a la bandada buscando las hojas de repollo que les acaba de tirar en el patio para que coman. La nombr贸 Murushona, desde que la pollita naci贸. Su abuela Tiba le regal贸 dos huevos de su gallina inglesa, una miniatura de gallina con las plumas colochas[2], mismos que Emelda puso junto a los otros cuando una de las gallinas de la casa se qued贸. Durante las tres semanas de incubaci贸n estuvo atenta al nacimiento de las cr铆as y fue todo un festejo cuando sus dos pollitas nacieron.
Pero a los d铆as una muri贸 y qued贸 entonces la 煤nica murusha en medio de las manadas de pollos que abarrotaban el patio cuando se les tiraba comida. Realmente nunca supo cu谩ntas gallinas llegaron a tener, el terreno donde viv铆an era grande. Sus pap谩s cuidaban a las afueras de la capital una cochiquera de unos veterinarios adinerados que ten铆an negocios por todos lados en Guatemala. En los terrenos de la gente adinerada Emelda comenz贸 a ver los cercos de bloques con alambre de p煤as en la 煤ltima hilera, una hilera de 煤es que las llenaban de cemento con pedazos de botellas de vidrio que quebraban espec铆ficamente para ese tipo de seguridad. Un mundo distinto al del campo.
Los hijos del sol, les llamaban los trabajadores porque eran albinos, hijos de alemanes emigrados. De lo que lleg贸 a saber su padre, ellos contaban con parcelas con siembras de verduras en Patz煤n, Chimaltenago, ganado en Jalapa, fincas de 谩rboles de mango Tommy, en Chiquimula. Cafetales en Alta Verapaz. En tierra fr铆a colindando con M茅xico compraron a saber cu谩ntas manzanas de terreno, le escuch贸 decir a su pap谩 cuando le cont贸 a su mam谩 sobre la nueva compra de los terratenientes. A su padre le ofrecieron ir a cuidar las fincas de coco que ten铆an en Izabal, pero su mam谩 dijo que el clima era infernal y que para all谩 se fuera el diablo. Y en la casa como se hac铆a lo que dec铆a su mam谩, entonces el diablo de seguro se fue para all谩, pero ellos no.
Su abuela le cont贸 en unas de las tantas conversaciones que tuvieron cuando iba de visita a Teculut谩n, que cuando era ni帽a las gallinas crec铆an en el monte, pon铆an los huevos en nidos que improvisaban en el zacate. En ese entonces nadie se preocupaba por cu谩ntas gallinas ten铆an y si los huevos se los iba a comer la zarig眉eya o cualquier otro animal porque hab铆a en abundancia.
Emelda conoci贸 la abundancia cuando fue a visitar la casa de los abuelos paternos por primera vez, con los a帽os comprendi贸 que abundancia no significa tener de m谩s para desperdiciar y que tampoco tiene nada que ver con el dinero. Siempre sinti贸 fascinaci贸n por las manos creadoras de su abuela, que le ense帽贸 a hacer queso fresco y mantequilla de costal, las quesadillas m谩s deliciosas que comi贸 fueron las que hizo su abuela.
Le ense帽贸 a trabajar el barro, a hacer sus propios comales, ollas y jarros. El bordado de las mantas para las tortillas y el de las almohadas. Aprendi贸 a c贸mo medir la intensidad del fuego en el pollet贸n[3] para no desperdiciar la le帽a y no quemar las tortillas. El caf茅 lo aprendi贸 a hervir en las brasas a un lado del comal sin que se le tumbara y los bananos majunches los as贸 siempre en el rescoldo, como tostaba los pishtones[4].
En la capital todo era distinto, aun estando a las afueras todo lo ten铆an que comprar. El pago se lo daban a su padre con atraso de tres meses y jam谩s le pagaron por el trabajo de toda la familia que tambi茅n hac铆a, pero para los due帽os eso era obligaci贸n que no merec铆a remuneraci贸n econ贸mica. Cuando su padre les ped铆a aumento le sal铆an con que un favor le estaban haciendo con tener a toda la familia ah铆 sin pagar renta.
Un trabajo sin horario de lunes a domingo, sin permiso de enfermedad y sin vacaciones. Vacaciones, le contestaba cualquiera de los albinos, vacaciones son las que les damos nosotros dej谩ndolos vivir aqu铆. Emelda comenz贸 a cuidar cerdos a la edad de tres a帽os y a los cinco ya sab铆a c贸mo caparlos, lo que nunca hizo y sinti贸 una asquerosidad fue comerse las criadillas. Sus pap谩s, al contrario, as铆 reci茅n cortadas, s贸lo les lavaban la sangre y se las met铆an a la boca.
Emelda ve a la Murushona correr, ha retrocedido en el tiempo, no tiene los sesenta a帽os de ahora, es apenas una ni帽a de siete, a煤n no sabe que tendr谩 hijas y que emigrar谩n de indocumentadas a Estados Unidos y mucho menos que sus nietas nacer谩n en ese pa铆s y que hablar谩n ingl茅s y que rechazar谩n el espa帽ol, avergonzadas. Que no querr谩n saber nada de Guatemala y mucho menos del lujo y del honor de comer tortillas con loroco y queso hechas por la abuela, como lo tuvo ella.
Notas:
[1] Murusha: Persona de pelo rizado, de herencia afrodescendiente.
[2] Colocha: Persona con el cabello rizado o crespo.
[3] Pollet贸n: Mesa grande de barro para cocinar con fuego, donde se coloca el comal y la hornilla.
[4] Pisht贸n: Tortilla gruesa.
Ilka Oliva-Corado
La gallina murusha[1] se le atraves贸 de nuevo en los sue帽os. La vio corriendo despavorida junto a la bandada buscando las hojas de repollo que les acaba de tirar en el patio para que coman. La nombr贸 Murushona, desde que la pollita naci贸. Su abuela Tiba le regal贸 dos huevos de su gallina inglesa, una miniatura de gallina con las plumas colochas[2], mismos que Emelda puso junto a los otros cuando una de las gallinas de la casa se qued贸. Durante las tres semanas de incubaci贸n estuvo atenta al nacimiento de las cr铆as y fue todo un festejo cuando sus dos pollitas nacieron.
Pero a los d铆as una muri贸 y qued贸 entonces la 煤nica murusha en medio de las manadas de pollos que abarrotaban el patio cuando se les tiraba comida. Realmente nunca supo cu谩ntas gallinas llegaron a tener, el terreno donde viv铆an era grande. Sus pap谩s cuidaban a las afueras de la capital una cochiquera de unos veterinarios adinerados que ten铆an negocios por todos lados en Guatemala. En los terrenos de la gente adinerada Emelda comenz贸 a ver los cercos de bloques con alambre de p煤as en la 煤ltima hilera, una hilera de 煤es que las llenaban de cemento con pedazos de botellas de vidrio que quebraban espec铆ficamente para ese tipo de seguridad. Un mundo distinto al del campo.
Los hijos del sol, les llamaban los trabajadores porque eran albinos, hijos de alemanes emigrados. De lo que lleg贸 a saber su padre, ellos contaban con parcelas con siembras de verduras en Patz煤n, Chimaltenago, ganado en Jalapa, fincas de 谩rboles de mango Tommy, en Chiquimula. Cafetales en Alta Verapaz. En tierra fr铆a colindando con M茅xico compraron a saber cu谩ntas manzanas de terreno, le escuch贸 decir a su pap谩 cuando le cont贸 a su mam谩 sobre la nueva compra de los terratenientes. A su padre le ofrecieron ir a cuidar las fincas de coco que ten铆an en Izabal, pero su mam谩 dijo que el clima era infernal y que para all谩 se fuera el diablo. Y en la casa como se hac铆a lo que dec铆a su mam谩, entonces el diablo de seguro se fue para all谩, pero ellos no.
Su abuela le cont贸 en unas de las tantas conversaciones que tuvieron cuando iba de visita a Teculut谩n, que cuando era ni帽a las gallinas crec铆an en el monte, pon铆an los huevos en nidos que improvisaban en el zacate. En ese entonces nadie se preocupaba por cu谩ntas gallinas ten铆an y si los huevos se los iba a comer la zarig眉eya o cualquier otro animal porque hab铆a en abundancia.
Emelda conoci贸 la abundancia cuando fue a visitar la casa de los abuelos paternos por primera vez, con los a帽os comprendi贸 que abundancia no significa tener de m谩s para desperdiciar y que tampoco tiene nada que ver con el dinero. Siempre sinti贸 fascinaci贸n por las manos creadoras de su abuela, que le ense帽贸 a hacer queso fresco y mantequilla de costal, las quesadillas m谩s deliciosas que comi贸 fueron las que hizo su abuela.
Le ense帽贸 a trabajar el barro, a hacer sus propios comales, ollas y jarros. El bordado de las mantas para las tortillas y el de las almohadas. Aprendi贸 a c贸mo medir la intensidad del fuego en el pollet贸n[3] para no desperdiciar la le帽a y no quemar las tortillas. El caf茅 lo aprendi贸 a hervir en las brasas a un lado del comal sin que se le tumbara y los bananos majunches los as贸 siempre en el rescoldo, como tostaba los pishtones[4].
En la capital todo era distinto, aun estando a las afueras todo lo ten铆an que comprar. El pago se lo daban a su padre con atraso de tres meses y jam谩s le pagaron por el trabajo de toda la familia que tambi茅n hac铆a, pero para los due帽os eso era obligaci贸n que no merec铆a remuneraci贸n econ贸mica. Cuando su padre les ped铆a aumento le sal铆an con que un favor le estaban haciendo con tener a toda la familia ah铆 sin pagar renta.
Un trabajo sin horario de lunes a domingo, sin permiso de enfermedad y sin vacaciones. Vacaciones, le contestaba cualquiera de los albinos, vacaciones son las que les damos nosotros dej谩ndolos vivir aqu铆. Emelda comenz贸 a cuidar cerdos a la edad de tres a帽os y a los cinco ya sab铆a c贸mo caparlos, lo que nunca hizo y sinti贸 una asquerosidad fue comerse las criadillas. Sus pap谩s, al contrario, as铆 reci茅n cortadas, s贸lo les lavaban la sangre y se las met铆an a la boca.
Emelda ve a la Murushona correr, ha retrocedido en el tiempo, no tiene los sesenta a帽os de ahora, es apenas una ni帽a de siete, a煤n no sabe que tendr谩 hijas y que emigrar谩n de indocumentadas a Estados Unidos y mucho menos que sus nietas nacer谩n en ese pa铆s y que hablar谩n ingl茅s y que rechazar谩n el espa帽ol, avergonzadas. Que no querr谩n saber nada de Guatemala y mucho menos del lujo y del honor de comer tortillas con loroco y queso hechas por la abuela, como lo tuvo ella.
Notas:
[1] Murusha: Persona de pelo rizado, de herencia afrodescendiente.
[2] Colocha: Persona con el cabello rizado o crespo.
[3] Pollet贸n: Mesa grande de barro para cocinar con fuego, donde se coloca el comal y la hornilla.
[4] Pisht贸n: Tortilla gruesa.
Ilka Oliva-Corado
