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Al rojo vivo: el peligro del calor en las aulas españolas

Elvira Jiménez - Greenpeace
 

Llega la primavera y, con ella, la antesala del infierno en muchos centros educativos. Hace años acabar el curso suponía cerrar los libros antes de que llegase el zarpazo del calor del verano. Pero esto ya no es así. Las temperaturas veraniegas se han extendido adentrándose en junio y mayo, cuando aún los temarios no están cerrados y hay exámenes a la vista. Aún quedan muchas horas y días lectivos y el calor ya se hace insoportable. 

Esta denuncia no es nueva. Por toda la geografía, familias y profesorado, unidos en una denuncia colectiva, llevan años reclamando que los centros escolares no están preparados para estas temperaturas cada vez más elevadas. El calor se acumula en el interior de las aulas donde estudiantes y profesorado pasan muchas horas todos los días. A más de 24 ºC el calor afecta a la capacidad de concentración y comprensión, se pierde calidad en la enseñanza, y sin embargo es un umbral que se supera fácilmente en muchos centros. 

La salida al patio tampoco supone un alivio. El dominio del cemento y hormigón y la falta de sombra son la tónica general de estos espacios. Cuando todas las recomendaciones sanitarias durante las altas temperaturas nos dicen que hay que evitar la actividad al aire libre en las horas centrales del día, los niños y niñas salen a los patios al medio día a jugar al sol, haciendo precisamente aquello que se contraindica y que les pone en riesgo. 

Foto tomada con cámara termográfica de un patio de una escuela pública de Madrid. Greenpeace.

“Se me encoge el alma al comprobar hasta qué punto hemos normalizado unas condiciones para nuestros niños y niñas que jamás aceptaríamos para nosotros mismos. Criaturas que pasan horas en aulas con temperaturas que ponen en riesgo su salud y afectan inevitablemente a su capacidad para aprender, concentrarse y disfrutar de algo tan básico como la escuela. Hablo de niños y niñas sudando sobre sus pupitres, abanicándose con cualquier cosa que tengan a mano mientras sus docentes imparten clase en circunstancias extremadamente difíciles. Hablo de patios de cemento sin un solo árbol, en los que los menores se refugian bajo la escasa sombra de una canasta porque no existe ningún otro lugar donde protegerse del calor, » dice el testimonio de Ana Martínez, miembro del AFA de un colegio público del noroeste de Madrid.

Esto no se soluciona echando persianas, abriendo ventanas, llevando manga corta o abanicos de papel o asumiendo que ‘cuando hace calor, hace calor’. El calor no ‘inspira’. El calor sofoca y puede matar. El calor aturde y le quita calidad a la enseñanza. 

“Basta ya de minimizar e incluso ridiculizar esta realidad por quienes tienen la responsabilidad y la capacidad de actuar. Resulta difícil comprender esa falta de urgencia -¡y de humanidad!- cuando el problema afecta directamente al bienestar, la salud y las oportunidades de aprendizaje de toda una generación. Una sociedad se define por cómo protege a quienes son más vulnerables. Basta ya”, acaba Martínez.

Ante la insuficiencia de los protocolos actuales frente al aumento de las temperaturas en los espacios escolares, es urgente realizar reformas estructurales de climatización eficiente y descarbonizada en los centros educativos para proteger a los usuarios sin agravar el cambio climático. En los espacios exteriores, la naturalización de los patios es una solución clave que no solo aporta frescor, sino beneficios físicos y cognitivos al alumnado mediante el juego en la naturaleza. 

La dotación de presupuestos y coordinación entre administraciones es otra medida fundamental. La burocracia y los recursos no pueden seguir siendo la excusa que mantiene estas condiciones inaceptables. 

Por una educación pública de calidad y por un entorno escolar seguro y saludable.

Niños en una clase de Ourense tomados con cámara termográfica por Greenpeace.

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