Durante décadas hemos pensado en el plástico como un simple residuo. Hoy sabemos que es mucho más que eso. Está presente en los océanos, en el aire que respiramos, en lo que comemos y hasta en los procesos geológicos del planeta. Tanto que científicos y arqueólogos ya estudian el rastro que está dejando nuestra civilización a través de los plásticos. La conclusión es inquietante: estamos fabricando nuestros propios fósiles.
Hubo un tiempo en el que el plástico parecía una solución perfecta. Ligero, resistente, barato y versátil, prometía democratizar el acceso a infinidad de productos y reducir la presión sobre algunos recursos naturales. El problema es que aquella revolución material se convirtió en una avalancha. Desde que comenzó su producción masiva a mediados del siglo pasado, se calcula que la humanidad ya ha fabricado más de 9.000 millones de toneladas de plásticos. Hoy se generan más de 400 millones de toneladas cada año. El dato resulta especialmente llamativo si tenemos en cuenta que la mitad de todo el plástico producido se ha fabricado en las dos últimas décadas.
El crecimiento ha sido tan rápido que el plástico ha dejado de ser un objeto cotidiano para convertirse en un marcador de nuestra propia época. Algunos investigadores hablan ya de la Plastic Age o edad del plástico, un concepto inspirado en las clásicas periodizaciones históricas como la Edad de Piedra, la Edad del Bronce o la Edad del Hierro. Aunque no se trata de un término oficial, cada vez está más presente en la literatura científica porque ayuda a explicar hasta qué punto este material define nuestra civilización.
La mayoría de los estudios sitúan el inicio de esta nueva etapa en torno a 1950, coincidiendo con la llamada Gran Aceleración, el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial en el que se dispararon simultáneamente la producción industrial, el consumo energético, la urbanización y la extracción de recursos naturales. El plástico se convirtió en uno de los grandes protagonistas de ese nuevo modelo económico basado en fabricar mucho, rápido y barato.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Tratar de responder preguntas de este tipo es la razón de ser de una disciplina tan sorprendente como la garbología, también conocida como basurología.
Todo comenzó en la década de 1970, cuando el arqueólogo estadounidense William Rathje puso en marcha el Garbage Project, una investigación pionera que convirtió la basura en objeto de estudio científico. Durante más de tres décadas, su equipo analizó 192 toneladas de residuos procedentes de 20.416 hogares, además de vertederos repartidos por 15 ciudades estadounidenses. Los resultados demostraron que los residuos son un retrato extraordinariamente preciso de cómo vivimos y consumimos.
La basura no solo permitía descubrir enormes diferencias entre lo que la gente decía consumir y lo que realmente consumía, sino que también mostraba algo que hoy adquiere una dimensión completamente distinta: mientras otros materiales desaparecían, los plásticos permanecían prácticamente intactos.
Quizá la consecuencia más sorprendente y preocupante de todo este proceso es que el plástico ha empezado a incorporarse físicamente al planeta. En 2014, la geóloga Patricia Corcoran y su equipo describieron por primera vez en Hawái una nueva formación geológica: el plastiglomerado, una especie de roca híbrida compuesta por plástico fundido, arena, coral, lava y otros materiales naturales.
Estas estructuras pueden originarse por distintos motivos. A veces aparecen por la quema de residuos en las playas; otras, por incendios forestales o por la acción prolongada del calor y el mar. Lo importante es que el plástico deja de estar depositado sobre el paisaje para integrarse en él.
Desde entonces, se han identificado formaciones similares en lugares tan distintos como Brasil, Japón, Italia o Reino Unido. Algunos investigadores hablan incluso de un ciclo geológico del plástico, es decir, del conjunto de procesos mediante los cuales los micro y nanoplásticos pasan a formar parte de los suelos, los sedimentos y otros sistemas naturales.
© Greenpeace Todo ello ha dado lugar a otro concepto emergente: el patrimonio tóxico. Los investigadores lo utilizan para describir aquellos legados materiales que las generaciones futuras recibirán sin haberlos elegido. El plástico forma parte de ellos. Pero el problema no reside únicamente en su composición química, sino en todo el sistema económico y social que lo ha generado.
Además, su impacto está distribuido de forma profundamente desigual. Numerosos estudios denuncian que la exportación internacional de residuos plásticos ha reproducido dinámicas coloniales que trasladan los problemas ambientales desde los países más ricos hacia comunidades del sur, que soportan una parte desproporcionada de sus consecuencias ambientales y sanitarias.
Hay una última paradoja que resume perfectamente el siglo XXI: estamos dedicando enormes recursos a intentar eliminar algo que nunca debió producirse en semejantes cantidades.
Cuando los plásticos se fragmentan en micro y nanoplásticos, recuperarlos se vuelve extraordinariamente complejo, y en muchos casos, imposible. Una parte acaba dispersándose por el aire, los ríos, los suelos y los océanos, integrándose en procesos naturales de los que ya no puede extraerse fácilmente.
Por eso cada vez más expertos insisten en cambiar la pregunta. La cuestión ya no es cuánto plástico podremos limpiar dentro de unas décadas, sino cuánto plástico dejaremos de producir hoy. Porque, por primera vez en la historia, una civilización está construyendo su propio registro fósil a velocidad industrial.
