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Presas y azudes, máximos responsables de la desaparición de playas

Ana Tuñas Matilla

La arena de las playas procede fundamentalmente de los ríos, que son los encargados de transportar sedimentos hasta el mar que, a su vez, los distribuye con el oleaje por el litoral, una dinámica que se está viendo muy limitada por la existencia de barreras fluviales, desde grandes presas a pequeños azudes, principales responsables de la desaparición de arenales, según expertos consultados por EFE Verde.

La eliminación de barreras fluviales en desuso gana cada vez más peso entre las herramientas para llevar a cabo la necesaria de restauración o renaturalización de ríos, pero pocos saben que, además, serviría para mantener las playas, sobre todo en aquellas zonas con mayor presión turística, como, por ejemplo, la cuenca mediterránea.

Conexión entre río y mar

«Hay que entender que todo está conectado: el río es mar, no termina en la desembocadura. Esa interconexión es fundamental en la dinámica del planeta, en el ciclo del agua y en el ciclo del sedimento», según el investigador y profesor del Departamento de Geografía y Ordenación del Territorio de la Universidad de Zaragoza, Alfredo Ollero.

La arena de las playas procede básicamente de los ríos, que son los son los encargados de transportar sedimentos, mientras el mar es el encargado de distribuirlos por el litoral con el oleaje.

Es importante que se entienda esta dinámica para, a su vez, poder comprender que las barreras fluviales están provocando un déficit de sedimentos en el mar, con aportes entre 5 y 10 veces menores a los que había antes de que existieran, ha señalado.


Vista de la presa del embalse de Almendra (Zamora/Salamanca)Archivo EFE/Mariam A. Montesinos

A más barreras, menos playa

La relación entre barreras fluviales y pérdida de playa es «directa». La arena que forma las playas costeras es, en su gran mayoría, sedimento que procede de la cuenca y que es transportado por el río por lo que, a medida de que no llegan nuevos aportes de sedimentos,  van retrocediendo o desapareciendo, ha apuntado Askoa Ibisate, investigadora y profesora de Geografía Física en la Universidad del País Vasco.

«El problema real no es que el mar se las lleve con el oleaje, sino que los sedimentos no llegan. Para que tengamos arena en la playa necesitamos que el sedimento del continente llegue al mar», ha insistido la experta tras recordar que si no llegan es porque muchos quedan «atrapados» en el río por las barreras que lo fragmentan.

En la mayoría de las ocasiones, las playas se están reconstruyendo con arena que se saca del fondo del mar, donde queda depositada cuando «el mar se la lleva, por ejemplo, en un temporal», un proceso con consecuencias ambientales y elevado coste.

En lo que respecta al propio río, el menor transporte de sedimentos implica pérdida de ecosistemas y de biodiversidad y cambios en su morfología, según Ibisate, que ha advertido de que también conlleva una mayor velocidad del agua que puede hacer que ciertas infraestructuras colapsen al ver socavados sus cimientos.

Vista de los trabajos para la eliminación del azud de Arraioz en el marco del proyecto de restauración fluvial Life Kantauribai EFE/Jesús Diges

Presas y azudes, efectos diferentes

Entre las barreras fluviales que más reducen el transporte de sedimentos, destacan las presas y los azudes, que, no obstante, afectan de manera diferente, ha explicado el investigador y profesor de la Universidad Politécnica de Cataluña experto en geomorfología fluvial, ingenería hidráulica y transporte de sedimentos, Carles Ferrer.

Las presas son grandes estructuras que se construyen para almacenar agua y que atrapan casi el cien por cien de la graba y arena que contribuye a las playas; mientras que los azudes, de menor tamaño, se instalan para elevar la lámina de agua para derivarla a un canal y usarla, por ejemplo, en riegos o centrales hidroeléctricas, afectando a la capacidad de transporte del río.

Por tanto, aunque ambas barreas influyen en la dinámica del sedimento, lo hacen de manera diferente, según Ferrer, que para explicarlo ha usado el ejemplo del Delta del Ebro, que los tres expertos han señalado como máximo exponente del retroceso costero por falta de sedimento.

Delta del Ebro

En el caso del Delta del Ebro, las presas de Ribarroja y Mequinenza, construidas en los años 60 y a pocos kilómetros de la desembocadura del Ebro, están reteniendo más del 90 % del sedimento que la cuenca es capaz de producir, lo que implica que está recibiendo una parte muy pequeña del sedimento que le llegaba antes.

Por su parte, los azudes que salpican la cuenca, aunque acumulan poco sedimento también influyen en la dinámica debido a que, al extraer  o desviar parte del caudal, reducen la capacidad del río para transportar aguas abajo.

«Si la costa en la que desemboca un río tiene como fuente principal de sedimento ese río, con la existencia de barreras sufrirá una reducción fortísima, ya que el mar continuará haciendo su trabajo erosivo», ha subrayado Ferrer, que ha estudiado lo sucedido en el Delta del Llobregat junto a otros investigadores.

Un camión atraviesa la Barra del Trabucador, un istmo que une el Delta del Ebro con la peninsula de La Banya, en San Carlos de La Rapita, y que está desapareciendo. EFE/.JAVIER BELVER

Delta del Llobregat

Con la industrialización de Cataluña, a mediados del XIX y principios del XX, el río Llobregat y su afluente principal, el Cardaner, se llenaron de azudes. Con años de decalaje, el Delta del Llobregat comenzó a retroceder.

La hipótesis con la que trabajan es que los azudes son parcialmente responsables de ese retroceso, que se produjo con cierto retardo porque están situados en el tramo medio y alto del río.

En los 60, empezaron a confluir otros fenómenos que también contribuyen a la reducción del aporte de sedimentos y, por tanto, al retroceso de la costa, como son la construcción de grandes embalses, cambios en el uso del suelo, infraestructuras que restan espacio al río, etc.

Purgar embalses

En el caso de los embalses, ha apuntado, la acumulación de sedimentos implica, además, que cada vez sea menor su capacidad para almacenar agua, ha subrayado Ferrer, que ha defendido la puesta en marcha programas periódicos de purga de sedimento acumulado en presas.

En su opinión, se deberían abrir periódicamente los desagües de fondo, estructuras diseñadas para evitar que las presas se colmaten y con ello mantener su capacidad de embalsado, así como para liberar sedimentos.

Sin embargo, a pesar de que todas las presas cuentan con estos órganos de desagüe, en la actualidad no se utilizan, seguramente porque no hay un manejo «ambiental» de los embalses, ha advertido. EFE Verde

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