Jorge Majfud
Una observaci贸n que siempre me impact贸 en 脕frica fue conocer a dos personas de la misma etnia, del mismo pueblo, de la misma aldea que eran como el d铆a y la noche como resultado de una misma historia tr谩gica que produce rebeldes y futuros traidores, por acci贸n o por omisi贸n. Estos recuerdos me asaltan siempre que veo las im谩genes de la humillante detenci贸n de Patrice Lumumba en 1960, la dignidad del revolucionario anticolonialista y el complejo de gusano s谩dico de los soldados de Mobutu Sese Seko que lo obligaron a comerse su propio discurso.
Pemba, Mozambique, 1997. Construcci贸n de barcos en el Astillero Naval de Pemba. Producci贸n de ladrillos adaptados al suelo mozambicano para las obras de reconstrucci贸n
Uno de ellos es un animal domesticado, colonizado, obediente, producto de una profunda corrupci贸n hist贸rica, moral, siempre listo para tomar la m铆nima ventaja personal adulando a cualquiera que est茅 sobre 茅l, ya sea el arquitecto director de obra, el oficial de provincia o el ministro de la capital. Ese mismo tipo de hombre que, en cada pueblo al que lleg谩bamos, en cada reuni贸n con los l铆deres de la aldea, no perd铆a la oportunidad para decirme, aparte, que ellos prefer铆an “jefes blancos” porque eran “menos corruptos que los negros”.
El otro tipo de hombre era el rebelde, el de la sonrisa medida, el que no cre铆a cualquier cosa que se le dec铆a sin una explicaci贸n. Era aquel que parec铆a un ser humano completo, extremadamente inteligente no solo porque lo fuese, sino porque ten铆a alg煤n tipo de educaci贸n, casi siempre autodid谩ctica. Era aquel capaz de manejar datos y argumentos y que cuando preguntaba no era por adulaci贸n, sino porque no entend铆a o quer铆a aprender o algo. El t铆pico perdedor. Un demonio de pau preto.
Como joven arquitecto en Mozambique, hice m谩s amigos entre este tipo de obreros que, al principio, ten铆an una actitud hostil hacia el blanco venido de Am茅rica―mulucu ncunha. F谩cilmente pude haber prescindido de sus servicios, no por no cumplir alguna de mis 贸rdenes en la construcci贸n (algo que nadie hac铆a) sino porque pod铆a hacerlo a gusto y quedarme solo con los domesticados.
Cuando dej茅 la profesi贸n de arquitecto por las humanidades, volv铆 a ver esta misma situaci贸n a lo largo y ancho del presente y de la historia de Am茅rica Latina, de 脕frica, y de todas aquellas colonias que hab铆an sido corrompidas por generaciones. Lo entend铆 mejor leyendo a Franz Fanon y Walter Rodney, o escuchando a Malcolm X, quien ya hab铆a observado la existencia de dos tipos de personas igualmente oprimidas: “el negro de la casa” y “el negro del campo”.
Casi treinta a帽os despu茅s, releo aquellas mismas palabras que escrib铆 en Mozambique, sobre la futura militarizaci贸n del mundo para evitar una democratizaci贸n real: “Pero antes de la gran revoluci贸n civil habr谩 una profundizaci贸n de la crisis de este orden obsoleto. Esta crisis ser谩 en casi todos los 谩mbitos, desde el orden pol铆tico hasta el econ贸mico, pasando por el militar… En este momento de quiebre, Occidente se debatir谩 entre un mayor control militar o en la desobediencia civil… Ser谩 la primera revoluci贸n del individuo de la historia que se opondr谩 al individualismo, as铆 como la libertad se opondr谩 al liberalismo”.
No imagin茅 tan poca resistencia. Ahora vemos memes que consisten en fotograf铆as de alguna ciudad sucia y pobre en 脕frica con leyendas como “Ciudad africana sin blancos”. Nadie muestra Manhattan o Atlanta con leyendas como “Ciudad construida sobre el robo y genocidio de los nativos y la sangre de los africanos secuestrados”. O de cualquier otra ciudad europea con la leyenda: “Belleza y prosperidad construidas sobre el despojo y la destrucci贸n del resto del mundo”. Lo mismo repiten hoy los neocolonizados. El patriotismo colonial es amor a un poder de clase que suele estar en un pa铆s lejano, el imperio. El patriotismo colonizado es odio ciego a su propia patria, sobre la que proyectan todas las frustraciones de nunca ser igual al colono imperial.
Estas demostraciones de ignorancia universal se venden como popcorn en un cine, en una cultura que no s贸lo ha perdido la educaci贸n ilustrada, con su calmo reconocimiento de la complejidad del mundo, sino que tambi茅n ha perdido la calma, la inteligencia y la habilidad de conectar dos eslabones de una cadena de bicicleta debido a la hiper fragmentaci贸n de la atenci贸n, propio de la publicidad del siglo XX y, de forma m谩s radical, de las redes sociales del siglo XXI―algo que ya analizamos en Moscas en la telara帽a. Historia de la comercializaci贸n de la existencia y sus medios (2023) y “La cultura de la hiperfragmentaci贸n” (2010).
Con las excepciones de racistas orgullosos e impunes como Elon Musk, estos memes proceden de blancos pobres, empobrecidos o frustrados por la falta de una vida de CEO que ellos consideran que se merecen por ser blancos o por ser negros de la casa. Son esos mismos que justifican su racismo y su xenofobia con teor铆as supremacistas, como la de la raza unida a una tierra (del alem谩n Blut und Boden; “sangre y suelo”), la que ya no s贸lo se aplica a Europa, donde sus primeros habitantes ten铆an la piel m谩s oscura que Obama, sino a la misma 脕frica, como es el caso de los hijos m谩s exitosos del apartheid sudafricano, como Elon Musk y el CEO de Palantir, Peter Thiel, ambos profundamente supremacistas―clasistas y sexistas, porque el combo, como en McDonalds, siempre incluye los mismos elementos de consumo; los otros componentes son Dios, patria y familia, como si Dios tuviese preferencia por alg煤n pasaporte; como si Abrham, Mois茅s, Jes煤s y casi cualquier otro habitante de la Torah, la Biblia y el Cor谩n hubiese nacido de una “familia tradicional”.
Este odio racial entre los blancos frustrados tiene un patr贸n com煤n: donde no hay conciencia de clase, hay odio de razas. Cuando los pobres se consideran “clase media” porque no viven debajo de un puente, pero no pueden dejar de trabajar para sobrevivir o para ahorrar para su vejez, entonces odian a sus vecinos, a aquellos que les impiden la justicia de ser millonarios. Como casi todos los frustrados se creen m谩s inteligentes y m谩s sacrificados de lo que realmente son (su frustraci贸n procede de un exceso de expectativas individuales), entonces resulta que su esfuerzo individual nunca es compensado en su justa medida. Para este tipo social y psicol贸gico, la “justicia social” es inmoral, porque le impide la “justicia individual” de ser uno de los elegidos bajo el foco de las luminarias, recibiendo el aplauso de los perdedores.
Como muchos (demasiados) alienados de la clase trabajadora se autoperciben millonarios estafados, exitosos injustamente robados (por los pobres, por los inmigrantes, por el Estado, por los comunistas, por los hechiceros), pese a ser peque帽os empresarios, asalariados o desocupados, reemplazan su falta de conciencia de clase con sus fantas铆as ideol贸gicas o de sangre, algo que s贸lo funciona en la nobleza.
El odio racial, de g茅nero, de clase sustituye a la conciencia 茅tnica, de g茅nero, de clase―y de humanidad. Un enroque perfecto para distraer a las masas y mantenerlas odi谩ndose entre ellos, mientras la elite dominante radicaliza el tim贸n de la historia hacia la Edad Media (ver “Cuando los de abajo se odian”, 2016). O hacia algo peor, porque se trata de una Edad Media donde los consumidores no son solo vasallos que viven en las nubes feudales de las tecnol贸gicas, sino que tampoco dejan de ser esclavos asalariados, como en tiempos del Imperio Romano, en que los esclavos eran esclavos por sus deudas.
Esta es la expresi贸n cultural de un capitalismo que ha dejado de producir cosas en las industrias llenas de esclavos blancos y en las minas del resto del mundo llenas de esclavos negros, sino que se ha dedicado a succionar de forma m谩s acelerada capitales en el juego abstracto y exclusivo de las bolsas de valores, donde el negocio de la destrucci贸n, de las guerras es, por lejos, el m谩s lucrativo.
Jorge Majfud, julio 2026.
