Ilka Oliva-Corado.
Ve el reloj y le faltan quince minutos para salir de trabajar. Tiene dolor en los pies, en los tobillos, en las rodillas y las piernas se le inflaman por la retenci贸n de l铆quidos al pasar diez horas de pie. En su espalda siente como astillas ancladas, un ardor punzante que no se mueve de lugar, lo describir铆a como la sensaci贸n de un alfiler entrando en su piel a la velocidad en la que se mueve la aguja de una m谩quina de coser. Las mu帽ecas de las manos las tiene inflamadas todo el tiempo. Do帽a Bartola que se dedica a sobar y que tambi茅n es comadrona le dijo que tiene artritis en las manos y que pronto se le regar谩 en todo el cuerpo.
Tal vez ser谩 artritis la que tiene en las caderas entonces, se dice todas las ma帽anas cuando se levanta y el dolor en la cintura lo siente puro chile. La suela de un zapato tiene un agujero, lo tapa con papel peri贸dico, est谩 que ir谩 a donde don Obdulio, el zapatero, para que le cambie la suela, pero tiene todo el dinero comprometido en pagos.
Para cada veinte de mes Catalina est谩 en n煤meros rojos, prestando dinero para el pasaje y no es que se malgaste lo poco que gana, es que lo que le pagan es una miseria. Sue帽a despierta, como la mayor铆a de sus compa帽eras en el trabajo. Algunas con una casa propia, otras con vacaciones, un autom贸vil, un trabajo donde no tengan que estar de pie, un esposo decente que no les pegue, un padre responsable para sus hijos, dinero suficiente para pagar los recibos y que les sobre para llegar a fin de mes.
Todas fantasean con un abrazo, con una caricia en el rostro, en el cabello. Con un masaje en los pies. Con dormir tres d铆as seguidos. Muchas en sus conversaciones durante los 20 minutos de almuerzo cuentan que si volvieran a nacer no se casar铆an ni tendr铆an hijos, algunas al escucharlas se persignan y otras guardan silencio, diciendo para sus adentros que tambi茅n har铆an lo mismo.
Ni Catalina ni ninguna de sus compa帽eras de trabajo tuvo la oportunidad de estudiar, esas alturas son inalcanzables para personas como ellas, lo han comentado en infinidad de ocasiones. Pero si hubieran tenido la oportunidad ah铆 habr铆a doctoras, ingenieras, docentes, qu铆micas y Catalina que siempre quiso ser bi贸loga marina. Nacida en una casa con paredes de l谩mina, a las orillas de un r铆o de aguas negras, en la periferia de la ciudad de Guatemala. La mayor de ocho hermanos, casada a la fuerza en la adolescencia con un hombre treinta a帽os mayor, madre de cuatro, Catalina sue帽a con juntar dinero para comprarse una pr贸tesis dental.
Y con un bosque cerca de su casa, donde canten las chicharras y alumbren las luci茅rnagas. Un bosque frondoso como el de los cuentos que contaba su abuela en las tardes en las que le ayudaba a preparar la cena. Un bosque con 谩rboles grandes que llenen de sombra el camino. Un bosque para ir a caminar.
Ilka Oliva-Corado.

