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El capitalismo contra la propiedad privada

ESCRITIS CR脥TICOS 
Jorge Majfud 

En los libros Moscas en la telara帽a: Historia de la comercializaci贸n de la existencia―y sus medios (2023) y Taw铆scara. El secuestro de la democracia (2026) nos detuvimos en la historia de la propiedad privada de acumulaci贸n como la principal distinci贸n del capitalismo, luego de milenos del predominio de la propiedad comunal. No del libre mercado y mucho menos de la libertad. Hasta entonces, la 煤nica propiedad privada conocida era la propiedad de uso (una casa, las herramientas, el ganado, la cosecha, los zapatos del zapatero); no de especulaci贸n, como en el capitalismo. Excepto para la nobleza feudal…

En oposici贸n a la tesis m谩s popular de que el capitalismo derrumb贸 el sistema feudal, sostuvimos que s贸lo fue una transici贸n; una nueva forma de expandir la acumulaci贸n de la riqueza. Este proceso comenz贸 con el cercado (enclosure) de tierras en Inglaterra y el despojo del derecho de los campesinos a la tierra comunal. Luego, continu贸 con otras formas de privatizaciones: las tierras nativas en Am茅rica y los seres humanos en 脕frica.

El capitalismo industrial del siglo XIX cambi贸 el modelo del capitalista y democr谩tico pirata de ultramar (privateer, company) por el esclavista que hab铆a perdido la Guerra Civil en Estados Unidos, pero no sus poderosos capitales (JP Morgan, Citibank, Wells Fargo…) lo que le permiti贸 expandir el despojo una vez m谩s, ya no s贸lo de esclavos negros sino tambi茅n de esclavos blancos ―indentures, aquellos que se vend铆an a s铆 mismo por necesidad.

Con todo, el capitalismo industrial (un fen贸meno tard铆o debido a la destrucci贸n de los avances tecnol贸gicos, cient铆ficos e industriales de Oriente, Medio Oriente y 脕frica del Norte) cre贸 cosas. Por siglos, la poblaci贸n europea, bajo las nuevas reglas del capitalismo liberal, redujo su estatura, sus expectativas de vida, su higiene, su libertad. El hacinamiento, las enfermedades, las jornadas laborales de 16 horas, el trabajo infantil, la criminalidad urbana fueron epid茅micos. Tanto que, durante el mismo tiempo, las sociedades nativoamericanas eran m谩s liberes, menos violentas y, por lejos, m谩s saludables que los europeos. Su mayor problema eran los europeos.

En el siglo XIX y, sobre todo, a partir de la creaci贸n de sindicatos y fuertes movimientos sociales basados en las revoluciones ilustradas (originadas en el contacto con las democracias igualitarias, seculares y comunitarias de los nativos norteamericanos) las condiciones de vida de los trabajadores comenzaron a mejorar―al mismo tiempo que en sus colonias brutalizadas todo empeoraba.

A principios del siglo XXI ya escrib铆amos sobre el Neofeudalismo y el Neofeudalismo, donde las corporaciones se hab铆an convertido en los nuevos se帽ores feudales, con m谩s poder que los reyes (los presidentes democr谩ticamente electos) debido a la propiedad privada acumulada. Para 2013 ya era por dem谩s obvio: mil a帽os antes, en Europa, los campesinos viv铆an en las tierras de los se帽ores nobles y 茅stos viv铆an de la renta (antigua forma de extracci贸n de riquezas en tiempos de paz). A principios del siglo XXI, los trabajadores viv铆amos en las nubes de los neofeudales. Como los campesinos en la Edad Media, tampoco nosotros pod铆amos escapar de esas nubes sin caernos de todo el sistema socio-econ贸mico-cultural del mundo conocido.  

El capitalismo siempre se fund贸 en contradicciones, todas maquilladas con la fuerza de la propaganda y el sermoneo medi谩tico que derivaban del poder econ贸mico de la micro-茅lite, la verdaderamente beneficiada. Una de las paradojas fundacionales consisti贸 en divinizar la propiedad privada de la tierra justo cuando los campesinos europeos comenzaban a perderla. De hecho, este despojo dispar贸 la Revoluci贸n industrial europea con el hacinamiento de los desplazados a las grandes ciudades, los cuales comenzaron a ser alimentados por el despojo de los nativos alrededor del mundo―aparte del robo de sus materias primas, Am茅rica, Asia y 脕frica fueron obligadas a alimentar a una creciente poblaci贸n europea, incapaz de alimentarse a s铆 misma.

Ahora se termin贸 de completar una nueva paradoja del Postcapitalismo. Ni siquiera las poblaciones m谩s pudientes en los centros imperiales como Europa y Estados Unidos est谩n pudiendo compartir el despojo en forma de propiedad privada. El postcapitalismo neofeudal ha vuelto a recrear un trabajador sin derecho a la propiedad privada. Un trabajador con un ingreso superior al ochenta porciento de la poblaci贸n apenas s铆 puede decir que es propietario de algo―m谩s all谩 de la superstici贸n del dogma.

Por lo general, un trabajador plenamente ocupado no puede tener el t铆tulo de propiedad de su casa hasta edad madura. Muchos, cada vez m谩s, ni siquiera alcanzan este status m铆stico. Cada vez m谩s, las corporaciones financieras son propietarias de cientos de miles de viviendas, lo que hace que, a煤n en pa铆ses con poblaci贸n estable, el acceso a la propiedad de la vivienda es cada vez m谩s dif铆cil.

Nadie, excepto un pu帽ado de se帽ores feudales, es due帽o de las nubes donde vive, trabaja y consume. Nadie es due帽o de la tierra-nube. Pero los campesinos medievales no pod铆an ser comprados y vendidos. Tampoco pod铆an ser desalojados de las tierras del Se帽or. Hoy, un trabajador o vasallo puede ser desalojado de su casa si no paga el alquiler o de su propiedad si no paga los impuestos y la cuota de la administraci贸n privada.

Los habitantes del siglo XXI, cada vez menos son propietarios de su propias herramientas, como s铆 lo eran los campesinos en la Edad Media. Quien escribe un libro o inventa una bater铆a ya no es due帽o de su esfuerzo. Las compa帽铆as que privatizaron las Inteligencias Artificiales lo han robado todo.

Hace veinte o treinta a帽os, cuando compr谩bamos una computadora, pod铆amos decir, en un lenguaje nativoamericano o comunista, “esto s铆 es m铆o; nadie tiene derecho a quit谩rmelo”. Eso ya no es as铆. Cuando compramos una computadora no compramos el aparato f铆sico, sino el derecho de Apple o de Microsoft para usarlo. Cuando a alguna de esas compa帽铆as se le ocurra despojarnos de ese derecho, puede hacerlo de forma inmediata. Tal vez 茅sta es una de las razones por la cual antes pod铆amos armar nuestras propias computadoras con pedazos de otras y hoy es imposible. De hecho, es muy dif铆cil abrir tabletas o tel茅fonos. Es imposible, desde un punto de vista t茅cnico, de dise帽o y legal. No nos pertenece. Si alguien puede destruir alguno de esos aparatos con un martillo es s贸lo porque a la compa帽铆a le interesa que lo haga. Tendr谩 que comprarse otro.

Lo mismo los autom贸viles. Hasta hace diez o veinte a帽os, sol铆amos reparar nuestros autos. Hoy es pr谩cticamente imposible. Pero no es s贸lo eso: pronto, al igual que otros electr贸nicos, el usuario s贸lo comprar谩 el derecho de usar algo, no algo en s铆 mismo. Ellos se encargar谩n de que, si no pagas una cuota mensual, ese algo quede inoperativo. Computadoras, relojes, tel茅fonos, autos, gobiernos…

Cada vez menos cada vez m谩s cosas no nos pertenece. Cada vez m谩s nos hundimos en una Edad Media m谩s brutal y tir谩nica que la que vivi贸 Europa hace mil a帽os. Solo que llena de luces e ilusiones tecnol贸gicas. Aquellos que despojaron de todo a la humanidad les hacen creer que son sus creadores y guardianes.

Cualquier cambio ―afirman ellos―, traer谩 el caos y el derrumbe de un sistema justo, creador de riqueza de arriba hacia abajo. En algo tienen raz贸n: la crisis, el caos y la violencia son inevitables. El derrumbe del capitalismo feudal tambi茅n.

¿Qu茅 nos espera, a nosotros, a nuestros nietos? De esto no tengo dudas: un regreso a la normalidad de la humanidad, interrumpida por la locura del capitalismo, cuatro siglos atr谩s: la propiedad de uso real y la abolici贸n de la propiedad privada de acumulaci贸n indefinida.

Jorge Majfud, agosto 2026

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