Grrenpeace reporta como "la mentira de la «España húmeda» e infinita se desmorona a pasos agigantados ante nuestros ojos este verano. A pesar de contar, a nivel estatal, con las reservas de agua embalsada 16 puntos por encima de la media de los últimos 10 años, el norte de España tiene ya problemas con la sequía. Esta aparente paradoja demuestra que los macrodatos estatales son un peligroso espejismo que oculta la cruda realidad del territorio y la pésima gestión del recurso. Ver a casi el 80% de los municipios de Galicia en alerta por falta de agua, camiones cisterna alimentando a la industria, o a vecinos de Siero (Asturias) pagando 200 euros por cuba, no es ningún accidente. En el valle vizcaíno de Karrantza dependen del suministro diario sobre ruedas para abrir el grifo y Álava sufre restricciones, confirmando que la crisis hídrica no perdona a ninguna región".
imagen: haz Los impactos en el campo son devastadores: la organización COAG alerta de que el vacuno del norte se ha quedado sin hierba en pleno agosto, disparando el precio de los forrajes y abriendo mercados desesperados como el del maíz de León. Al mismo tiempo, Mallorca languidece con sus reservas hídricas al 39% y los cauces europeos registran mínimos históricos que paralizan centrales nucleares en Francia o Hungría. El colapso de nuestro modelo hídrico rebasa fronteras y demuestra la extrema fragilidad de un sistema productivo e industrial gran devorador de agua. La escasez ya no es un fantasma exclusivo del sur, sino una emergencia aplastante que golpea con fuerza a toda la cornisa cantábrica.
Mientras arranca en Ulán Bator la cumbre COP17 de la ONU contra la desertificación, las administraciones españolas continúan instaladas en la inacción más absoluta. Las comunidades autónomas y los ayuntamientos miran hacia otro lado permitiendo que las redes urbanas pierdan hasta un 30% del agua potable por fugas e infraestructuras obsoletas. Mantener la ganadería industrial e intensiva en zonas golpeadas por el estrés hídrico condena al abismo a las explotaciones familiares, mientras se pretende responder a un problema estructural con parches de última hora.
Imagen:RTVE Desde Greenpeace exigimos una reconversión urgente que reduzca la demanda agroindustrial para adecuarla a la disponibilidad real que prevé la ciencia. Es inaplazable perseguir el delito hídrico, clausurando de inmediato el más de un millón de pozos e infraestructuras ilegales que esquilman nuestras reservas subterráneas. Las administraciones tienen la obligación de respetar los caudales ecológicos, frenar la contaminación por nitratos y aplicar una moratoria estricta al regadío intensivo e industrial. Asimismo, es prioritario reparar las redes de suministro urbano y dejar de subvencionar modelos insostenibles para proteger de verdad a los pequeños ganaderos y agricultores que cuidan del medio rural.
Es hora de derribar la vieja «política del hormigón» y asumir que el agua es un recurso vital, finito y gravemente amenazado por la crisis climática. Las cifras globales de plataformas como embalses.net pueden maquillar la media nacional, pero no tapan la sed de nuestros pueblos ni la agonía de nuestros ríos. La única vía para garantizar el futuro de nuestras cuencas pasa por la prevención, la restauración ambiental y la valentía política. Repito una vez más la máxima que guía la lucha de Greenpeace: la sequía se gestiona cuando los embalses están llenos, no cuando se corta el grifo. Si no transformamos hoy de raíz nuestro modelo de gestión del agua, mañana será demasiado tarde.
