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Las lluvias y el cambio climático

Cristian Frers 

El cambio climático es uno de los mayores desafíos a que deberá responder la humanidad en los próximos años. Incremento de las temperaturas, deshielo de los glaciares, multiplicación de las sequías y de las inundaciones: todo apunta a que el cambio climático ya está aquí.


Las lluvias y el cambio climático


El cambio climático es uno de los mayores desafíos a que deberá responder la humanidad en los próximos años. Incremento de las temperaturas, deshielo de los glaciares, multiplicación de las sequías y de las inundaciones: todo apunta a que el cambio climático ya está aquí.

La frecuencia y la intensidad de las inundaciones y otros eventos extremos es cada vez mayor, como consecuencia de la crisis climática. Los científicos lo advierten desde hace más de 30 años: el cambio climático está intensificando el ciclo del agua. El aumento de la temperatura global provoca que el aire retenga más humedad, generando lluvias más fuertes en menos tiempo.

El calentamiento global en Argentina intensifica la variabilidad de las lluvias, provocando eventos extremos más frecuentes como tormentas severas, crecidas de ríos y períodos de sequía prolongados. La consolidación de fases húmedas, potenciadas por el fenómeno de El Niño, incrementa el riesgo de precipitaciones por encima de lo normal en el centro y el Litoral del país.

Estos eventos extremos pueden interrumpir las comunicaciones y el transporte, aislando comunidades enteras. A nivel económico, los daños a la infraestructura y la agricultura pueden tener un impacto duradero. Los especialistas indican que las precipitaciones extremas se hicieron más frecuentes en gran parte del país. 

Estos efectos, a la luz de los impactos que afectaron a nuestro país en las ciudades de Santa Fe, Buenos Aires, La Plata y otras localidades, confirman la necesidad de fortalecer los actuales sistemas de alerta sobre inundaciones de diverso tipo, expandiendo las redes de monitoreo y las capacidades de predicción, además de mejorar los planes específicos de prevención y respuesta rápida, así como de reparación de los daños originados.

Hoy, en Argentina tenemos un problema de planificación, como en el resto de la región, no hay planes a mediano ni a largo plazo para enfrentar los efectos del cambio climático.

En la Provincia de Buenos Aires, la falta de obras hidráulicas, sistemas de drenaje insuficientes y el abandono de infraestructura urbana en numerosos municipios, provoca que las lluvias extremas terminen impactando con mayor intensidad en los barrios, donde el acceso a servicios básicos y obras de prevención es muy deficiente. En municipios como Quilmes, La Matanza o Ensenada, los vecinos denuncian que las lluvias intensas provocan el colapso en los sistemas de drenaje, inundando calles asfaltadas, calles de tierra, viviendas y servicios básicos.

El impacto económico puede extenderse a rutas, puentes, redes eléctricas, sistemas de agua y saneamiento. También puede generar interrupciones en la actividad comercial, pérdidas de mercadería, evacuaciones y mayores gastos públicos para atender emergencias.

El deterioro ambiental de arroyos y cuencas urbanas contaminadas, entubadas o reducidas por desarrollos inmobiliarios y obras mal planificadas, no hace más que acrecentar los efectos de los fenómenos climáticos, exponiendo y profundizando problemas estructurales que terminan afectando a las áreas sociales. El tema es que hace más de 30 años que nadie se ocupa de estos problemas. 

Ante lo evidente: que nadie diga que no hay plata, que la emergencia climática no existe, que las obras no hacen falta, que los municipios dejen el show y se pongan a gestionar porque, atrás de todo, está la gente. 

Prevenir estos desastres depende de un verdadero plan debatido democráticamente. Los empresarios, comerciantes y políticos de diferentes ámbitos, junto con científicos y especialistas, deben ser protagonistas de la replanificación urbana en función de las grandes y verdaderas necesidades sociales. Se deben combinar grandes infraestructuras hidráulicas, como ensanche de arroyos, dragado de ríos, reservorios con soluciones basadas en la naturaleza y una adecuada gestión de las cuencas hídricas locales. Hay que revisar de qué manera toda la infraestructura urbana existente está en condiciones de funcionar con un clima diferente de aquel para el que fue proyectada. 

Deben atreverse a cambiar los Códigos de Planeamiento Urbano para delimitar las áreas inundables, las que seguirán expandiéndose e inundándose con mayor frecuencia. Lo mismo con los códigos de edificación: ¿vamos a seguir autorizando garajes subterráneos donde los autos flotan una vez cada dos meses?

El cambio climático es un hecho, aunque existen los escépticos de siempre. Es por ello que los municipios deben reaccionar ante la amenaza cada vez más cercana de alteraciones climáticas que colocan sus economías en peligro.


Cristián Frers – Técnico Superior en Gestión Ambiental y Técnico Superior en Comunicación Social (Periodista).




La frecuencia y la intensidad de las inundaciones y otros eventos extremos es cada vez mayor, como consecuencia de la crisis climática. Los científicos lo advierten desde hace más de 30 años: el cambio climático está intensificando el ciclo del agua. El aumento de la temperatura global provoca que el aire retenga más humedad, generando lluvias más fuertes en menos tiempo.

El calentamiento global en Argentina intensifica la variabilidad de las lluvias, provocando eventos extremos más frecuentes como tormentas severas, crecidas de ríos y períodos de sequía prolongados. La consolidación de fases húmedas, potenciadas por el fenómeno de El Niño, incrementa el riesgo de precipitaciones por encima de lo normal en el centro y el Litoral del país.

Estos eventos extremos pueden interrumpir las comunicaciones y el transporte, aislando comunidades enteras. A nivel económico, los daños a la infraestructura y la agricultura pueden tener un impacto duradero. Los especialistas indican que las precipitaciones extremas se hicieron más frecuentes en gran parte del país. 

Estos efectos, a la luz de los impactos que afectaron a nuestro país en las ciudades de Santa Fe, Buenos Aires, La Plata y otras localidades, confirman la necesidad de fortalecer los actuales sistemas de alerta sobre inundaciones de diverso tipo, expandiendo las redes de monitoreo y las capacidades de predicción, además de mejorar los planes específicos de prevención y respuesta rápida, así como de reparación de los daños originados.

Hoy, en Argentina tenemos un problema de planificación, como en el resto de la región, no hay planes a mediano ni a largo plazo para enfrentar los efectos del cambio climático.

En la Provincia de Buenos Aires, la falta de obras hidráulicas, sistemas de drenaje insuficientes y el abandono de infraestructura urbana en numerosos municipios, provoca que las lluvias extremas terminen impactando con mayor intensidad en los barrios, donde el acceso a servicios básicos y obras de prevención es muy deficiente. En municipios como Quilmes, La Matanza o Ensenada, los vecinos denuncian que las lluvias intensas provocan el colapso en los sistemas de drenaje, inundando calles asfaltadas, calles de tierra, viviendas y servicios básicos.

El impacto económico puede extenderse a rutas, puentes, redes eléctricas, sistemas de agua y saneamiento. También puede generar interrupciones en la actividad comercial, pérdidas de mercadería, evacuaciones y mayores gastos públicos para atender emergencias.

El deterioro ambiental de arroyos y cuencas urbanas contaminadas, entubadas o reducidas por desarrollos inmobiliarios y obras mal planificadas, no hace más que acrecentar los efectos de los fenómenos climáticos, exponiendo y profundizando problemas estructurales que terminan afectando a las áreas sociales. El tema es que hace más de 30 años que nadie se ocupa de estos problemas. 

Ante lo evidente: que nadie diga que no hay plata, que la emergencia climática no existe, que las obras no hacen falta, que los municipios dejen el show y se pongan a gestionar porque, atrás de todo, está la gente. 

Prevenir estos desastres depende de un verdadero plan debatido democráticamente. Los empresarios, comerciantes y políticos de diferentes ámbitos, junto con científicos y especialistas, deben ser protagonistas de la replanificación urbana en función de las grandes y verdaderas necesidades sociales. Se deben combinar grandes infraestructuras hidráulicas, como ensanche de arroyos, dragado de ríos, reservorios con soluciones basadas en la naturaleza y una adecuada gestión de las cuencas hídricas locales. Hay que revisar de qué manera toda la infraestructura urbana existente está en condiciones de funcionar con un clima diferente de aquel para el que fue proyectada. 

Deben atreverse a cambiar los Códigos de Planeamiento Urbano para delimitar las áreas inundables, las que seguirán expandiéndose e inundándose con mayor frecuencia. Lo mismo con los códigos de edificación: ¿vamos a seguir autorizando garajes subterráneos donde los autos flotan una vez cada dos meses?

El cambio climático es un hecho, aunque existen los escépticos de siempre. Es por ello que los municipios deben reaccionar ante la amenaza cada vez más cercana de alteraciones climáticas que colocan sus economías en peligro.


Cristián Frers – Técnico Superior en Gestión Ambiental y Técnico Superior en Comunicación Social (Periodista).




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