
Durante siglos hemos representado a la Justicia con una venda sobre los ojos. Una imagen sencilla, pero cargada de significado: la ley debe aplicarse sin mirar apellidos, cargos, ideolog铆as, riquezas ni amistades. La Justicia, para ser verdaderamente justa, no puede distinguir entre colores pol铆ticos.
Pero en Espa帽a la Justicia ha dejado de ser ciega. Ahora padece un curioso daltonismo pol铆tico e ideol贸gico, al dejar de distinguir la verdad de la mentira y, como consecuencia, la mentira se convierte en verdad.
No significa que todas las decisiones judiciales est茅n condicionadas por la pol铆tica, ni que todos los jueces act煤en de la misma manera. Ser铆a injusto y demag贸gico afirmarlo. Significa algo diferente y, quiz谩, m谩s preocupante: que la confianza de una parte importante de la sociedad en la neutralidad de la Justicia se est谩 deteriorando.
Cada vez es m谩s frecuente que una resoluci贸n judicial sea recibida no por lo que jur铆dicamente argumenta, sino por qui茅n sale beneficiado o perjudicado pol铆ticamente. Si favorece a unos, se celebra como una victoria del Estado de derecho; si perjudica a los mismos, se denuncia como una persecuci贸n. Y al contrario. As铆, las sentencias corren el riesgo de convertirse en trincheras.
Pero la responsabilidad no corresponde 煤nicamente a los pol铆ticos. Los jueces tambi茅n tienen que asumir la suya. Un juez debe ser independiente, pero independencia no significa poder convertirse en un actor pol铆tico. Un magistrado puede tener sus ideas, sus convicciones y sus preferencias personales, como cualquier ciudadano. Lo que no puede hacer es trasladarlas a su funci贸n ni utilizar la toga como plataforma desde la que intervenir en la batalla pol铆tica.
Los pol铆ticos deben dejar de intentar controlar la Justicia, pero los jueces tambi茅n deben dejar de hacer pol铆tica.
La separaci贸n de poderes exige l铆mites en ambas direcciones. El Ejecutivo y el Legislativo no pueden pretender que los tribunales sean una prolongaci贸n de sus intereses. Y los jueces no pueden convertir sus resoluciones, sus declaraciones o su actuaci贸n institucional en una forma alternativa de participaci贸n en la contienda partidista.
El juez debe juzgar conforme a la ley. El pol铆tico debe gobernar o hacer oposici贸n. Y los ciudadanos deben decidir en las urnas qui茅n tiene la responsabilidad de dirigir el pa铆s. Cuando cada uno abandona su terreno, la democracia se resiente.
Tambi茅n resulta preocupante la creciente tendencia de algunos partidos a utilizar la Justicia como arma pol铆tica. Una sentencia favorable se presenta como prueba de que las instituciones funcionan; una sentencia desfavorable se convierte inmediatamente en sospecha de parcialidad. De este modo, se transmite a los ciudadanos la idea de que la Justicia no es un 谩rbitro, sino otro jugador del partido. Y un 谩rbitro que es percibido como jugador deja de ser 谩rbitro.
Espa帽a necesita recuperar la confianza en sus instituciones. Para ello hacen falta jueces independientes, pero tambi茅n jueces conscientes de que su independencia lleva aparejada una enorme responsabilidad. Hace falta una Justicia firme frente al poder pol铆tico, pero igualmente firme frente a sus propias tentaciones de poder.
Porque la democracia no consiste en que cada instituci贸n haga lo que considere conveniente, sino en que cada una conozca sus l铆mites.
La venda de la Justicia simboliza precisamente eso: no ver colores donde solo deben existir hechos, pruebas y Derecho.
Hoy, sin embargo, demasiados ciudadanos creen distinguir tonalidades pol铆ticas all铆 donde deber铆a existir 煤nicamente la ley y la aplicaci贸n imparcial de la misma.
Y esa percepci贸n, sea siempre justa o no, constituye un problema que nadie deber铆a ignorar.
La Justicia ha dejado de ser ciega. Ahora padece daltonismo pol铆tico e ideol贸gico. Ese daltonismo se traslada a la ciudadan铆a, de tal manera que ya hemos empezado a perder la capacidad de distinguir entre la verdad y la mentira.
Y recuperar la venda de los ojos deber铆a ser una prioridad para todos: pol铆ticos, jueces y ciudadanos.
Pu帽o en Alto
