Jorge Majfud
Todos son combatientes
Once minutos después de despegar, a una altura de cinco kilómetros y medio, en el avión Douglas DC-8 explotó la primera bomba debajo del asiento de una niña de nueve años.
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| Monumento conmemorativo del Vuelo 455 - Bridgetown, Barbados. BCF. Creative Commons Atribución 1.0 Genérica |
―We have an explosion aboard… We are descending immediately! ―informó el capitán―. We have fire on board! We are requesting immediate landing! We have a total emergency!
El piloto logró controlar la nave que comenzaba a perder presión, al tiempo que se llenaba de humo. Con un solo motor, la hizo girar a la derecha y se dirigió de vuelta a la pista.
El aeropuerto activó las alarmas. La torre de control ordenó despejar la pista y todos los vuelos fueron desviados para que se alejen del aeropuerto mientras las ambulancias se ponían en camino.
El capitán Wilfredo Pérez gritó, esta vez en español:
―¡Cierren la puerta!
La cabina comenzaba a llenarse de humo. Los pasajeros, en pánico, no lo supieron, pero el capitán Pérez estuvo a minutos de resolver el problema. Nunca lo sabrán. Una segunda bomba, la bomba que Lozano había colocado en uno de los baños, explotó arrancándole la cola al avión, mientras una repentina e intensa lluvia comenzaba a borrar el horizonte de Barbados.
La nave apuntó hacia el cielo y ascendió de forma vertical. La torre de control le gritó al piloto que eso era una mala idea, sin saber que el piloto ya había perdido el control de la máquina. Algunos pasajeros cayeron al mar cuando la nave alcanzó la máxima altitud. Se detuvo por un momento imposible de precisar, como si se hubiese suspendido en el aire, y luego cayó al mar como una flecha perdida.
El vuelo de Cubana 455 fue el primer vuelo de la historia de la aviación civil derribado por un atentado terrorista y el que más vidas costó en el hemisferio, hasta el 11 de septiembre de 2001.
Como siempre, el resto se murió de a poco
Cuando la enfermera Sheila Harris-Thompson llegó a la oficina indicada, no ocultó su enojo por haber perdido el vuelo a Jamaica. La atendió una mujer, pero no tuvo tiempo de tomar sus papeles que reclamaban su firma. Sonó el teléfono y, poco después, la mujer le dijo:
―Bueno ―señora Harris, le dijo la funcionaria―, es una suerte que no haya tomado ese avión, porque se acaba de caer en el mar.
Sheila nunca supo el nombre de la mujer.
En Cuba, el padre de una de las atletas, apenas supo de la noticia se fue a la montaña y allí permaneció toda la noche. Otro permaneció en el aeropuerto de La Habana por una semana, convencido de que en cualquiera de los vuelos iba a aparecer su hijo. La prometida de uno de los campeones subió a su cuarto y no volvió a bajar por diez años. Entre las víctimas estaba Lázaro Serrano, novio de Moraima Secada, integrante del reconocido Quartet Aida (luego Buena Vista Social Club) y tía de Jon Secada. Otro campesino rechazó la compensación económica ganada por un abogado a la empresa aseguradora de Canadá. En Guyana, atormentado por la pérdida de su hijo y el sentimiento de culpa, el padre de Raymond se recluyó en su biblioteca y no salió de allí por una semana.
En Miami, la tierra de la libertad, el propietario del semanario Réplica, el cubano Max Lesnik, fue uno de los pocos que se atrevió a denunciar el acto terrorista contra el vuelo Cubana 455.
―Luis Posada Carriles y Orlando Bosch lo planearon todo ―dijo Lesnik, años después―. Denuncié este acto terrorista mientras la extrema derecha de Miami lo aplaudía.[i]
El semanario Réplica sufrió siete atentados con bomba hasta que fue obligado a cerrar definitivamente en 2005. Nadie fue nunca detenido por estos actos a pesar de que, según la investigadora Ann Louise Bardach, un agente del FBI reportó que, sin que él lo supiera, había rescatado a Lesnik muchas veces de ser asesinado.[ii]
El mismo patio, las mismas sillas
Todo en nombre de la libertad de prensa que no existe en Cuba.
Cerca de las 3:00 de la tarde, alguien golpeó la puerta de los Persaud. Era la prima que trabajaba en el Departamento de Asuntos Exteriores.
―¿Qué pasa?
―Necesito hablar con ustedes ―dijo la prima, encargada de llevar la tragedia a la casa donde todavía resonaban los ecos de la música y las carcajadas de esa misma madrugada.
―¡Ya habla, mujer!
―El avión de Raymond se cayó…
―¿Qué quieres decir que se cayó? ―preguntó la madre― ¿Raymond está bien? ¿Qué quieres decir con eso?
―Que no hubo sobrevivientes.
Los vecinos pudieron escuchar los gritos de una mujer. Si a alguien le cortaran las manos no gritaría con tanto dolor. En otras cinco casas no muy lejanas se repetía la historia de los Persaud. Los jóvenes Jacqueline Williams, Seshnarine Ramkumar, Ann Nelson, Eric Harold Norton y Rawle Thomas corrieron la misma suerte de Raymond. En otras, recibían la noticia de la muerte de padres, madres, esposas…
Cayó con todos los perros adentro
En pocos minutos comenzaron a llegar a la casa de los Persaud los mismos invitados que habían llenado la fiesta unas horas antes. Los mismos invitados entraron en el mismo patio y se sentaron en las mismas sillas. El padre de Raymond no logró procesar los hechos, el murmullo de lamentos de la multitud y se encerró en su estudio. No volvió a salir de allí por una semana.
Charles Persaud pasará sus últimos 25 años escribiendo de forma obsesiva y sin tregua cartas al Congreso de Estados Unidos, demandando justicia para su hijo. Morirá de un ataque al corazón mientras escribía un libro de investigación sobre el caso de su hijo.
Poco después de las explosiones, Freddy Lugo llamó a Orlando Bosch para reportar sobe el éxito de la operación:
―Se cayó la buseta por el precipicio con todos los perros adentro ―dijo.
Era un mensaje críptico que sólo Bosch y Posada Carriles podían entender.
Minutos después tomaron un taxi. Los hombres tenían acento venezolano, recordó el taxista que pudo ver sus rostros en el espejo retrovisor. Hablaban de algo importante y se reían con ganas.[iii]
La policía de Trinidad arrestó a Herman Ricardo y Freddy Lugo. Ricardo, empleado de la agencia de seguridad de Posada en Venezuela, admitió que él y Lugo habían colocado las dos bombas en el avión. También reconoció que Luis Posada y Orlando Bosch habían planeado el atentado.
―Fue un acto heroico ―declaró Bosch, junto con Herman Ricardo, ante un tribunal de Caracas.
―Los combatientes cubanos hicieron un acto revolucionario con respecto al avión ―declaró Ricardo Lozano frente a las cámaras de televisión―. Eso tiene que respetarse tanto como se respetaron las actividades venezolanas cuando querían derrocar al dictador Pérez Jiménez.
―Fue una acción heroica de la Revolución Cubana ―insistió Orlando Bosch sacudiendo su índice derecho con ansiedad, rodeado de periodistas en un pasillo que conducía al tribunal―. Porque, como usted sabe, la guerra es una competencia de crueldades. Seguirá la lucha y seguirán los atentados en todas las formas y maneras en nuestro alcance.[iv]
Más tarde Bosch se negará cada vez que sea interrogado sobre el incidente, “porque eso es ilegal en Estados Unidos” y lo justificará siempre, por tratarse de “una acción contra combatientes, porque todos son combatientes”. En cambio, implicará a sus camaradas.
―Guillermo e Ignacio Novo lo hicieron― dirá en la entrevista con Blake Fleetwood en la cárcel de Caracas― Todo fue planeado por la Dina de Chile.
Sólo ocho cuerpos fueron rescatados del mar.
Ese mismo día, en La Habana, María González esperaba en el patio de su escuela las palabras triunfales de la directora. Había escrito su discurso lleno de elogios y felicitaciones para sus hijas pródigas, pero cuando se presentó en el patio lleno de estudiantes, su rostro anticipó que algo no estaba bien.
―Hubo un terrible accidente ―dijo―. El avión que traía a nuestro equipo se ha estrellado. No hay sobrevivientes.
En la ceremonia fúnebre, cada estudiante muerto fue representado por uno de sus compañeros. Por un día, María González fue su amiga Nancy Uranga, la rubiecita que la había sustituido antes de subir al avión. Nancy era bastante mayor que María. Tenía 22 años y estaba embarazada.
El 15 de octubre, luego de siete días de duelo nacional, un millón de personas llenaron la Plaza de la Revolución. En su discurso, Fidel Castro recordó que desde 1959, 51 vuelos de Cubana habían sido saboteados y secuestrados. Este sería, por décadas, el peor atentado terrorista contra un vuelo en el hemisferio:
No había otros sospechosos. Nunca los hubo
―No podemos decir que el dolor se comparte ―dijo―. El dolor se multiplica.
―El terrorista es él ―respondió Posada Carriles, mirando las imágenes que llegaban desde La Habana.
Orlando García, jefe de seguridad del presidente Andrés Pérez, y Ricardo Morales Navarrete (ambos exiliados cubanos), habían asistido al coctel de bienvenida de Bosch a Caracas. Según recogió un documento de la CIA, tanto García como Morles mencionaron que, en la multitudinaria reunión, Orlando Bosch se había atribuido el atentado de Washington contra Letelier, algo de lo cual no se cansaría de negar en público. Luego de un tiempo, La CIA comenzó a sentirse incómoda por la cantidad de atentados fuera de control de sus agentes cubanos.
El periodista Fleetwood llamó desde Caracas al fiscal Eugene Propper, a cargo de la investigación del FBI. Propper no era muy optimista en sus chances de resolver el atentado. Rara vez un atentado con bomba se resolvía. Luego de unas horas, Propper llamó al periodista de nuevo:
―La CIA ya le había informado de todo a la policía secreta de Venezuela… Creo que están detrás de ti. Estás en peligro.
―Entonces, ¿qué hago? ―preguntó Fleetwood, con seis horas de grabaciones con Bosch y Posada Carriles en la mano―. ¿Debo ir a la embajada de Estados Unidos…?
Cárcel y nueva fuga
―No, al contrario ―dijo el agente del FBI―. Me temo que tendrás que resolverte solo y ver una forma de salir de ahí. [v]
Inmediatamente después del atentado contra el velo 455, Frank Castro voló de Venezuela a Miami. En un comunicado interno, la CIA lo identificó como uno de los involucrados en el atentado. Detenido en Miami por el FBI, reconoció haberse reunido con Orlando Bosch, la última vez el 26 de setiembre, pero negó cualquier conocimiento del atentado.
A la policía venezolana no le costó mucho localizar a Orlando Bosch y a Posada Carriles. Hasta no hacía mucho, lo difícil era arrestarlos, pero desde su entrega del camarada Orlando Bosch en febrero, Posada Carriles no había recuperado su puesto en la CIA. Lo había intentado una vez más el mes pasado, informando a la misma agencia de un inminente atentado contra un vuelo de Cubana por parte de un grupo de exiliados cubanos, pero tampoco lo había logrado. A diferencia del supuesto plan para matar a Kissinger en Costa Rica, esta vez la CIA no actuó con la celeridad necesaria, sino con calculada torpeza, como suele hacer.
Sin la invaluable protección de la CIA, Bosch y Posada Carriles, por meses debieron recurrir a la red de servicios secretos de otros países, como Chile o Venezuela, pero esta complicidad tenía grietas. El jueves 14, la policía de Venezuela arrestó a Posada Carriles y Orlando Bosch.
El viernes, los detectives interrogaron a Posada Carriles sobre el más reciente atentado contra el avión de Cubana. Posada Carriles contestó sin titubear:
―Yo no tuve nada que ver con eso, chico ―dijo―. Nunca haría algo así.
―¿Usted condena el atentado?

