Jorge Majfud
Hay una vieja superstici贸n de nuestro tiempo seg煤n la cual todo lo valioso puede ser medido (“el tiempo es oro”, etc.), y lo que no puede medirse, simplemente, no es una verdad verificable. Es una superstici贸n poderosa porque se disfraza de ciencia. Pero, como toda superstici贸n, se resquebraja cuando alguien se atreve a hacer la pregunta inc贸moda. Y la pregunta inc贸moda, a veces, surge donde menos se la espera: en el coraz贸n mismo de la catedral de los n煤meros, el Instituto Tecnol贸gico de Massachusetts.
Lo cuenta Elizabeth Durant en un art铆culo publicado esta semana en MIT News. Durant explica la experiencia de Concourse, una de las comunidades de aprendizaje para estudiantes de primer a帽o del MIT, donde los alumnos reciben una base en humanidades al mismo tiempo que cursan las materias obligatorias de matem谩ticas y ciencias, dictadas por el propio cuerpo docente del programa. All铆, futuros ingenieros y f铆sicos leen a Plat贸n, a Homero, a Arist贸teles, a Wordsworth y Coleridge. No como adorno, ni como penitencia, sino como punto de partida para discutir lo 煤nico que realmente importa: qu茅 significa ser humano.
La paradoja no es menor. En plena fiebre de la inteligencia artificial, cuando los mercados celebran cada nuevo algoritmo como si fuese la segunda venida, una profesora de humanidades descubre que la m谩quina le ha hecho un favor. Linda Rabieh, quien ense帽a en el programa desde 2010, lo dice con sarcasmo: la IA, seg煤n ella, «es buena para el negocio. Nuestro negocio, el del pensamiento humanista». Rabieh explica que la inteligencia artificial ha vuelto v铆vida para los estudiantes la pregunta sobre lo humano, que ahora la enfrentan con una urgencia nueva: ¿es la inteligencia solo c谩lculo, solo acumulaci贸n de informaci贸n, o es algo distinto? Es decir, la m谩quina, al imitarnos, nos obliga a preguntarnos qu茅 es eso que imita.
Concourse no es nada nuevo. Se inici贸 en 1970 para que los profesores de humanidades, ingenier铆a y ciencias colaboraran en un mismo curr铆culo, en a帽os en que todav铆a se cre铆a que una universidad era algo m谩s que una f谩brica de profesionales. Su subdirectora, Sasha Rickard, exalumna del programa, lo describe como una peque帽a universidad de artes liberales dentro del MIT, y asegura que muchos estudiantes le confiesan que eligieron esa instituci贸n en lugar de otras precisamente por Concourse.
Pero lo m谩s revelador del relato de Durant no est谩 en la historia institucional sino en las experiencias. Cada a帽o ingresan cincuenta estudiantes. Johnnie Jones VI, estudiante de 煤ltimo a帽o de matem谩tica, asistente docente y becario de debate, se asombra de la diversidad que se re煤ne all铆: deportistas, amantes de las humanidades y tambi茅n quienes nunca se hab铆an acercado a ellas. Comparten un aula, un sal贸n, una cocina. Comen juntos. Los viernes, durante el seminario semanal, almuerzan mientras discuten lecturas o debaten; en oto帽o, sobre la condici贸n humana; en primavera, sobre asuntos pol铆ticos y morales concretos como la terapia g茅nica, la inmigraci贸n o el control de armas. Nada de esto es casual. La confianza se construye en la mesa, y sin confianza no hay conversaci贸n honesta, solo intercambio de consignas.
Rickard ha observado algo que cualquier docente reconocer谩. Los reci茅n llegados suelen dividirse en dos grupos: los que creen tener ya todas las respuestas pol铆ticas o filos贸ficas, y los que no tienen opini贸n porque suponen que no existe respuesta definitiva. Con el tiempo, explica, unos aprenden que necesitan escuchar a otros, y los otros descubren que s铆 pueden pensar por s铆 mismos y que tienen algo que decir. Es, en pocas palabras, el tr谩nsito del dogma y del cinismo hacia el juicio.
Y el juicio es, precisamente, lo que no se puede programar. Rabieh observa que los estudiantes del MIT sobresalen en el razonamiento cuantitativo, pero que no hay modo de demostrar qu茅 pol铆tica p煤blica es correcta, y que por eso muchos reh煤yen esas cuestiones: no ven c贸mo pensarlas. Concourse, sostiene, les ense帽a a abordar los dilemas morales y pol铆ticos con rigor, aunque sin n煤meros.
Jones lo resume desde su propia experiencia: lo m谩s valioso que le dio el programa no fue un conjunto de conocimientos, sino la capacidad de trabajar las ideas por s铆 mismo, de sentarse al final de un d铆a agotador con un gran libro y conversar con alguien que vivi贸 hace trescientos a帽os sobre lo que le importa. Pocas definiciones de la educaci贸n son tan exactas.
Tras catorce a帽os, la historiadora Anne McCants dej贸 la direcci贸n del programa, que ahora asume la polit贸loga Lily Tsai. McCants dice que extra帽ar谩 tanto a los estudiantes como el di谩logo con colegas de otras disciplinas, algo raro en una academia donde cada uno vive encerrado en su especialidad. Tsai, por su parte, considera que en un momento en que el mundo busca anclar el uso de tecnolog铆as poderosas en un juicio reflexivo y basado en principios, el programa resulta m谩s vital que nunca.
Tiene raz贸n. Una civilizaci贸n que sabe construir m谩quinas cada vez m谩s inteligentes, pero que ha olvidado preguntarse para qu茅, no es una civilizaci贸n avanzada. Es, apenas, una civilizaci贸n eficiente. Que esa pregunta siga viva en el MIT no es un lujo de nost谩lgicos. Es, quiz谩s, una forma de resistencia.
Jorge Majfud, octubre 2026.
