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La protesta social desafía una Europa en crisis

Sergio Ferrari


Protestas sociales en aumento desafían desde hace varias semanas a una Europa debilitada por su propia crisis económica y social. Y revelan, además, el impacto de la guerra en Ucrania para un continente que se “apropió” de la misma.


Las protestas en Francia tienen a los jóvenes y estudiantes como principales actores Foto Raúl Maio _ACAF


El bochorno de un verano asfixiante se fue deslizando en las últimas semanas hacia un otoño europeo cada día más caliente. Se pasó de la canícula climática a la masiva protesta social en las calles, notablemente en Francia y España, pero también en Bélgica, Italia, Portugal, Albania y Grecia. El efecto “tsunami de sociedad” en un continente cada día más interdependiente amenaza inundar con más enojo y malestar a otras naciones de la región.

Si bien en cada país el origen de la protesta tuvo matices propios, existen importantes denominadores comunes.

El deterioro del sistema educativo --y de muchos establecimientos e infraestructuras escolares, de por sí ya degradados-- encendió la mecha en Francia la tercera semana de septiembre. Muy rápidamente el estallido se expandió debido al cuestionamiento por la grave coyuntura social y económica que afecta a los sectores sociales menos favorecidos. Situación y argumentos con algunas coincidencias respecto de los esgrimidos por la juventud de Bélgica a partir de inicios del mes; la de Italia desde mediados de octubre, la de Portugal y Grecia en estos últimos días.


Movilización de inquilinas e inquilinos en Madrid, España, exigiendo vivienda digna y contra los desalojos abusivos. con Maricarmen Abascal a la cabeza. Foto Ecologistas en Acción 


La profunda crisis de la vivienda --agravada por el incontrolable turismo de masa, que transforma muchísimas propiedades familiares en residencias puntuales para los visitantes-- despertó a amplios sectores españoles, particularmente jóvenes relegados a frágiles habitaciones e inquilinos desalojados. El emblemático caso de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años cuyo desalojo aceleró su enfermedad y su muerte, alentó aun más a sindicatos de inquilinos que confrontan desde hace tiempo esta situación inmobiliaria ilógica y antisocial.

En la pequeña Albania, la movilización callejera arrancó en mayo cuando los activistas ambientales denunciaron la construcción de un complejo turístico de élite financiado en parte por Jared Kuschner, yerno del presidente estadounidense Donald Trump. Poco a poco se sumaron sectores y organizaciones que denuncian la corrupción del gobierno y el desenfrenado aumento del costo de vida.





Juventud a la calle

Más allá de las causas y las consignas en juego, se trata de una protesta social con una capacidad de movilización tan masiva como dinámicamente contagiosa. Que ya involucra a seis países de la Unión Europea (y a Albania, candidata a ingresar a la Unión) y a más de 210 millones de habitantes de un total de 452 millones. Directa o indirectamente, se trata de movilizaciones que ya están impactando de lleno en la coyuntura política de esos países. En España, por ejemplo, los principales sindicatos han convocado a una huelga nacional el próximo 11 de noviembre con el acento en el problema de la vivienda. En Portugal, los gremios consideran medidas semejantes. En Francia, a la movilización de estudiantes se le han sumado las fuerzas de izquierda, sindicatos progresistas y los Chalecos Amarillos, movimiento nacido espontáneamente hacia fines de 2018, cuando protagonizó combates sociales frontales. Prácticamente desaparecido de la escena política durante varios años, los Chalecos Amarillos han retornado con vigor.

La principal fuerza promotora de estas movilizaciones, aunque no la única, es la juventud, y con una llamativa participación de adolescentes. Elemento generacional significativo en un momento histórico cuando no pocos analistas e intelectuales hablaban, con cierta miopía, de la falta de interés o participación de la juventud en la vida política. En su análisis se les escapaba un matiz de particular importancia: para amplios sectores de la juventud europea, “la política”, como sinónimo de la tradicional identidad y participación partidaria, no refleja su propia interpretación de cómo vivirla y protagonizarla. Para esta juventud, la política es una realidad que se vivencia a partir de lo cotidiano y de sus necesidades y reivindicaciones específicas y que incorpora estrechamente condimentos culturales y comunicaciones casi indescifrables para los partidos tradicionales y el poder institucionalizado.

Dentro de este panorama, un elemento casi anecdótico, pero de todos modos relevante: la juventud que se está movilizando estos días prefiere expresar sus ideas y reivindicaciones a través de pancartas improvisadas, a menudo muy personales y escritas a mano con marcadores de colores sobre simple cartones. O discutidas previamente en reuniones grupales. Sin duda, ejemplo sintomático de una nueva concepción de participación distanciado de los habituales y casi profesionales cartelones partidarios casi siempre con contenidos que no necesariamente representan esta juventud.

En cuanto al espacio físico, todas estas movilizaciones se están dando en un escenario único, común y no negociable: las calles de las principales ciudades, incluyendo las de las capitales, como París, Madrid, Lisboa, Bruselas, Roma, Tirana o Atenas. Fuera del marco tradicional de recintos cerrados, actos partidarios, campañas políticas y locales electorales. En superficies mucho más amplias, fortaleciéndose en los espacios públicos, como para reivindicar la pertenencia colectiva de los mismos. Se trata de geografías urbanas en disputa, y por lo tanto siempre a riesgo de cruzar la estrecha frontera que separa la protesta callejera de la violencia “descontrolada”, como ocurrió el 17 de octubre en Francia debido al extraordinario volumen expansivo de la movilización, las constantes provocaciones policiales y la improvisación total del gobierno francés.

Ese día protagonizó centenares de desfiles y marchas en más de veinte ciudades, con una convocatoria que, según sus organizadores, alcanzó los 800 mil manifestantes. Si bien la destrucción de negocios y edificios públicos, principalmente en París, Limoges, Marsella, Toulouse y Lyon, acaparó la cobertura periodística nacional e internacional --estimulada por el instinto sensacionalista de los medios--, la mayor cantidad de movilizaciones ciudadanas fue pacífica y con creativas expresiones artísticas y culturales de las cuales se hicieron eco casi únicamente las mismas redes sociales ligadas al movimiento juvenil (https://www.youtube.com/watch?v=Eo_znHiLKwA).

Todo esto en el marco de un ambiente represivo que, en el caso de Francia, se ha intensificado las últimas semanas. Solo el 17 de octubre la policía detuvo a más de 2.300 personas. Según el sociólogo Sebastian Roché, investigador del Centro Nacional de la Investigación Científica de Francia, en los quince días previos al 17 de octubre se produjeron 8 mil interrogaciones y detenciones de jóvenes, muchos de ellos de escuelas secundarias, y cuatro adolescentes quedaron mutilados por granadas explosivas o proyectiles de goma que se desplazan a 300 kilómetros por hora. Roché puso la responsabilidad principal de los hechos acaecidos ese día en la incapacidad gubernamental (https://www.rts.ch/play/tv/forum/video/la-reponse-policiere-a-t-elle-contribue-a-lescalade-des-violences-en-france-interview-de-sebastian-roche?urn=urn:rts:video:9615ec80-ad16-3900-bb69-e38e90ad04e1).

La represión estatal contra el movimiento estudiantil y sus aliados se dio en casi todos los países donde se realizaron manifestaciones, a excepción de España, donde las descalificaciones contra los acampados fueron promovidas por los dirigentes del derechista Partido Popular José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid, e Isabel Díaz Ayuso,  presidenta de la Comunidad de Madrid.

No sorprende, entonces, que a medida que la protesta, así como la represión, fueron en aumento, se multiplicaran consignas antifascistas y anti policiales, como de hecho ocurrió, por ejemplo, en Francia y en Bélgica. Lo que refleja la preocupación creciente de amplios sectores de la juventud europea --actualmente muy polarizada-- ante el ascenso en la gran escena de fuerzas filonazis.

La crisis, madre de la bronca

Significativamente, las movilizaciones más grandes e intensas han tenido lugar en Francia, país atravesado por una crisis política que podría explicar, si bien parcialmente, la pérdida creciente de credibilidad del Estado y las fuerzas que lo gobiernan. El origen más cercano de esta última fase de la crisis institucional son las elecciones legislativas de junio de 2024 convocadas por el presidente Emmanuel Macron. Aun cuando el triunfador fue el Nuevo Frente Popular de Izquierda, por delante del partido presidencial Renacimiento y de la Agrupación Nacional, de extrema derecha, Macron ignoró los resultados y fue destituyendo instituciones y nombrando ministros a su antojo en un proceso de acelerado debilitamiento institucional. Sin ofrecer respuestas concretas a las principales reivindicaciones en juego, como mejoras en la educación, la salud y el salario.

Por otra parte, los números de la economía no le ajustan al Estado francés, confrontado como está hoy con problemas económicos casi irresolubles, lo cual empalidece su rol de segunda “locomotora”, por detrás de Alemania, de la hoy alicaída Unión Europea.

Las proyecciones de crecimiento para este año, originalmente casi de un 1%, tuvieron que revisarse a la baja luego de un magro primer trimestre y del obvio estancamiento el segundo. En paralelo, la inflación sigue aumentado (con un 2,9 % hacia fines de año), lo cual penaliza aún más el presupuesto mensual de la gente y su poder adquisitivo. El desempleo también continúa creciendo (casi un 9% hacia fin de año, según cálculos oficiales). Y la deuda pública ya representa el 119 % del Producto Interno Bruto, lo que ubica a Francia entre los países más endeudados de la zona euro.

Realidad que el cotidiano Le Monde en un artículo de septiembre describió de la siguiente manera: “La economía francesa en pleno desacoplamiento respecto al resto de Europa: crecimiento débil, inflación y desempleo en aumento”. Según Le Monde, “el veredicto es severo, la comparación es dolorosa: mientras que Francia se rezaga, el resto de Europa avanza”. Con esta perspectiva de crecimiento de tan solo un 0,4 %, este año Francia generaría en 2026 tres veces menos que la media de las grandes economías de la Unión Europea… Luz roja de las grandes economías europeas, Francia es también el único país cuya economía se desaceleraría. (https://www.lemonde.fr/economie/article/2026/09/10/l-economie-francaise-en-plein-decrochage-entre-croissance-faible-et-retour-de-l-inflation_6769839_3234.html).


Afiche convocando la huelga general para el próximo 11 de noviembre en solidaridad con la lucha por la vivienda digna


Francia y las guerras, en especial Ucrania

En estos cuatro años y 8 meses desde que explotó el conflicto entre Rusia y Ucrania en febrero de 2022, Francia apoyó bilateralmente a Kiev con sumas significativas que debilitan su propio presupuesto y en particular atentan contra el Estado social, cuyos recortes y debilitamiento están hoy en el centro de la amplia protesta ciudadana.

La falta de transparencia gubernamental no es menos preocupante. Como dice Conflits, una revista especializada en geopolítica, el debate actual en el país “está plagado de discrepancias en cuanto a las cifras”. Cifras que varían según cómo se las calcule --si como ayuda prometida o desembolsada, si militar o civil. En todo caso, la cantidad varía entre 6.5 millones y 26 mil millones de euros (https://www.revueconflits.com/combien-la-france-a-t-elle-donne-a-lukraine/)

Además de esa ayuda directa, la economía francesa como lo indican diversas fuentes, sigue sufriendo este año las repercusiones estructurales y presupuestarias de la guerra en Ucrania, agravadas aún más por el conflicto del Medio Oriente y su impacto adicional en el aumento del precio de los combustibles.  

Los casi astronómicos gastos públicos desde el inicio del conflicto de Ucrania ya le representan a Francia alrededor de 30 mil millones de euros en energía y cerca de 10 mil millones en combustible lo que pesa significativamente en las finanzas del Estado. Esos montos se refieren en particular a las medidas económicas para limitar o congelar el precio de ciertos bienes y servicios esenciales como la electricidad o el gas, para proteger a los consumidores frente a las alzas bruscas de precios y la tendencia inflacionaria producto de esa guerra.

Por otra parte, la Unión Europea en su conjunto sigue siendo desde el inicio del conflicto el principal proveedor de ayuda financiera a Ucrania. Hasta la fecha, se han movilizado 117,3 mil millones de euros del presupuesto comunitario, pagado por los países miembros a partir de recortes nacionales. Es decir, fondos comunitarios para Kiev, que impactan directamente en la reducción de la cooperación internacional y los proyectos sociales y productivos de la propia Unión Europea. La guerra cuesta y mucho y la siguen pagando los ciudadanos con sus impuestos y sus sacrificios.

Calle y votos

Las crisis internas de los países europeos; el impacto de la guerra de Ucrania e Irán sobre sus economías y sus programas sociales; el significativo aumento presupuestario de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para defensa y seguridad, condicionado por Washington, y el debilitamiento geopolítico de Europa en el contexto internacional, muy lejos de Estados Unidos, China e incluso Rusia, todo ello dibuja un escenario complejo para el Viejo Mundo y sus actuales gobernantes. Por eso no sorprende que, en este contexto, la extrema derecha continental afile sus garras con discursos populistas. Y que, al mismo tiempo, importantes actores sociales, como la juventud, cada vez más castigada en sus derechos cotidianos, ganen las calles y desafíen a instituciones debilitadas que, por el momento, solo atinan a la represión incluso sacando al ejército a la calle como en Milano, Italia.

Queda pendiente una pregunta central que solo el tiempo podrá clarificar: ¿Cómo impactarán las protestas sociales actuales en el panorama político de cada país, y de la propia Unión Europea?


Maricarmen Abascal de 87 años desalojada en Madrid. Su lucha fue uno de los detonantes de las movilizaciones recientes en España por vivienda digna. Foto Sindicato de Inquilinas


En España, a la luz de las movilizaciones por una vivienda digna, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, disolvió el parlamento, que había bloqueado dos leyes que trataban de aportar soluciones parciales, y convocó a elecciones anticipadas que se realizarán el próximo 29 de noviembre. En Francia, las elecciones presidenciales en seis meses permitirán evaluar la relación entre calle y votos. Por el momento la juventud, principal protagonista de esta movilización ya histórica, parece alejarse de los cálculos políticos electorales y prefiere seguir apostando a su propia agenda de derechos esenciales a exigir y conquistar.



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