ESCRITOS CRÍTICOS
Jorge Majfud
La palabra libertad puebla banderas, se escucha en las tarimas y en los desfiles militares, se invoca para bombardear países lejanos, para desregular bancos y para explotar sin culpa al prójimo. Por mucho tiempo, fue la palabra favorita de los esclavistas y luego de los abolicionistas.
En el siglo XX se convirtió en un diseño de ingeniería social. Luego del fiasco de su gira por América Latina en 1958, Richar Nixon observó que la palabra capitalismo estaba asociada con imperialismo. George Allen, director de la Agencia de Información, intentó inocular un ideoléxico ortopédico, “Capitalismo del pueblo”, hasta que se llegó a la conclusión de que también éste provocaba rechazo entre las colonias capitalistas, por las mismas razones. Así que Eisenhower ordenó usar “libertad de empresa” o, aún mejor, libertad a secas. La libertad fue domesticada, pero la palabra liberación se había escapado del corral.
Quizás libertad sea el ideoléxico más rentable del dogma psicópata inventado a fines del siglo XVII y radicalizado en el siglo XX de “mi egoísmo es bueno para el resto de la humanidad”. Por eso vale la pena preguntarse de dónde viene la idea de libertad; qué significaba antes de que la pusieran al servicio de la esclavitud.
La palabra más antigua que se conoce para referirse a la libertad nació en el barro, hace probablemente cinco mil años. Para el año 2350 antes de Cristo, la civilización y los Estados ya se habían inventado en base a las religiones, es decir, en base a las ideologías y narrativas que explicaban y prescriban un orden social que nadie debía cuestionar.
Ese año, un gobernante llamado Urukagina, en lo que hoy es Irak, registró en tableta y conos de arcilla decretos estableciendo reformas contra los recaudadores de impuestos y contra los sacerdotes que se habían enriquecido a costa del hambre del pueblo. En una escritura cuneiforme, escribió la palabra amargi. A-ma, ma-dre. Gi, regresar. La libertad, en su primera forma escrita, significaba “regresa con tu madre”. Lo sumerios, que inventaron el primer Silicon Valley tecnológico hace 5.000 años, también escribieron estos mensajes en tabletas y en conos que insertaban en los muros como si fuesen Memorias USB para que futuras generaciones las pudieran leer.
No era una figura poética. Casi cuatro mil años antes de que Europa inventara la esclavitud por raza, en la antigua Sumeria (como será el caso de las sociedades modernas), una familia que no podía pagar una deuda debía entregar a un hijo o a una hija que debía trabajar lejos de su casa hasta que se pagara la deuda. Amargi era la palabra que le permitía a los esclavos volver a la casa de sus padres. En algún lugar, una madre esperaba en la puerta de una vivienda modesta.
Urukagina no inventó la palabra; Enmetena, otro gobernante de Lagash, la había usado antes. Pero su decreto es el que se hizo conocido entre los académicos modernos. Como sea, la humanidad fue consciente de la primera idea de libertad, en nombre y en el abrazo de una madre. No fue la libertad de expresión, ni la de prensa, ni la libertad del mercado. Fue la libertad de la deuda, de la esclavitud. La libertad de volver a la madre, a los senos de una mujer, a los años felices de los primeros abrazos.
La deuda de una familia fue un invento de las primeras civilizaciones, tanto como la escritura, que se inventó para llevar sus cuentas, sobre todo para contar los ladrillos de barro que construyeron en serie las primeras ciudades en Irak. Las ciudades, los templos, los palacios, los escribas y los intereses generaron la primer forma de esclavitud, una que no requería guerras ni conquistas, solo una mala cosecha y una firma en una tableta de arcilla. Los monumentos nos cuentan cómo los reyes deseaban ser recordados; los amargi nos cuentan cómo vivía la gente común y qué anhelaba. La palabra libertad sobrevivió en otras lenguas y sobrevivió a varias civilizaciones, como sobreviven a las manos de sus escritores.
Lo mismo ocurrió con la palabra deuda. Cada ciertos años, los reyes babilonios proclamaban condonaciones de deudas llamadas andurarum. Todos los sistemas tienden a la acumulación de poder y, en cierto momento, las sociedades dejan de funcionar, hasta para los poderosos. Por eso, los gobernadores solían decretar la anulación de todas la deudas, como quien aprieta un botón de reseteo en una computadora.
El Viejo Testamento no solo registra a los profetas que se conocían por su crítica social y sus ataques a los abusos de los más ricos, sino que, además, copió y practicó esta solución sumeria. En Levítico 25:10 aún se puede leer la orden a Israel (al Israel original, no a la ficción euro-sionista del ateo Theodor Herzl): “Proclamarás libertad (deror) en la tierra a todos sus habitantes”. Dios obligaba a liberar a los esclavos y restituirles sus propiedades cada 50 años (jubileo). Se liberaban a los deudores y se les devolvía la tierra y los esclavos a sus familias ―excepto a los extranjeros, porque en Israel existía la esclavitud hereditaria para ellos.
La palabra deror (libertad) del hebreo antiguo se origina en el acadio de Mesopotamia andurarum (duraru en asirio). Pecado y deuda compartían la misma palabra. En arameo, la lengua de Jesús, ḥoba significa ambas cosas, razón por la cual la versión de Mateo del Padrenuestro reza: “perdona nuestras deudas”. La de Lucas, habla de “pecados”. Los romanos dejaron de perdonar deudas y prefirieron la versión de los pecados. Es decir, la tradición posterior convirtió la obligación del poderoso en la culpa del débil. Desde entonces, el deudor no solo era pobre; también era culpable.
En Estados Unidos, la Campana de la Libertad de Filadelfia lleva grabado ese versículo del Levítico, el que alguna vez significó la cancelación de deudas (liberación) y la devolución de tierras. La Estatua de la Libertad de Nueva York se erige sobre grilletes rotos, representando la libertad como abolición de la esclavitud. Pero en el país que hace sonar esa campana y admira esa antorcha, las deudas estudiantiles, las deudas médicas y las hipotecas no se perdonan cada cincuenta años; se empaquetan, se venden y se transmiten como una reliquia familiar. La palabra sobrevivió. Su significado fue embargado.
La libertad dejó de significar el derecho a volver a la casa de la madre y comenzó a significar el derecho del capital a ir a cualquier parte. El acreedor se convirtió en el hombre libre por excelencia, y el deudor en un pecador. Hoy se entiende que condonar las deudas sería irresponsable, incluso inmoral, lo cual habría asombrado a los reyes de Lagash, a los sacerdotes de Jerusalén y al carpintero que enseñó a sus seguidores a orar precisamente por eso.
Quizás por eso se ha olvidado tan cuidadosamente el primer significado de la libertad. La libertad no solo se pierde ante dictadores, sino todos los días mediante contratos con buitres imperialistas. Hace cinco mil años, una palabra grabada en arcilla húmeda lo expresaba con más claridad que muchas constituciones modernas: ser libre es poder regresar a la madre, a la puerta donde ella sigue esperando. Todo lo demás son distracciones.
Jorge Majfud
